UNO
La
pierna del chiquillo no dejaba de sangrar. La doctora Louise Blakely sabía
exactamente lo que tenía que hacer, pero no era fácil conseguir aplacar la
presión adecuada sobre la herida para evitar que la arteria cortada siguiera
vaciándose sobre el césped.
-¡Me
duele!- gimoteó el niño.
-
Lo sé, pero tenemos que conseguir que pare de sangrar - le respondió ella,
esbozando una sonrisa tranquilizadora-. Vamos, sé fuerte. Si te portas bien tu
mamá te comprará una chocolatina cuando te hayamos curado, ¿verdad que sí?-
dijo alzando el rostro hacia la mujer, blanca como una sábana, que asintió
rápidamente-. Ya verás, enseguida estarás bien - le prometió al chiquillo,
mirando hacia el final de la calle.
El
chico iba montado en su bicicleta y se había salido de la acera, siendo
golpeado
por
un coche que iba conduciendo a demasiada velocidad. Lou, que estaba almorzando en
una cafetería, al ver lo ocurrido a través de los grandes ventanales, había
corrido a socorrer al niño, y había pedido a un viandante que llamara la
policía y a una ambulancia.
A
los pocos minutos había llegado un coche patrulla, y a lo lejos se podía oír
ya
la sirena de la ambulancia. Aunque Jacobsville era una ciudad pequeña, el
servicio médico era bastante rápido y eficaz.
-Serás
la envidia de tus amigos cuando vayas al colegio el lunes y les cuentes que
has
montado en una ambulancia... - le dijo al niño cuando la vieron acercarse.
-
¿Y no me puedo quedar una semana en el hospital?- inquirió el chico
entusiasmado ante la idea.
-
Bueno, me temo que no pasarás más que un par de horas como mucho en el pabellón
de urgencias - le dijo Lou riendo.
La
ambulancia se detuvo a un par de metros del coche de la policía. Uno de los
agentes
estaba pidiendo al conductor la documentación e increpándolo por conducir a más
velocidad de la permitida dentro de la ciudad. Dos técnicos de urgencias
médicas bajaron de la ambulancia y sacaron una camilla sobre la que pusieron al
chico mientras Lou, que era parte de la plantilla médica del hospital de
Jacobsville, les explicaba lo sucedido y les daba instrucciones.
-
Os seguiré con mi coche -les dijo-. Le he prometido a la madre del chico que
iría
con
ellos.
-
Ha sido una suerte que estuviera usted aquí cerca - le dijo el otro agente de
policía a Lou, acercándose -. Parece un corte bastante serio.
-
Se pondrá bien - respondió ella cerrando su maletín. El día anterior, al llegar
a casa, había olvidado sacarlo del coche, y en ese momento no pudo menos que
alegrarse de ello.
-
Es la nueva ayudante del doctor Kaulitz, ¿verdad? - le preguntó el agente.
-
Sí - respondió ella.
No
añadió nada más. La expresión curiosa en el rostro del policía ya lo decía
todo.
Y
es que corrían rumores de que al doctor Kaulitz no le caía precisamente en
gracia. Tampoco era que a ella le hubiera pasado desapercibido. Llevaba casi un
año compartiendo la consulta con él, y era más que obvio, aunque no lograba
comprender ese antagonismo.
-
Un gran médico - dijo el agente -. Salvó a mi esposa de un colapso respiratorio
-
añadió
sonriendo -. Tiene unos nervios de acero. Y usted también, a juzgar por lo que acabo
de ver. Ha sido usted de mucha ayuda.
-
Gracias - respondió ella.
Y,
tras esbozar una breve sonrisa, se dirigió a su pequeño Ford plateado para
seguir a la ambulancia hasta el hospital.
El
pabellón de urgencias estaba abarrotado, como de costumbre. Era sábado, y los
accidentes
siempre se doblaban los fines de semana. Lou saludó con una inclinación de
cabeza a un par de pacientes que reconoció, y siguió caminando tras la camilla
con ruedas en la que llevaban al chiquillo.
El
doctor Kaulitz salía en ese momento del quirófano, y se topó con ella en el
pasillo.
El
uniforme verde, que a otros médicos le sentaba como un tiro, a él le quedaba
increíblemente
bien, y a pesar del gorro, que ocultaba la mayor parte de su cabello
pelirrojo,
tenía un aspecto elegante y formidable.
-
¿Qué hace aquí? - la increpó al verla -. Soy yo quien tiene guardia hoy, no
usted.
"Ya
esta otra vez", pensó Lou, "sacando conclusiones precipitadas como
siempre".
-
Me he visto envuelta en un accidente de tráfico - comenzó-. No he...
-
El hospital paga al personal de ambulancias para que atienda esos accidentes -
la
cortó
él, mirándola furibundo mientras los empleados del centro iban y venía por el
pasillo,
esquivándolos.
-
Pero si yo no he... - trató de explicarse de nuevo ella, acaloradamente.
-
Que esto no vuelva a ocurrir - la cortó él de nuevo -, o tendré que tener unas
palabras con Wright y acabará usted de patitas en la calle, ¿me ha entendido?
Wright
era el director del hospital, y Kaulitz jefe de personal, así que tenía
autoridad para llevar a cabo su amenaza.
-
¿Quiere escucharme? - le dijo ella exasperada -. ¡Yo no salí con la
ambulancia...!
-
Doctora, ¿viene usted?- le llamó uno de los hombres que llevaban la camilla del
chico.
