CINCO
La
fiesta de Navidad del hospital se fijó para la noche del viernes, dos semanas
antes del día veinticinco, para que no coincidiese con las celebraciones
familiares del personal. Lou en principio no tenía intención de ir, pero Tom la
acorraló la tarde de ese día en su consulta, cuando estaban recogiendo para
marcharse a casa.
-La
fiesta de Navidad es esta noche - le dijo.
-
Lo sé, y no voy a ir.
-
La recogeré a las nueve -dijo el, como si no la hubiera oído. Por supuesto, Lou
empezó
a protestar, pero él insistió-. Ya sé que todavía no está repuesta del todo de
lo del virus, pero no tiene por qué quedarse hasta el final si no quiere, y yo
la llevaré a casa.
-
¿Y qué pasa con Nickie? -le espetó Louise-. ¿No le molestaría que fuéramos
juntos?
Tom
enarcó una ceja.
-¿Por
qué habría de molestarle?
-
Pues porque ha estado usted saliendo con ella- le recordó Lou.
-
No he estado saliendo con ella -matizó él-. La acompañé a aquella cena benéfica
porque
me dijo que el anestesista que iba a llevarla no iba a poder hacerlo. No sé qué
diablos habrá oído, pero no hay nada entre nosotros.
-
Me da igual - le respondió ella con tirantez-, no pienso ir a ninguna fiesta
con usted. Todos estos meses me ha hecho la vida imposible, ¿y ahora cree que
puede venir y hacer borrón y cuenta nueva invitándome a una fiesta? Y ni siquiera
ha sido una invitación, ¡Sino una orden!.
-
Escuche -farfulló él-, si uno de los dos no asiste a esa fiesta, las
murmuraciones
de
la gente empeorarán y, sinceramente, ¡ya tuve bastante con soportar las
murmuraciones en el pasado, gracias al casanova de su padre!
Louise
descolgó con furia su abrigo de la percha.
-¡Creí
que había dicho que no me culpaba por todo lo que había hecho mi padre!-
le
recordó, volviéndose hacia él.
-¡Y
no lo hago! -respondió él enfadado-, pero está siendo irracional e infantil.
-Caray,
gracias... -farfulló Lou-. ¡Viniendo de usted eso casi son cumplidos!
Tom
estaba irritándose más y más por momentos. Nunca había conocido a una
mujer
tan terca. Por un instante se quedó observándola fijamente como si quisiera
fulminarla
con la mirada, hasta que un ligero tambaleo cuando se dirigió hacia la puerta le
recordó que había estado enferma.
-
Esta noche va a haber alguien en la fiesta a quien me gustaría que conociera
-le
dijo
en un tono más suave, en la que era su última carta-. Se trata de Ben Maddox,
un antiguo colega. Lo ha contratado una importante compañía de electrónica y
ordenadores, y está promocionando por todo el país un sistema informático que
supuestamente conecta a los ordenadores de unos hospitales con otros en todo el
mundo y con bases de datos y archivos. A mí me parece que es demasiado caro
para nuestro pequeño hospital, pero le he dicho que consideraríamos su oferta.
-
¿Y que tengo que ver yo con eso? -inquirió Lou.
-
Bueno, es usted la que entiende de nuevas tecnologías -añadió él con un ligero
sarcasmo
intencionado-. Me gustaría tener su opinión.
-
Vaya, me siento muy honrada -respondió ella en idéntico tono-. Nunca me había
pedido
mi opinión respecto a nada.
-Nunca
me había importado -contestó Tom con sinceridad, y sin el menor sonrojo-.
Pero,
en fin, no sé, puede que esté equivocado y sea cierto que la revolución
electrónica
sea necesaria también en la medicina -alzó la barbilla en un claro desafío- o
al menos eso es lo que siempre está usted defendiendo.
La
mirada orgullosa en los ojos castaños de Louise le dijo que había picado el
anzuelo.
-
Iré, pero lo haré en mi coche, y lo veré allí.
Tom
frunció las cejas.
-
¿Por qué no quiere que la lleve yo? ¿acaso me tiene miedo? - la picó.
Lou
no podía decirle a qué le tenía miedo.
-
Si llegáramos juntos a la fiesta, la gente empezaría a murmurar, ¿no cree? -
apuntó.
Había
esgrimido su propia excusa, y nada podía él decir contra eso.
-
De acuerdo entonces.
Tom
se despidió con un gesto de la mano y salió de la consulta, y sólo entonces
respiró
Lou tranquila. "Bueno", se dijo, "parece una tregua.
Verdaderamente la necesitábamos...".
Mientras
Lou charlaba con Ben Maddox en la fiesta, Tom estaba de pie, en un
pequeño
corrillo de cirujanos, pero apenas estaba prestando atención a lo que decían. No
podía quitarle los ojos de encima a su ayudante.