Tom
Kaulitz le lanzó una mirada al joven y luego se volvió hacia Louise, quitándose
con irritación el gorro y la mascarilla, que colgaba aún de su cuello. La dura
expresión en sus claros ojos cafeces era tan intimidante como su postura.
-
Si su vida social está así de mal, doctora, tal vez debería considerar hacer
algo al
respecto
- añadió con un sarcasmo mordaz.
Lou
iba a contestarle, pero antes de que pudiera hacerlo, él la había dejado allí
con
la
boca abierta y estaba alejándose por el pasillo. La joven gruñó de pura frustración.
Odiaba
que hiciese aquello. Siempre le dejaba con la palabra en la boca. De todos
modos
era inútil discutir con él, dijera lo que dijera en su defensa, para él siempre
era ella la que estaba equivocada. Resoplando, se giró y reunió con los enfermeros
que estaban esperándola.
Una
hora después ya habían curado y dado puntos al chico, y Louise estaba
despidiéndose de él y de su madre en el área de recepción, con una sonrisa y
una leve amonestación sobre el modo correcto de montar en bicicleta en una
ciudad.
-
Por eso no tiene que preocuparse - le dijo la madre con firmeza-. ¡No pienso
dejar que vuelva a ir en bicicleta por la calle nunca más!
Cuando
se hubieron marchado, Lou se quedó repasando el informe del alta antes
de
entregarlo en el área de administración. Con el cabello recogido en una coleta,
sin maquillaje alguno que resaltara sus ojos castaños y sus carnosos labios, y
ataviada con zapatillas de deporte, pantalón vaquero y sudadera, parecía más
una estudiante que una profesional de la medicina. ¿Por qué iba a preocuparse
por su apariencia? El único hombre al que desearía impresionar, el hombre del
que estaba enamorada, no se fijaría en ella aunque se pusiera un cartel en la
frente que dijera "MÍRAME". Ese hombre era Tom Kaulitz, quien no veía
en ella más que a una compañera de trabajo, y ni siquiera reconocía su
eficiencia, sino que, en lugar de eso, siempre encontraba algún motivo
injustificado para criticarla. Louise no podía dejar de preguntarse por qué,
para empezar, la habría aceptado como ayudante, cuando daba la impresión de que
no podía ni verla. Claro que también se preguntaba por qué seguía allí,
soportándolo.
Por
lo que sentía por él, solo por eso, se respondió, y, si seguía con esa
actitud
tan beligerante, un día ni eso ya sería suficiente razón para no dimitir.
Tras
entregar el informe, Lou se había colgado el bolso de hombre y se disponía a
salir
del pabellón de urgencias cuando se encontró con el doctor Gustav Schafer. Gustav
también era miembro de la plantilla del hospital y un viejo amigo; fue
precisamente él quien la llamó al hospital de Austin, donde trabajaba entonces,
para decirle que había una vacante que podría interesarle. Sus padres acababan
de fallecer, y, por supuesto, ella no había querido dejar escapar la
oportunidad de un nuevo comienzo, y además, como por una caprichosa
coincidencia del destino, en el lugar del que sus padres procedían.
Lo
que jamás hubiera esperado era que fuera a despertar semejante animosidad
en
Tom.
-
Lou... ¿qué estas haciendo aquí? Creía que era Koper quien tenía guardia hoy -
le
dijo
al verla.
La
joven contrajo el rostro. Copper era el apodo que utilizaban con el doctor
Kaulitz sus amigos, por el color cobrizo de su cabello. No ella, claro, ella no
tenía esas confianzas con él.
-
Hubo un accidente frente a la cafetería en la que estaba almorzando- le
explicó.
-
Ya veo. ¿Te vas a casa?
Lou
se encogió de hombros.
-
Bueno - dijo-, si obvias el hecho de que Tom no puede verme ni en pintura,
supongo que podría decirse que no me va mal del todo.
Gustav
metió las manos en los bolsillos de su bata blanca y meneó la cabeza.
-
Lo siento, todo esto es culpa mía. Pensé que con el tiempo se daría cuenta de
que
está
siendo injusto, pero ya llevas casi un año trabajando aquí y sigue en pie de
guerra contigo.
El
rostro de Lou se contrajo y, aunque giró la cabeza, Gustav pudo ver su
expresión.
-
Pobre Lou- murmuró-. De veras que lo siento. Supongo que me entusiasmé con la idea
de que pudieras trabajar aquí, y así poder vernos más a menudo, y... la verdad
es que creí que necesitabas un cambio después de... bueno, después dela muerte
de tus padres, y me pareció que sería una buena oportunidad para ti. Copper es
uno de los mejores cirujanos que he conocido, y tú eres una gran profesional de
la medicina general. No sé, me pareció que sería una buena combinación de talentos.
De hecho tú le has quitado una enorme carga de trabajo, y gracias a ti puede
dedicar más tiempo a su especialidad de cirugía. Debería estar contento y en
cambio... - exhaló un profundo suspiro y volvió a menear la cabeza -. En fin,
¿quién entiende a ese hombre?.
Lou
se encogió de h hombros.
-
Todo eso ya da igual. El contrato que firmé era por un año, y el año está a
punto
de
acabar - le recordó.
-¿Y
qué piensas hacer después?
-
Volveré a Austin.
-
Podrías conseguir un puesto aquí en el pabellón de urgencias - la picó Gustav.
Aquella
era una broma generalizada entre el personal del hospital. El trabajo en el
pabellón
de urgencias era tan agotador, que ninguno de los médicos locales quería allí un
puesto permanente, y la dirección tenía que traerlos de fuera de Jacobsville.
-
No, gracias - respondió Lou con una sonrisa -. Me gustaría poner mi propia
consulta, pero no tengo dinero como para hacerlo, así que supongo que tendré
que empezar de nuevo, me conformaré con lo que me den.
-
Es una lástima que nos dejes. Estas haciendo un trabajo excelente aquí.
-
Pues si le preguntas a Tom seguro que no opina lo mismo - dijo ella-. Según él,
no
hago nada bien. En cualquier caso estoy cansada de todo esto, Gustav, de
levantarme cada mañana y sentir que vengo a un campo de batalla. Me hace falta
un cambio.
-
Tal vez sí - murmuró su amigo, fruciendo los labios y esbozando a continuación
una
sonrisa extraña-. Lo que necesitas es ¡salir por ahí a pasarlo bien - le echó
un
vistazo
a su reloj de pulsera-. Vaya, ¿ya es esta hora? Tengo que irme. Te llamaré,
¿de
acuerdo?
Lou
lo vio alejarse por el pasillo con una mirada de preocupación. Esperaba estar
equivocándose,
porque le había dado la impresión de que Gustav tenía intención de pedirle
salir, y ella no sentía nada por él en ese sentido, por mucho que lo quisiera como
amigo. Era un hombre amable, un viudo que había estado muy enamorado de su
esposa, y que todavía lo estaba, cinco años después de su muerte. Gustav había nacido
en Jacobsville, y había conocido a sus padres. De hecho, había sentido un aprecio
muy sincero por su madre, y había sido alumno de su padre en el hospital clínico
de Austin, después de que se trasladaran allí. Había sido entonces cuando Lou lo
había conocido.
En
fin, lo mejor sería que no le diera demasiadas vueltas a lo que le había dicho,
pensó.
Probablemente había sido sólo una impresión suya. Salió del pabellón de urgencias
y se dirigió hacia el aparcamiento, observando irritada que el doctor Kaulitz iba
también en aquella dirección vistiendo con un caro traje gris. Lou apretó los
dientes y aminoró el paso, pero él se detuvo a esperarla y echó a andar a su
lado cuando ella pasó junto a él.
-
Le agradecería que la próxima vez que le dé por pasearse por ahí con el
servicio
de
ambulancias se vista al menos de un modo más profesional - dijo lanzándole una fría
mirada de reojo.
Louise
se paró en seco y lo miró furiosa.
-
Yo no voy paseándome por ahí con el servicio de ambulancias - masculló -. Ya le
he
dicho que...
Pero
Tom no parecía dispuesto a escucharla.
-
Y de momento no necesitamos más personal de ambulancias. Si nos hiciera
falta...
-
¡Cállese!- lo cortó ella, sorprendiéndolo con ese arranque de mal humor -. ¿Por
una
vez en su vida va a escucharme, y no va a interrumpirme! - añadió al ver que él
abría
la boca-. Hubo un accidente frente a la cafetería donde estaba almorzando, así que
salí a socorrer al niño herido. ¡No me hace falta ir por ahí con el personal de
ambulancias para pasármelo bien! ¿Y el cómo me vista en mis días libres no es
asunto suyo! - le espetó, reprimiendo a duras penas un improperio.
Tom
la agarró por la muñeca izquierda, y tiró de ella para atraerla hacia sí.
Louise
aspiró
hacia dentro y trató de liberarse, pero la presión de los dedos de él sólo se
hizo
más firme. Aquella muda violencia había hecho que volvieran a su mente sucesos del
pasado que no quería recordar. Se quedó quieta, mirándolo con los ojos
desorbitados y el aliento contenido.
Y
entonces, con la misma brusquedad con que había sido su muñeca, Tom la
soltó,
y la observó entornando sus ojos cafeces.
-
Fría como el hielo...- farfulló burlón -. Sería usted capaz de congelarle los
ánimos
a
cualquier hombre. ¿Es esa la razón por la que no está casada, doctora?
Lou
no se había sentido tan insultada en toda su vida.
-
Piense lo que quiera de mí- masculló.
-
Le sorprendería saber lo que pienso de usted- fue la contestación de él. Bajó
la
vista
hacia la mano que le había agarrado, y se rió de un modo despectivo-. Un
verdadero témpano de hielo - volvió a acusarla-. No me extraña que ningún miembro
del personal le haya pedido salir. Necesitaría un soplete para llegar hasta ese
corazón de piedra que tiene - añadió mirándola fijamente.
-
Puede, pero usted necesitaría un lanzagranadas - le espetó ella sin parase a
pensar.
Tom
enarcó una ceja y le dirigió una mirada mezcla de desprecio y antipatía.
-
Ya le gustaría.
La
petulancia de su respuesta hizo que a Lou la hirviera la sangre, pero apretó
los
puños,
dispuesta a no dejarle ver su irritación.
-
¿Eso cree? - le espetó a su vez, enarcándolas cejas y dejando escapar una risa
seca.
Satisfecha
al ver cómo se tensaba, echó a andar de nuevo y pasó por delante del
Mercedes
de Tom sin mirarlo siquiera.
"¡Chúpate
esa!", se dijo furiosa. No le importaba nada lo que opinara de ella, nada
en
absoluto... Llegó junto a su pequeño utilitario, y se metió dentro, exhalando
un pesado suspiro. ¿A quién quería engañar? Por supuesto que le importaba, ése
era el problema. Haberse enterado de que la tenía por una mujer fría y sin
sentimiento la había dejado planchada. Si él supiera que en lo que a él se
refería era precisamente todo lo contrario.... Cando se acercaba a ella o la rozaba,
Lou siempre se apartaba, pero no porque la desagradara, sino porque su contacto
y su proximidad la excitaban demasiado. La respiración se le entrecortaba, y
las piernas y la voz le temblaban, y la única manera de evitarlo era
distanciarse de él físicamente, de modo que eso era lo que hacía.