Lou
se había puesto un vestido de seda negro con una capa superpuesta de encaje,
cuello
redondo, y mangas transparentes. La falda del vestido le quedaba por encima de
la rodilla, y dejaba al descubierto sus largas piernas, que parecían aún más esbeltas
por los zapatos de tacón. Se había recogido el rubio cabello en un peinado muy
chic, con algunos mechones cayéndole sobre las mejillas, y no llevaba más
adornos que un collar de pequeñas perlas y unos pendientes a juego.
Al
verla gesticular y reírse, el médico experimentó una serie de turbadoras
sensaciones que ya lo habían asaltado antes, exactamente un año atrás. En la
fiesta de Navidad del año anterior, la joven se había puesto un vestido algo
más revelador, y él, asaltado por un repentino impulso que no quiso analizar,
se las había apañado para llevarla bajo las ramitas de muérdago, que colgaban
del techo, e intentó besarla. Sin embargo, ella se había zafado, y desde ese
día lo había rehuido como si tuviera una enfermedad contagiosa.
Su
ego había sufrido un duro golpe con aquel rechazo, y eso ya había hecho que le
tomase
cierta antipatía, que se incrementó cuando supo de quién era hija.
Se
excusó con sus colegas, y se dirigió hacia Maddox y la joven.
-
Cooper, tu ayudante es una verdadera joya -le dijo Ben cuando se unió a ellos-.
Está
muy bien informada de los avances tecnológicos.
-
Sí, bueno, le van esas cosas -farfulló Tom-. Yo soy un antiguado, pero si ella
tuviera
mi puesto y las máquinas diagnosticaran enfermedades, estoy seguro de que despediría
a toda la plantilla
Ben
Maddox se rió.
-
Tienes que rendirte ante la evidencia, amigo, la tecnología es el futuro.
-
Y también es el motivo por el que los costes de los tratamientos médicos se han
disparado
-repuso Tom.
-
Pesimista...- lo acusó Ben.
-
Pesimista no, realista -replicó Tom. Alzó la copa que tenía en el mano,
simulando
un
brindis, y apuró su contenido.
Ben
siguió a su viejo amigo con la mirada cuando éste se alejó en dirección a la
mesa
con la comida y las bebidas por entre los que bailaban, y frunció el ceño al
ver que rellenaba su copa.
-
Qué raro... -comentó-, nunca había visto a Copper beber más de una copa.
"Ni
yo" pensó Lou frunciendo también el entrecejo.
Encogiéndose
de hombros, Ben sacó de su maletín una serie de folletos, y empezó
a
explicarle con más detalle el producto que quería venderles. Mientras hablaba,
Lou vio que Nickie se acercaba a Tom por detrás. Llevaba un ajustadísimo,
cortísimo y escotadísimo vestido azul que hizo que todos los hombres que
estaban cerca se volvieran a mirarla. Ya de por sí era guapa, pero con aquel vestido
podía llevarse de calle a cualquiera.
Entre
risitas, Nickie arrastró a Tom debajo del muérdago, atrayendo la atención
de
quienes los rodeaba, y señaló hacia arriba con la mano. El médico se rió
suavemente, rodeó la estrecha cintura de Nickie con su fuerte brazo y la apretó
contra sí.
Entonces,
inclinó la cabeza y la besó de un modo que hizo sentir a Lou terriblemente acalorada.
A ella nunca la había estrechado así entre sus brazos, ni la habían besado, pero
había soñado con ello infinidad de veces. Con las mejillas arreboladas, se
apresuró a apartar la mirada.
-
Cooper siempre atrae a las chicas más guapas - comentó riéndose Ben Maddox,
que
también había observado la escena-. Ese beso va a ser la comidilla del hospital
durante
un mes. Y es curioso, porque por lo general él no es así de desinhibido. El
alcohol
debe estar subiéndosele a la cabeza.
Lou
apretó en su mano el vaso de piña colada que estaba tomando.
-
Respecto a ese sistema que quiere vendernos, la verdad es que sí que es un poco
caro-
murmuró con una sonrisa forzada, cambiando de tema.
-
Bueno, no se lo puedo negar - asintió Ben-, pero también tenemos otros
similares, aunque no tan completos y versátiles, que podrían irle muy bien a un
pequeño hospital como lo es el de Jacobsville. De hecho...
La
voz de Ben se convirtió en un runrún monótono, y Lou apenas si podía
concentrarse en lo que le estaba diciendo cuando con el rabillo del ojo estaba
viendo a Tom y a Nickie bailando pegados el uno al otro.
El
alcohol y el muérdago siguieron haciendo de las suyas durante la velada. Ben y
algún
que otro miembro del personal del hospital se ofrecieron a sacar a Louise a
bailar, pero la joven no estaba de humor, y al cabo de un par de horas decidió
que no pintaba nada allí. Se sentía humillada. Tom la había hecho ir, y llevaba
toda la noche ignorándola.
-
Creo que me marcho a casa - se despidió de Ben, estrechándole la mano -. He
estado
enferma y todavía no me siento bien del todo, pero me ha encantado conocerlo.
-
Lo mismo digo -contestó Ben-. Por cierto, ¿ha visto a Gustav Schafer? Esperaba
poder saludarlo mientras estoy en la ciudad, y pensaba que vendría esta noche.
-
Pues la verdad es que no, y sí que es raro que no haya venido -murmuró ella,
cayendo en la cuenta de que no sabía nada de él desde que le habían dado el
alta.
En
ese momento apareció Tom junto a ellos, con Nickie colgada de su brazo.
-
Caramba, ¿sigue aquí? -le dijo el médico a Lou con una sonrisa burlona-.
Pensaba
que
ya se habría ido.
-
Me marchaba ahora mismo - respondió ella con aspereza-. Estaba despidiéndome del
señor Maddox, cuando el me ha preguntado por Gustav. ¿Sabe usted por qué no ha venido?
-
Está en Florida, en un seminario de pediatría - respondió Tom-, ¿no se lo dijo
Brenda?
-
No, supongo que con tanto trabajo como hemos tenido se le olvidaría
comentármelo.
-
Bueno, cuando vuelva dile que me ha dado mucha rabia no verlo, Cooper-murmuró Ben
con una sonrisa.
-
Seguro que a él también -intervino Lou, aprovechando el momento para
despedirse. Ya no soportaba más las miradas melosas que Nickie le dirigía a
Tom-. Bueno, me voy...
-
Ah, no, todavía no- replicó el médico con un brillo travieso en los ojos-. No
puede
irse
sin que la hayan besado debajo del muérdago, doctora. ¿O es que no quiere tener
suerte en el año que entra?
Louise
se sonrojó y dejó escapar una risa nerviosa.
-
Me parece que prescindiré de ese pequeño ritual- dijo.
-
Pues a mí me parece que no -repuso él.
El
tono de su voz era bromista, pero no así la expresión de su rostro. Se apartó
de
Nickie,
rodeó la cintura de Lou con su brazo, y la llevó bajo las ramas de muérdago
que
colgaban del techo con un lazo de terciopelo rojo.
-
Esta vez no se escapará- le dijo con voz ronca.
Y
antes de que Lou pidiera pensar, reaccionar, o protestar, Tom había inclinado
la
cabeza y sus labios habían tomado los suyos con fiereza. Con el brazo que tenía
en torno a su cintura, la atrajo hacia sí hasta que estuvo completamente pegada
a su musculoso cuerpo, y subió la mano libre hasta su rostro, acariciándole
sensualmente los labios con el pulgar mientras la besaba, hasta que logró que
los entreabiera. Tom introdujo entonces la lengua en la boca de la joven, y
ella gimió contra su voluntad.
En
otras circunstancias habría disfrutado de las maravillosas sensaciones que
estaba
experimentando con ese beso con el que tanto había soñado, pero tener que experimentar
aquello por primera vez delante de la plantilla casi al completo del hospital, entre
silbidos y risas, hizo que deseara matar a Tom.
Cuando
él levantó al fin la cabeza, se quedó observando los hinchados labios de la
joven,
y los acarició suavemente con el pulgar, para mirarse después largamente en
sus
ojos castaños, abiertos como platos, antes de soltarla de mala gana.
-
Feliz Navidad, doctora Blakely -le dijo burlón, pero con la voz ronca.
-
Y a usted, doctor Kaulitz -respondió ella, después de tragar saliva, e incapaz
de
volver
a mirarlo a los ojos-. Buenas noches, Ben... Nickie.
Se
dirigió hacia la puerta trasera del local, donde se estaba celebrándola fiesta,
con
las
piernas temblándole como si se le hubieran vuelto de gelatina y los labios
quemándole por el apasionado beso.
Los
ojos de Tom la habían seguido hipnotizados. Nunca había experimentado
nada
igual: estaba ardiendo de deseo. De pronto, Nickie le tiró de la manga del
esmoquin, devolviéndolo a la realidad.
-
A mi no me has besado así -protestó, haciendo pucheros con sus bonitos labios
color
rubí-. ¿Por qué no me llevas a casa y...?
-
Ahora vuelvo - farfulló él sin escucharla, soltándose y yendo hacia la salida.
Nickie
lo vio alejarse irritada, sonrojándose por la humillación de que la hubiera
rechazado en público. Después de que hubieran ido juntos a aquella cena
benéfica había albergado esperanzas de que la llamara para salir, pero no había
sido así, y aunque el beso que le había dado bajo el muérdago había estado muy
bien, el que le había dado a su ayudante lo había hecho palidecer por contraste.
Frunció el ceño suspicaz. Aquello era muy raro, se dijo. Y, sin pensarlo dos
veces, se dirigió también a la puerta de atrás. Iba a averiguar qué estaba
ocurriendo.
Tom,
sin saber que Nickie lo estaba siguiendo, había ido detrás de Lou. Aquel
beso
lo había dejado hambriento de más, y estaba casi seguro de que a ella también, pero
tenía que cerciorarse. No podía permitir que se marchase hasta saberlo.
Lou
estaba a unos metros de su vehículo cuando oyó sus pasos detrás de ella.
Sabía
perfectamente de quién se trataba y apretó el paso, pero Tom hizo otro tanto, y
cuando ella llegó junto al coche, él le había dado alcance.