Había
otras razones por las que rehuía a Tom, las mismas por las que no quería
tener
ninguna relación amorosa, pero no eran asunto suyo ni de nadie. En cualquier caso
no se merecía que la tratase como la trataba. Ella hacía su trabajo y no
buscaba problemas.
Puso
el coche en marcha y salió del apartamento. Unos quince minutos después,
detenía
el vehículo delante de la pequeña casa que había alquilado en las afueras de la
ciudad y entraba en ella, dejándose caer en el sofá. Aquel era un barrio
tranquilo, y por la zona en la que estaba el alquiler era barato. Poco a poco
había ido añadiendo algunos toques personales, y la casa ya ofrecía un aspecto
un poco más acogedor. En las paredes desnudas había colgado cuadros que ella
misma pintaba, algunos abstractos, en tonos rojos, negros y blancos, que se
arremolinaban de un modo caótico, y otros en cambio composiciones de flores
hechas con pasteles. El contraste le habrá parecido bastante intrigante a
cualquier persona que la visitara, y Lou lo sabía, pero hasta la fecha no había
tenido ninguna visita. Era muy reservada.
Tom
también era reservado, por lo general, pero Lou había oído que de cuando
en
cuando invitaba a amigos y conocidos a su rancho. Claro que, aun cuando en el
grupo
se incluyeran miembros de la plantilla del hospital, ella jamás se había
contado entre ellos. Aquel hecho había causado rumores, pero nadie se había
atrevido a preguntarle a Tom al respecto. A Lou al principio le había dolido
ese rechazo, pero luego se había dicho que al fin y al cabo tampoco había razón
para que la invitara a su casa cuando ella tampoco lo había invitado a la suya.
Sin
embargo, había algo más. Lou sospechaba que, tal y como decían las males
lenguas,
Tom seguía penando por Jane Parker, la mujer de la que había estado
perdidamente
enamorado y que se había casado con un tal Todd Burke. Jane era rubia, tenía
los ojos azules, y era muy guapa, además de haber sido una estrella del
rodeo,
tener un gran corazón y un carácter dulce y tranquilo.
Pero
si había algo de Tom que tuviera perpleja a Louise, era la antipatía que
sentía
hacia ella. A menudo se preguntaba por qué la habría aceptado en la plantilla
si desde un principio no le había caído bien. Había tratado de interrogar a
Gustav al respecto, pero éste no soltaba prenda, y siempre cambiaba de tema.
Aún
más raros le habían parecido a la joven los cuchicheos a sus espaldas durante
sus
primeras semanas en el hospital. Incluso había oído un críptico comentario de
una de las enfermeras con más antigüedad a otra, sobre alguien que "debía
sentirse muy incómodo con la hija del doctor Blakely trabajando allí". Lou
había sentido deseos de preguntarle de quién estaban halando, pero cuando las
mujeres se dieron cuenta de que estaba escudándolas, se fueron cada una a sus
quehaceres.
Louise
no había llegado a averiguar quién era esa persona, no por qué le resultaba
incómodo
que ella estuviera trabajando allí, pero sí estaba empezando a comprender que
había ocurrido algo en el pasado en aquel hospital, y que su padre había tenido
algo que ver en ello.
En
una ocasión le preguntó a Gustav al respecto, y él pareció violentarse.
-
Bueno, tu padre aquí era cirujano, igual que lo soy yo- le respondió tras una
leve
vacilación.
-
Pero cuando se marchó de aquí, fue envuelto en alguna clase de escándalo, ¿no
es
verdad? - insistió ella.
-
No hubo ningún escándalo - replicó Gustav sacudiendo la cabeza-, ninguna mancha
en su reputación. Fue un gran cirujano, muy respetado, pero eso tú ya lo sabes.
Aunque
como padre y marido dejara mucho que desear, como médico con puede negarse que
fue excepcional.
-
Y entonces, ¿por qué la gente murmuraba a mis espaldas sobre él cuando llegué?
-
No tiene nada que ver con tu trabajo - le aseguró Gustav-. De hecho no es nada
que te concierna a ti directamente.
-
Pero, ¿qué...?
En
ese momento un anestesista los había interrumpido, y Lou no había vuelto a
preguntarle,
aunque no le había pasado desapercibido el hecho de que Gustav había parecido
aliviado de que los hubiesen interrumpido, y no había logrado sacárselo de la cabeza.
¿Tendría aquello algo que ver con el doctor Kaulitz y que fuera ése el motivo por
el que él la detestaba tanto? No, era imposible. De haber sido así, él le
habría mencionado algo durante los casi doce meses que llevaban trabajando
juntos.
Sin
embargo, volviendo la vista atrás, Lou recordó que Tom no había sido
desagradable con ella desde el principio. La primera semana se había comportado
con normalidad, y había sido luego, de repente, cuando se había vuelto hostil.
Respeto
al comentario que le había hecho en el aparcamiento, sobre su frialdad,
aquello
venía de lejos. En la fiesta de Navidad del hospital, justo a la semana y media
de haber comenzado ella a trabajar con él, la había pillado desprevenida debajo
de unas ramitas de muérdago y había intentado besarla, pero ella se había
apartado. La sola idea de sentir sus labios sobre los suyos había hecho que le
temblaran las rodillas, y que los latidos del corazón se le disparasen. La atracción
que sentía por él era tan fuerte, tan devastadora, que la asustaba muchísimo,
sobre todo después de la vida casi monacal que había llegado hasta entonces,
siempre dedicada al estudio. Desde el instituto no había tenido apenas vida
social, porque aquello era lo único que frenaba los sarcásticos y crueles
comentarios de su padre sobre su valía y su intelecto. Lo único que le
importaba era que sacase buenas notas y que destacase.
Sí,
los logros académicos habían sido su tabla de salvación en su disfuncional
familia.
Había
estudiado cada noche hasta bien entrada la madrugada, ganado permiso y
becas...,
todo para mantener contento a su padre, quien sin embargo, jamás se había mostrado
orgulloso de ella. Era un hombre cruel, y a medida que su adicción a las drogas
fue creciendo, año tras año, se acentuó también ese rasgo de su carácter.
Las
drogas habían sido precisamente la causa de que se estrellase su avioneta. Su
madre
había muerto con él, a su lado, igual que había permanecido junto a él toda su vida
a pesar de los engaños, de su brutalidad, y de su adicción. Se lo había
disculpado todo en aras del amor ciego que sentía por él.
Lou
se abrazó, sintiendo una vez más el escalofrío del miedo por los recuerdos del
pasado.
Ella jamás se casaría. Cualquier mujer que entregara su corazón a un hombre podía
encontrarse atrapada de repente en una relación tan destructiva cono la que habían
tenido sus padres, se decía. Era tan sencillo como enamorase, mostrarse
vulnerable, y empezar a hacer concesiones, para finalmente rendirse y permitir
ser dominada hasta que su voluntad y su amor propio hubiesen sido anulados por
completo.
Por
eso Lou se había prometido firmemente no mostrarse nunca vulnerable, para no encontrarse
jamás a merced de un hombre, como lo había estado su madre. Sin embargo,
"Copper" Tom la hacía sentirse vulnerable, y ése era el verdadero
motivo
por
el que evitaba cualquier contacto físico con él. Tenía miedo de abandonarse a
los sentimiento que despertaba en ella, de convertirse en una víctima. La
soledad podía ser muy penosa, pero era algo a lo que estaba acostumbrada. El
amor, en cambio, jamás lo había conocido, y le asustaba perder el control de
sus emociones y sus actos.
---------------------------
DOS
El
lunes por la mañana trajo consigo la rutina de siempre. Tom estaba bastante
tirante,
probablemente porque aún arrastraba la discusión que habían tenido. ¡Qué la hubiera
acusado de ir por ahí con los equipos de ambulancias como si fuera un diversión
para ella...!
Lo
observó desaparecer tras la puerta de su consulta, al final del pasillo, y con
un
profundo
suspiro regresó a la suya, dirigiéndose al archivador para buscar una
radiografía que necesitaba. Lo peor del amor no correspondido, se dijo abatida,
era que los desprecios no hacían sino alimentarlo. Cuanto más la ignoraba Tom y
más hostil se mostraba con ella, más le costaba renunciar a sus sueños de que
las cosas cambiaran.
Tenía
muy claro que no quería casarse, ni una relación, pero la atracción que
sentía
por Tom era demasiado fuerte como para negarla.
Cuando
estaba examinando la radiografía, Brenda se asomó por la puerta entreabierta.
-
Hay una llamada para usted: el doctor Schafer por la línea dos.
-
Gracias Brenda.
Lou
descolgó el auricular distraídamente, estudiando aún la radiografía en su mano
izquierda,
pero cuando pulsó el botón de la línea que la enfermera le había indicado, se
encontró escuchando accidentalmente una conversación que aún no había
terminado.
-...
ya te dije que, para empezar, si hubiera sabido de quién era pariente, ni
siquiera
la
habría contratado - estaba diciendo con furia una voz demasiado familiar-. Si
la contraté fue por hacerte un favor; entonces no tenía ni idea de que era la
hija de Blakely. Nunca le perdonaré por lo que me hizo, Gustav, y tener que verla
a ella día tras día me lo recuerda. ¡Es un tormento constante para mí!.
-
Cooper, es injusto que...
-
No, es como me siento. Esa mujer no es más que una carga para mí, y en
respuesta a tu pregunta, no, ¡me da exactamente igual que le pidas una cita! La
encuentro insufrible; no es mas que una autómata sin el menor atractivo, así
que puedes quedarte con ella con todas mis bendiciones. Te aseguro que yo daría
dinero para sacarla de mi vida y de este hospital, ¡y cuanto antes mejor!.
Se
oyó un "clic", y de pronto Lou se dio cuenta de que la línea había
quedado libre,
y
que Gustav estaba esperando al otro lado.
-
Lou Blakely al aparato- anunció lo más calmadamente que pudo, notándose las
manso
frías y sudorosas.
-¡Lou!,
¿qué tal? Soy Gustav - contestó su amigo -. Espero no pillarte en mal
momento...
-
No - musitó ella, tragando saliva, mientras hacía un esfuerzo sobrehumano por
controlar
sus emociones -. No, en absoluto. ¿Qué puedo hacer por ti?
-
¿Sabes esa cena benéfica que se celebra el jueves? Me preguntaba si te apetecería
venir conmigo.
Después
de la conversación que acababa de escuchar, Lou sabía que esa cita no
era
puramente amistosa, como las que habían tenido hasta entonces, y en otras
circunstancias, sabiéndolo como lo sabía, le habría dicho que no, pero las
palabras de Tom la habían puesto fuera de si.