Tom
la agarró por el brazo, haciéndola girarse, y antes de que Lou pudiera
reaccionar, se halló de espaldas contra la puerta del coche, bajo el peso del
fuerte y cálido cuerpo masculino. Lou alzó la mirada. No podía distinguir la
expresión en el rostro de Tom, ya que sus facciones se hallaban entre sombras
por la oscuridad de la noche, pero sus ojos oscuros parecían relampaguear.
-
No ha sido suficiente -murmuró con voz ronca.
Y,
sin decir más, agachó la cabeza y sus labios descendieron sobre los de ella,
besándola
con pericia. Tomó las manos de Lou, entrelazando sus dedos, al tiempo
que
empujaba sensualmente sus caderas contra las de ella.
Louise
sintió cómo la lengua de Tom se introducía por entre sus dientes, y empezaba a
danzar con la suya y a explorar cada rincón de su cálida humedad. Sus dedos se
aferraron a los de él, y un delicioso escalofrío la recorrió de arriba abajo.
Aquello era tan íntimo, tan placentero.... Tom empujo de nuevo sus caderas
contra las de ella, esta vez acompasadamente, y a Lou se le cortó la respiración
al notar su excitación. Los besos de su jefe se volvieron más insistentes, y
una de sus manos subió hasta los labios de Louise, para estimularlos como había
hecho dentro, sólo que el calor y la magia que estaba produciéndose entre ellos
en ese momento iban mucho más allá.
Un
intenso gemido abandonó la garganta de Tom, y Lou notó cómo todo su cuerpo se
tensaba.
De
pronto, al paladear el sabor a Whiskey en la lengua del médico, la joven
recobró
la
razón y creyó comprender lo que esta ocurriendo. Tom había bebido demasiado
y
no se estaba dando cuenta de lo que estaba haciendo en realidad, de a quién
estaba besando. Para él, en ese momento, ella podía ser Nickie, o cualquier
otra.
El
sabor y el olor a Whiskey trajeron desagradables recuerdos a la joven de su
padre, recuerdos de dolor y de miedo, y aquello, junto con el convencimiento de
que Tom únicamente estaba bajo los efectos del alcohol, hizo que el placer que
había experimentado hasta esos instante se desvaneciera por completo. Sus manos
empujaron
al médico por el pecho con todas sus fuerzas, pero era demasiado pesado para
ella, y la tenía agarrada con firmeza por la cintura.
-
No... basta... - le rogó, girando el rostro.
Tom
no parecía estar oyéndola. Empezó a imprimir húmedos besos por toda su
garganta
y gruñó, como irritado por su repentino rechazo.
Lou
estaba empezando a asustarse. Se retorció en su abrazo, jadeante.
-
Tom... ¿no! -le suplicó frenética.
El
temor en su voz fue lo que hizo que él recobrara el control. Sus labios se
detuvieron sobre su garganta, pero no se apartó. Louise podía sentir cada
centímetro de su cuerpo como si fuera un hierro candente. La respiración de Tom
se había tornado entrecortada, y contra su pecho, Lou notó su corazón latiendo
con la fuerza de un tambor.
De
repente, él pareció darse cuenta de lo que había estado haciendo, y con quién.
-¡Dios!
-masculló resoplando.
Sus
dedos se clavaron un instante en la cintura femenina antes de soltarla, y se
estremeció ligeramente al despegar su cuerpo del de ella lentamente, apoyando
las mano en el coche para no perder el equilibrio. Se quedó así, luchando por
acallar la excitación que todavía lo estaba sacudiendo, y Lou sintió su aliento
sobre sus hinchados labios. Aún estaba demasiado cerca.
-
Nunca antes me había llamado por mi nombre de pila -murmuró Tom, apartándose finalmente
de ella-. No sabia que lo conociera.
-
Estaba... en el contrato que firmamos -le recordó ella aturdida.
Él
dio un paso atrás, frotándose el rostro.
-
Me temo que he bebido demasiado -se rió, como pidiendo disculpas-. Normalmente no
suelo tomar más que un par de copas. Supongo que me he dejado llevar por el espíritu
navideño.
A
Lou le dolía la boca por la violencia de sus besos, y se notaba las piernas muy
débiles.
Se recostó contra la puerta del coche, advirtiendo por primera vez el frío del metal.
No lo había notado en absoluto mientras él había estado besándola.
Se
aparto del automóvil, bajando la vista azorada.
-
Creo que yo también me iré a casa -farfulló Tom, tambaleándose un poco,
mientras
se peinaba el cabello pelirrojo con los dedos.
-
No debería conducir en ese estado -le dijo Lou.
-
¿Preocupada por mí, doctora? -inquirió él con una sonrisa sardónica.
Lou
se puso aún más roja de lo que estaba, lamentando que su boca la hubiera
traicionado.
-
Me preocuparía por cualquiera que hubiera bebido de más -le contestó.
-
Perdone, no la violentaré más -murmuró Tom-. Y tampoco tiene que preocuparse
por
mí. Nickie conduce, y no bebe, así que le pediré que me lleve.