-
Me encantaría, gracias- le dijo.
-
¡Estupendo! - exclamó Gustav. Por el tono de su voz era obvio que había una
amplia sonrisa en sus labios. -Te recogeré el jueves a las seis.
-
De acuerdo, hasta el jueves.
Lou
colgó el teléfono y respiró profundamente, expulsando el aire despacio en un
intento
por tranquilizarse. Ni siquiera supo cómo fue capaz de continuar con la
jornada.
Cuando
hubo despachado al último paciente de la mañana, se quitó la bata blanca,
escribió
en el ordenador una carta de renuncia, la imprimió, la introdujo en un sobre, se
puso la chaqueta, se colgó el bolso en bandolera, y fue a la consulta de Tom a entregársela.
Sin embargo, era mediodía y ya debía haberse ido a comer porque no estaba allí,
así que la dejó sobre el escritorio, y salió de nuevo al pasillo, abandonando el
edificio sin mirar atrás.
Habría
sido agradable tener un hombro sobre el que llorar en ese momento, se dijo mientras
estabas sentada sola en una cafetería cercana al hospital, sentada ante un café
solo y una ensalada de pollo que ni siquiera había tocado. Pero, ¿cómo iba a
tener ningún hombro sobre el que desahogarse cuando tenía problemas para
relacionarse con la gente? Era tímida y callada, y precisamente por eso a los
demás les costaba acercarse a ella. Se quedó observando la taza de café con la
mirada perdida, con las crueles palabras de Tom Kaulitz repitiéndose una y otra
vez dentro de su cerebro. La odiaba, no podía haberlo dejado más claro. La
encontraba insufrible, había dicho.
Quizá
lo fuera; su padre se lo había dicho a menudo cuando aún vivía. Su madre y
él
habían nacido en Jacobsville, y habían resido allí durante años, pero él jamás
le
había
hablado de su pasado. Claro que tampoco había hablado demasiado con ella, excepto
para menospreciarla y decirle que nunca le llegaría ni a la suela del zapato.
En
ese momento la puerta de la cafetería se abrió, y Lou observó con aprehensión
que
era "Copper" Tom quien había entrado. Parecía verdaderamente furioso,
y sus
ojos
oscuros recorrieron el local hasta dar con ella, sentada sola en un rincón.
Avanzó
hacia ella con una determinación que hizo pensar a la joven que debía
haber
una emergencia, pero cuando se detuvo frente a ella, estampó sobre la mesa su carta
de renuncia junto con el sobre abierto.
-
¿Qué diablos significa esto? - exigió saber sin alzar la voz, pero en un tono
amenazador.
Lou
alzó sus ojos castaños hacia él.
-
Significa que abandono, me marcho - respondió, apartando el rostro.
-
¡Eso ya lo sé!, ¡pero quiero saber por qué!
La
joven miró en derredor. La cafetería estaba casi vacía, pero la camarera y un
vaquero
sentado en la barra estaban observándolos con curiosidad.
-
Si no le importa, preferiría no discutir mis asuntos privados en público - le
dijo con aspereza, levantando la barbilla.
Tom
apretó la mandíbula, y sus ojos refulgieron, pero se apartó para que se pusiera
de
pie, esperó mientras pagaba, y la siguió fuera, hasta el lugar donde estaba
aparcado
su pequeño Ford plateado.
Sin
embargo, cuando hubo sacado las llaves del bolsillo del pantalón, el médico la
agarró
por el brazo y la arrastró hasta un parque cercano, obligándola a sentarse en un
bando, bajo un gran roble. Sólo entonces la soltó. Él se quedó de pie, y plantó
la bota en el asiento, a su lado, inclinándose sobre la rodilla para mirarla.
-
Ya estamos a solas - le dijo con brusquedad -. Ahora dígame por qué quiere
marcharse.
-
El contrato que firmé era sólo por un año y ya casi ha acabado - respondió ella
con
las mejillas arreboladas por la irritación-. Quiero irme de aquí, quiero volver
a casa.
-
¿A Austin? Gustav Schafer me dijo que no le quedaba nadie allí - le dijo él,
sorprendiéndola.
-
Tengo amigos allí.
-
No lo creo, no tiene ningún amigo ... a excepción de Gustav.
Lou
agachó la cabeza y apretó las llaves del coche en su mano, clavándoselas en
la
palma. Sus facciones no expresaban emoción alguna, pero Tom había bajado la
vista
y observado la tensión reflejada en sus nudillos blancos. Sin decir palabra,
tomó su mano rígida y la abrió, frunciendo el ceño al ver las marcas rojas que
habían dejado las llaves en su piel.
Lou
apartó la mano al instante, pero el desconcierto no se borró del rostro del médico.
Se
quedó mirándola un buen rato, mientras el corazón de la joven latía
salvajemente contra sus costillas. Detestaba mostrarse vulnerable.
Tom,
advirtiendo su incomodidad, bajó la pierna y dio un paso atrás. Vio como la
joven
parecía relajarse, y cómo soltaba el aliento que había estado conteniendo.
-
Lleva tiempo lograr que una relación laboral funcione - le dijo -, y usted sólo
le ha
dado
a la nuestra un año.
-
Exacto, "yo" le he dado un año.
El
énfasis en el pronombre hizo que el médico entornara los ojos.
-
Tal y como lo ha dicho, parece que piensa que yo no he puesto nada de mi parte.
Lou
alzó el rostro.