Nickie...
Nickie lo llevaría a casa y probablemente se quedaría a "cuidar" el
él, se dijo Lou, sintiendo que la devoraban de nuevo los celos.
"¡No!", se reprendió irritada, "eso no es asunto mío".
-
Entonces me marcho -le dijo con aspereza.
-
Conduzca con cuidado.
Lou
abrió con torpeza su bolso, sacó las llaves, y a punto estuvo de dejarlas caer
al
suelo.
Se metió en el coche, encendió el motor y se alejó, viendo por el retrovisor
como Nickie se acercaba hasta donde se encontraba Tom.
……………………………
SEIS
A
Tom la cabeza le daba vueltas. Nunca habría soñado que besar los labios de
una
mujer pudiera llegar a ser algo tan explosivo, ni tan adictivo. Había conocido
a
muchas
mujeres, pero Louise Blakely tenía algo que hacía que le flaquearan las
rodillas.
No
alcanzaba a imaginar qué podía haber despertado en él una pasión semejante
que
le hiciera incluso ir tras ella. Sólo Dios sabía lo que podía haber ocurrido si
ella no lo hubiese apartado.
Nickie
seguía colgada de su brazo cuando volvieron a entrar a la sala de fiestas por
sus
abrigos y el bolso de ella.
-
Tienes toda la boca manchada de su carmín -lo acusó Nickie, sacándolo de sus
pensamientos.
Él
la observó un instante en silencio. Nickie era una chica bonita y sin
complicaciones, y, aún más importante, sabía que él no quería nada serio. Aquel
pensamiento, en contraposición con la turbulenta relación con su ayudante, lo
relajó.
-
Límpiamela -le dijo con una sonrisa burlona, sacando un pañuelo del bolsillo.
Nickie
lo tomó y, mientras lo hacía, le preguntó con coquetería:
-
¿No quieres probar el mío otro vez?
-
Esta noche no - le respondió Tom, dándole unos toquecitos en la nariz con el
índice-.
¿Me llevarías a casa? Estos últimos días he tenido mucho trabajo y estoy
hecho
polvo.
-
Claro -asintió Nickie, tratando de no mostrarse muy decepcionada.
Al
menos era ella la que lo llevaba a casa, y no la doctora Blakely, se dijo,
tratando
de
consolarse. No iba a renunciar a él sin luchar, no cuando conocerlo era lo
mejor
que
le había pasado en mucho tiempo. Una no encontraba a un cirujano soltero y
apuesto
todos los días.
Ya
en casa, y tumbada en su sofá, Lou seguía aturdida por lo que había ocurrido.
No
podía comprender que un hombre que la odiaba como él parecía haberla odiado desde
el principio, de pronto la besara con semejante pasión delante de todo el
personal del hospital, y la siguiera fuera, besándola de nuevo con un ardor aún
mauro. Si no hubiera sido por lo confundida que se sentía, podría decir que
aquella había sido la noche más dulce de su vida. En cualquier caso, se dijo que
tenía que intentar mantener los pies en el suelo, y recordarse que aquello no había
sido más que un incidente aislado, propiciado únicamente por el ambiente festivo
y el alcohol. Si Tom no hubiera bebido de más, jamás habría pasado.
Lou
dejó escapar un gemido de frustración. ¡Dios!, estaba cada vez más enamorada
de
él, y probablemente aquello sólo los distanciaría aún más, porque cuando Tom
estuviera
sobrio otra vez y recordara lo que había pasado, se sentiría furioso consigo mismo
por haber perdido la cabeza, y trataría de olvidar por completo el episodio y
haría como si ella no existiera.
Para
intentar no pensar en ello, el día siguiente, sábado, estuvo haciendo limpieza
de
todos los cajones y armarios de la casa, pero hacia las seis de la tarde
recibió una llamada del hospital que la sacó de sus casillas. El domingo ella
iba a tener el día libre, pero el doctor Tom había llamado al hospital para
decir que su ayudante tendría que sustituirlo porque iba a estar fuera de la
ciudad hasta el lunes por la mañana.
¡Qué
amable por su parte haberle consultado antes!, pensó Lou, hecha una furia. Al
menos
podía habérselo dicho a ella directamente, en vez de hacerlo a través de otros.
Y así, el domingo, Lou estuvo de guardia el día entero, y advirtió que muchas
enfermeras y otros miembros del hospital la miraban cuando se cruzaban con
ella, conteniendo sonrisillas y cuchicheando cuando se alejaban. Probablemente
el beso que Tom le había dado bajo el muérdago aún estaba dando de qué hablar.
Quizá incluso creyesen que había algo entre ellos.
-
¡Eh, Lou!, ¿cómo te va? -la saludó Gustav cuando se encontraron en el vestíbulo
del pabellón de urgencias-. Me han dicho que me perdí un beso de película bajo
el muérdago en la fiesta de Navidad -añadió malicioso.
Ella
se sonrojó hasta la raíz del cabello.
-
Mucha gente se besó bajo el muérdago -farfulló.