-
Sí eso es exactamente lo que pienso. Usted nunca me ha querido trabajando a su
lado.
Lo sospeché desde el principio, pero no ha sido hasta esta mañana, cuando le oí
decirle a Gustav por teléfono que...
Al
médico se le desencajó el rostro.
-
¿Oyó .... oyó lo que le dije? -inquirió con voz ronca.
Los
labios de Louise temblaron ligeramente.
-
Sí, lo oí todo.
Tom
recordó espantado lo que le había dicho a Gustav Schafer en lo que en el fondo no
había sido mas que uno de sus arranques de mal genio. En varias ocasiones le había
ocurrido que por el acaloramiento había dicho cosas que en realidad no pensaba,
pero jamás se había sentido tan arrepentido de haber dado rienda suelta a su
ira como en ese momento. Nunca hubiera creído a su fría e imperturbable
ayudante capaz de sentir emoción alguna, pero claramente estaba destrozada. La
había herido, y sólo entonces se dio cuenta de que su opinión sobre ella sí le
importaba, aunque siempre tratase de demostrar lo contrario.
El
médico maldijo para sus adentros. Si había contestado a Gustav Schafer tan
furioso, había sido porque acababa de tener que diagnosticar leucemia a un niño
de sólo cuatro años. Se había sentido impotente ante el dolor de los padres, y
había descargado en Gustav su frustración. Además, ¿cómo podía haber imaginado
que ella hubiera estado oyéndolo todo? Se sentía avergonzado, pero estaba seguro
de que aunque intentara decírselo, ella no lo creería. Lo decían a las claras
la expresión cansada de su rostro, los puños cerrados y los labios apretados en
una fina línea.
-
Me contrató sólo por hacerle un favor a Gustav, seguramente rechazando a otra
persona
que le parecía más apta para el puesto - dijo ella con una sonrisa forzada-.
Bien,
pues tal vez ahora que me voy, tendrá la oportunidad de contratarla.
-
Espere un momento, yo...
Lou
alzó una mano.
-
No, por favor, no quiero que discutamos sobre ello - lo cortó. Ya había tenido
bastante con escuchar lo que pensaba de ella-. Estoy cansada de pelearme con
usted, de que no le parezca bien nada de lo que hago. Para usted soy una carga,
y después de esto lo único que yo quiero es marcharme. Me quedaré hasta que
encuentre a quien me reemplace, ni un solo día más - le dijo con firmeza,
poniéndose de pie.
Tom
se pasó una mano por el cabello pelirrojo. Estaba perdiendo aquella batalla,
y
no sabía cómo disculparse.
-
Esta mañana he tenido que decirle a los Dawe que su hijo tiene leucemia - le
dijo,
irritado
por tener que darle explicaciones -. Me sentía furioso conmigo mismo, con
Dios...
y cuando estoy furioso a veces digo cosas que en realidad no siento.
-
Los dos sabemos que sí piensa lo que le dijo a Gustav de mí - respondió ella
inflexible, mirándolo a los ojos-. Me odió casi desde el primer día que llegué
aquí, y la mayor parte del tiempo ni siquiera es capaz de mostrarse cortés
conmigo, pero lo que no sabía era que no podía ni verme por algo que hizo mi
padre.
Cuando
dijo eso, Lou observó un cambio sutil en las facciones del médico.
-
De modo que también oyó eso - murmuró él.
Jamás
habría querido volver a hablar de aquello, pero le debía una explicación por
el
comportamiento injusto y prejuicioso que había tenido con ella todo el año.
-
La chica de la que estaba enamorado - comenzó con la garganta seca -, con la
que
iba a casarme, trabajaba en el hospital de Jacobsville. A pesar de estar
comprometidos,
tuvo un romance con su padre, y él la dejo embarazada. Él le practicó un aborto
en secreto, y por supuesto ella me lo ocultó todo. Estuve a punto de casarme completamente
engañado, pero aquello se descubrió, y la dirección del hospital
"invitó" a su padre a marcharse.
Lou
palideció. ¿Se habría enterado de aquello su madre?
-
Sólo se enteraron unas pocas personas - añadió él, como leyéndole el
pensamiento-.Dudo que su madre estuviera al corriente. Parecía una buena mujer.
Jamás comprenderé cómo pudo casarse con un hombre así.
-
¿Y la chica?
-
También la despidieron, y abandonó la ciudad. Con el tiempo acabó casándose -
dijo él, metiéndose las
manos en los bolsillos-. Y si quiere conocer toda la verdad, le diré que Gustav
sintió lástima de usted cuando murieron sus padres, y al enterarse de que yo
estaba buscando un ayudante, me la recomendó tanto para el puesto,
que accedí a entrevistarla. Al principio, a pesar del apellido, no la relacioné
con su padre, claro - añadió -. Irónico, ¿verdad?, que escogiera como ayudante
a la hija del hombre que destrozó mi felicidad.,
-
Pero, ¿por qué no me lo contó?- inquirió ella irritada-, "¿por qué?"
-¿Cómo
se supone que podía decirle eso? - respondió él-. Además, para cuando
me
di cuenta, el contrato ya estaba firmado, así que la única salida era que usted
dimitiese.
De
pronto todo tenía sentido: su beligerancia, sus constantes críticas... Había
esperado conseguir que tirase la toalla.
-
Ya veo - murmuró-. Pero no lo logró.
-
Esta hecha de una pasta más dura de lo que yo pensaba - asintió él-. En todos
estos meses no ha cedido ni un ápice, por duro que fuera con usted. Siempre
estaba dispuesta a pelear - acarició distraídamente las llaves de su coche en
el bolsillo mientras la miraba-. Hasta ahora no había encontrado a nadie capaz
de plantarme cara.
Lou
no dijo nada. Ése no era su carácter, pero para que su padre no la destruyera
había
aprendido pronto a no mostrar miedo, ni a agachar la cabeza, porque esos signos
de debilidad no hacían sino aumentar su sarcasmo y su brutalidad.
-
Un año - continuó Tom-, durante un año entero tu presencia me ha recordado
lo
que tu padre me hizo. Hubo momentos en los que habría hecho cualquier cosa para
que te marcharas, no lo puedo negar, y al principio verdaderamente te odiaba.
Aunque
ella ya había imaginado todo aquello y se lo había confirmado la conversación que
había oído sin querer entre Gustav y él, que lo estuviera admitiendo cara a
cara era aún más doloroso. Resultaba bastante irónico pensar que el hombre del
que estaba enamorada estaba diciéndole que la odiaba por algo que había hecho
su padre, el padre que había hecho de su vida y de la de su madre un infierno.
Sin
duda se sorprendería si lo supera, y más aún si supiera que el prestigioso
doctor Blakely no había sido más que un drogadicto de clase alta, que había
acabado robando narcóticos del hospital de Austin, donde trabajó al tener que
marcharse de Jacobsville, y que había estado totalmente colocado cuando cayó en
picado la avioneta que pilotaba, matando a su madre con él.
Todos
aquellos años había logrado controlar sus emociones, pero, de pronto, tal
vez
por el efecto acumulado de ese año horrible, no pudo contener la lágrimas que empezaron
a acumularse en sus ojos, y rodaron una tras otra por sus mejillas.
Tom
no había esperado esa reacción. A lo largo del año que habían estado trabajando
juntos la había visto cansada, impasible, exhausta, enfurecida, e incluso
frustrada, pero jamás la había visto llorar. Pasmado, extendió la mano y le
tocó la húmeda mejilla, como si necesitara comprobar que las lágrimas eran
reales. Al instante, Lou se echó hacía atrás, con una risa amarga entre
sollozos.
-
De modo que por eso era tan horrible conmigo- dijo con voz entrecortada-.
Gustav nunca me dijo nada... y yo he sido tan estúpida que me he pasado todo un
año soñando con que...- de
nuevo dejó escapar una risa entre desgarrada y nerviosa, mientras se secaba
airada las lágrimas con el dorso de la mano-. ¡Qué estúpida he sido! – farfulló
otra vez-. ¡qué estúpida...!
Se
giró sobre los talones y se alejó de él a toda prisa. Tom se había quedado
clavado
en el sitio, preguntándose con qué se había pasado todo un año soñando.
Durante
los días siguientes, Lou se mostró educada y distante, como si fueran extraños.
Sin embargo, Tom advirtió que el modo en que lo estaba evitando en nada se
parecía su actitud de los meses anteriores, y empezó a comprender lo que no
había sido capaz de ver. Antes, por ejemplo, los ojos de Louise siempre lo
habían seguido donde quiera que fuese, y él lo había notado, pero, envueltos
como estaban en la batalla campal que él mismo había iniciado, las había
interpretado como miradas asesinas.
Después
de su última confrontación, en cambio, la joven ya no lo miraba aunque
se
cruzaran por los pasillos, y en muchas ocasiones se desviaba para evitarlo por
completo.
Además, estaba llegando a extremos insospechados: si tenía algo que
preguntarle, se lo ponía por escrito y se lo dejaba en el escritorio o lo hacía
través de Brenda.
Y
entonces, inesperadamente, el jueves por la tarde, cuando estaban a punto de
marcharse,
fue a verlo.
-¿Ha
puesto ya un anuncio para encontrar a alguien que me reemplace? - le preguntó en
un tono educado.
Tom
la observó un momento en silencio.
-
¿Tanta prisa tiene por marcharse?
-
Sí - respondió ella sucintamente -. Quisiera marcharme después de las
vacaciones
de
Navidad - se dio la vuelta e iba a salir de su consulta cuando él la retuvo por
la
manga
de la bata blanca. Lou dio un paso atrás-. A principios de año- se reiteró
volviéndose, pero sin subir la vista.
Tom
la miró irritado, detestando el modo en que rechazaba el más leve contacto
entre
ellos.
-
¿Seguro que no quiere reconsiderarlo? Es buen médico- le dijo -, se ha ganado
su
puesto
aquí.
Lou
era consciente de que aquel era un verdadero halago viniendo de un hombre
tan
resentido, aunque también sabía que eso no cambiaba los hechos.
-
Pero aún así me odia -murmuró-. Cada vez que me mira se acuerda de mi padre,
y
me detesta por ello ¿no es así?
Tom
soltó su magna confundido. Sabía que era injusto, pero no podía negar que
le
ocurría.
Louise
advirtió su incomodidad.
-
No se moleste, doctor - le dijo-. Dentro de un mes me habré marchado y ya no
tendrá
que volver a preocuparse por eso.
Dejó
escapar una risa amarga y salió de la consulta.
HOLA!! VOLVIERON LOS DOS CAPS ... BUENO YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO ... BIENVENIDAS A LA NUEVA NOVELA ... HASTA PRONTO :))
Me encantoooo virgi es muy diferente a las otras que he leído.. quede intrigada espero el próximo cap..
ResponderEliminarActualizaaaa
ResponderEliminarSube pronto :)
ResponderEliminarSigueeeeee
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