-
Sí, pero parece que ningún beso fue tan espectacular como el que cierto médico
pelirrojo
te dio a ti... - insistió Gustav-. Creo que ese médico incluso te siguió hasta
el aparcamiento y casi te hizo el amor sobre el capó de tu coche -añadió
riéndose entre dientes.
Lou
frunció el ceño y lo miró boquiabierta.
-
¿Quién te ha...?
-
Nickie -respondió él, confirmando lo que su amiga se temía-. Bueno, aunque a mí
me
lo ha contado Brenda. Según parece, Nickie os vio en el aparcamiento, y está
loca por Cooper, así que supongo que debió creer que él se olvidaría de ti si
hacía correr rumores sobre vosotros, porque sabe o mucho que Cooper detesta las
habladurías. Y, sabiendo cómo le gustan los chismes a la gente, ya puedes
imaginar que un rumor así sobre dos doctores que se tiran los trastos a la
cabeza se ha extendido como la pólvora.
-
Oh, Dios, esto llegará a oídos de Tom en cuanto vuelva mañana -gimió Lou
angustiada-.
¿Qué puedo hacer?
-
Nada, me temo -murmuró Gustav.
Pero
Lou entornó los ojos.
-
Ya lo veremos.
Se
giró sobre los talones y fue a buscar a Nickie. La encontró en una de las
habitaciones de la segunda planta, y se apoyó en el marco de la puerta, con
cara de pocos amigos y los brazos cruzados, esperando pacientemente a que
terminara con el enfermo al que estaba atendiendo.
Cuando
hubo acabado y la vio allí, Nickie la miró con aprehensión. Lou le hizo un
gesto
con la cabeza y ambas salieron al pasillo.
Lou
apretó contra sí la carpeta que llevaba en la mano.
-
Tengo entendido que has estado difundiendo rumores por ahí sobre el doctor
Kaulitz y sobre mi -le dijo-. Te daré un consejo: detén esto mientras puedas.
Nickie
se había puesto roja como un tomate.
-
Yo no pretendía... -balbució-. Por favor, no se ponga así doctora Blakely, no
creo
que
nadie se lo haya tomado en serio...
Lou
la observó sin dejarse conmover por su aturullamiento.
-
No sé cómo se lo habrá tomada la gente, pero, como verás, yo no estoy riéndome
precisamente,
y cuando el doctor Tom se entere, tampoco creo que se ría. Y puedes estar
segura de que me encargaré de que se entere de dónde salieron los rumores.
-
¡No puede hacerme eso!, ¡sería despreciable! -gimoteó Nickie con lágrimas en
los
ojos-.
¡Estoy loca por él!
- Lo dudo mucho -le
respondió Lou tajantemente. Si de verdad te importara algo,
no lo harías pasar por algo así.
Nickie
entrelazó las manos nerviosa.
-
Lo siento -le dijo-, lo siento muchísimo, pero por favor no le diga nada -le
rogó-.
Sólo
estaba celosa porque a mí ni siquiera me dio un beso de buenas noches cuando lo
dejé frente a su casa, mentiras que a usted la besó.... de "ese"
modo, cuando se supone que la odia- confesó con la cabeza gacha.
-
Había bebido de más -respondió Lou quedamente-. Y sólo un tonto creería que
pueda
haber algo tras un beso bajo un ramillete de muérdago.
-
Supongo que tiene razón -murmuró Nickie. En el fondo, ella misma ansiaba que
fuera
así, pero estaba muy convencida-. De veras que lo siento, doctora. No se lo
dirá, ¿verdad? -insistió preocupada-. Si se entera me odiará, ¿y yo lo amo
tanto...!
Lou
la miró un instante y finalmente, dejando escapar un suspiro, le dijo:
-
Está bien, no le diré nada, ¡pero no más rumores!
Nickie
dio saltitos de alegría en el sitio.
-
¡Oh, gracias, gracias, doctora! No más rumores -prometió con una amplia sonrisa
y
levantando la mano derecha.
A
la mañana siguiente, lunes, al entrar en su consulta, Lou se encontró con un
furioso Tom sentado en el borde de su escritorio.
-
¿Qué se supone que he hecho ahora? -inquirió, soltando su bolso junto a él.
-
¿No lo sabe? -la picó él.
Lou
se puso frente a él, resopló, y se cruzó de brazos.
-
Si se refiere a cierto rumor que corre por el hospital...
La
mirada de Tom no se suavizó ni un ápice.
-
¿Lo empezó usted?
-
Oh, sí, por supuesto -dijo ella, entre irritada e incrédula-. ¡Me moría por
contarle a
todo
el personal que se arrojó sobre mí en el aparcamiento y casi me forzó!
En
ese preciso instante se abrió la puerta, y apareció Brenda. Se quedó mirándolos
boquiabierta,
pero al lanzarle ambos una mirada furibunda, se giró en redondo y se
marchó.
-
¿Le importaría mucho bajar la voz?- masculló Tom, volviendo la cabeza hacia
Louise.
-¡Lo
haré encantada cuando deje de acusarme de cosas que no he hecho!
Se
quedaron mirándose fijamente un buen rato, hasta que casi saltaron chispas.
-
¿Quién empezó el rumor? -le preguntó Tom una vez más.
-
Eso está mejor - contestó ella-, no puede acusarse a nadie sin tener pruebas.
Pues
bien, para su información, no lo empecé yo..., principalmente porque no tengo
el más mínimo interés en convertirme en la comidilla del hospital.
-
¿Ni siquiera para obligarme a mí a hacer algo al respecto...? -le preguntó él
enarcando una ceja-. ¿...cómo anunciar nuestro compromiso?
Lou
contrajo el rostro y frunció el entrecejo.
-¡Por
favor!, ¡acabo de desayunar!
La
mandíbula de Tom se tensó.
-
¿Perdón?
-
¡Eso es lo que debería hacer, pedirme perdón! -le espetó ella-. ¿Casarme con
usted, dice? ¡Antes me encadenaría a un árbol junto a una charca llena de
cocodrilos!.
Él
se quedó mirándola indignado, y estaba a punto de contestarle, cuando sonó el
interfono.
-
¿Sí? -respondió Lou con brusquedad, apretando un botón.
-
Doctora... los pacientes... -balbució Brenda.
-
Haga que pase el primero -respondió Lou-, el doctor Kaulitz ya se marchaba.
-
No hemos acabado -le dijo él cuando ella hubo soltado el botón -. Hablaremos
después
del trabajo.
-¿Después
del trabajo? repitió ella.
-
Sí, pero no se haga ilusiones, no se repetirá lo del viernes por la noche -le
dijo él
con
una sonrisa burlona-: hoy no estoy borracho.
Lou
le lanzó una mirada asesina y apretó los labios, pero antes de que pudiera
decir nada, él ya había salido de la consulta.
Lou
no sabría nunca cómo pudo arreglárselas para seguir trabajando el resto del
día.
Estaba furiosa con Tom por sus acusaciones, y también irritada porque Brenda
los
había oído discutiendo. Todo el hospital acabaría creyendo que de verdad había algo
entre ellos. ¡Y no había nada!
A
las ocho, cuando el horario de consulta hubo terminado, Lou empezó a recoger
sus
cosas. Brenda se había marchado hacía rato, y también casi todo el personal que
trabajaba en el edificio del hospital que utilizaban como centro de salud.
Justo acababa de quitarse la bata blanca cuando entró Tom, cerrando la puerta
tras de sí. Parecía que no estaba dispuesto a permitir que intentara marcharse
a hurtadillas.
-
Le sienta bien el color de ese jersey que lleva -le dijo.
-
No hace falta que me adule. Acabe de decirme lo que me quería decir y deje que
me
vaya a casa.
-
Sólo trataba de ser cortés -respondió él-. Pero en fin, como quiera, iré al
grano:
¿quién
extendió esos rumores sobre nosotros?
Lou
bajó la vista vacilante.
-
Prometí que no lo diría - murmuró.
-
Fue Nickie, ¿verdad? -adivinó Tom, asintiendo ante la expresión de asombro
en
el rostro de Lou-. Lo sabía.
-
Es joven y está encaprichada con usted...- comenzó Lou.
-
No es tan joven -replicó él.
Lou
se encogió de hombros.
-
Aun así es muy inmadura -repuso-. He hablado con ella, y me ha dado su palabra
de
que pararía los rumores. Ahora sólo es cuestión de que se vayan disipando.
Dentro de unos días la gente encontrará otra cosa de que hablar.
-
No ha pasado nada así de "jugoso" en Jacobsville desde que Ted Regan
se fuese
a
Victoria tras Coreen Tarleton y ella volviera con él, luciendo un anillo de
compromiso en el dedo -repuso Tom.
-¡Menuda
comparación! -exclamó Lou, dejando escapar una risa irónica. Desde que
llegara
a Jacobsville, había oído hablar muchas veces de esa famosa y bien avenida
pareja
-. ¡Como si no supiera todo el mundo lo que somos el uno para el otro!
-
¿Y qué somos el uno para el otro, Lou? -inquirió él con cierta malicia.
Ella
enrojeció levemente, molesta por cómo había cambiado el sentido de sus palabras
para turbarla, y sorprendida de oír su nombre de sus labios. Tom esbozó una media
sonrisa.
-
Creo que es absurdo que sigamos hablándonos de usted después de todo lo que
ha
pasado -le dijo, cruzándose de brazos-. Dime, ¿qué somos el uno para el otro,
Lou?
-repitió.
-
Enemigos -respondió ella.
-
¿Es eso lo que crees? -le preguntó Tom, y le sostuvo la mirada largo rato, en
un
silencio que se fue haciendo cada vez más opresivo. Dejó caer los brazos a los
lados-.
Ven aquí, Lou.
Lou
sintió que los latidos de su corazón se disparaban. Los ojos del médico
centelleaban en su rostro moreno, prometiéndole placeres que estaban más allá
de su imaginación.
Las
comisuras de los labios de Tom se curvaron hacia arriba en una sonrisa lobuna.
-
Vamos, cobardica - la picó suavemente, tendiéndole una mano-, no voy a hacerte
daño.
Lou
no podía creer que aquello estuviese pasando.
-
¿Ha estado bebiendo, doctor? -le preguntó encarnando las cejas y parpadeando.
-
¿Quieres dejar de llamarme "doctor"? -la increpó él contrayendo el
rostro-. Podrías llamarme Cooper, o Tom. Y no, no he bebido ni una gota de
alcohol. De hecho, estaba preguntándome si saltarían entre nosotros las mimas chispas
que la otra noche, si te besara ahora que estoy sobrio.
Mientras
hablaba, había empezado a avanzar hacia ella lentamente, con la elegancia de
una pantera que se dirige con decisión pero sin prisa hacia su presa. El
corazón de Lou pareció detenerse un instante, y de nuevo comenzó a latir con
tal fuerza a que parecía que fuera a salírsele del pecho.
-
Por favor, no... no deberíamos.... -balbució, levantando ambas manos.
Tom
las tomó en las suyas, y la atrajo hacia sí, aprisionándola entre sus brazos.
-
Tengo que hacerlo -la corrigió, bajando la vista hasta sus labios-. Necesito
saber...
Y,
sin terminar la frase, posó su boca sobre la de ella. En el instante en que Lou
sintió aquel cálido contacto, la invadió una oleada de deseo que anuló su
voluntad. Gimió suavemente y entreabrió los labios para darle acceso al interior
de su boca, en un acto de rendición sin reservas. Más aún, se apretó contra él,
ansiando sentir la calidez de su cuerpo, y notó que Tom se estaba excitando.
Él
introdujo la lengua en su boca con un gruñido casi animal y la levantó por la
cintura, de modo que se ajustara perfectamente a él, como si fueran dos piezas
de un rompecabezas.
Louise,
de puntillas, se removió, turbada por lo íntimo que resultaba aquello,
por
las sensanciones que estaban produciéndose en su cuerpo virginal.
Esa
protesta silenciosa recordó a Tom el modo en que lo había tratado de
apartar
de sí en el aparcamiento la noche de la fiesta. Despegó sus labios de los de
ella,
y buscó sus ojos.
-
¿No serás virgen...? -aventuró. El tono de su voz hizo que pareciera más una
acusación que una afirmación.
Las
mejillas de Lou se tiñeron de rubor, pero lo miró desafiante.
-
Pues sí, ¿y qué? -le espetó.
Tom
se quedó de piedra.
-
Dios... -masculló Tom, dejándola de nuevo en el suelo y apartándose -. No
puedo
creerlo... ¿Cómo es posible que todavía seas virgen? ¿Cuántos años tienes?,
¿treinta?
Lou
se estaba sintiendo más molesta y humillada a cada momento.
-
Veintiocho -lo corrigió-. ¿Qué pasa, acaso es un crimen ser virgen a mi edad?
Tom
apretó los labios y se metió las manos en los bolsillos, intentando controlar
la
palpitante erección que el ardiente beso le había producido, y que parecía
negarse a remitir.
¡Y
pensar que llevaba todo el fin de semana soñando con llevarse a Lou con él a su
casa
después del trabajo, y hacerle el amor...! Había terminado por convencerse de
que
la única manera posible de sacársela de la cabeza sería satisfacer el deseo que
sentía
por ella desde hacía meses. Le había parecido tan simple... Sabía que ella
también lo deseaba, y ya había rumores acerca de ellos, así que, ¿qué
importaría dar más motivos para las habladurías? Después de todo, ella iba a
marcharse en Año Nuevo.
Sin
embargo, lo que nunca hubiera esperado era esa complicación. Cuando le había preguntado
si era virgen, lo había hecho para picarla, pero ella no se había dado cuenta,
y le había dicho la verdad. ¿Cómo iba a seducirla sabiendo que nunca había yacido
con un hombre? Y, peor aún, ¿cómo iba a lograr deshacerse de ese deseo que lo
consumía?
Lou
estaba furiosa consigo misma por haber respondido a su beso, por haberle dejado
tan claro que se sentía atraída por él.
-
No pienses que me excitas -le advirtió, en un intento desesperado de negar lo
innegable-. Cualquier hombre con experiencia podría haberme hecho reaccionar
así, ¡cualquiera!
Tom
alzó el rostro y leyó entre líneas en la expresión airada de ella y en su
azoramiento.
-
Está bien, Lou, no pasa nada -le dijo suavemente-. Los dos somos humanos, así
que
no te atormentes por un beso.
Ella
se sonrojó aún más y apretó los puños.
-
Y no pienses ni por un momento que voy a cambiar de opinión: el uno de enero
me
marcho, y no vas a hacerme cambiar de opinión -masculló.
-
Lo sé.
-
Y no voy a dejarme seducir por ti.
-
Ni siquiera pienso intentarlo -repuso él muy solemne-: no tengo por costumbre
seducir a vírgenes.
Lou
se mordió el labio inferior.
-
¿Cómo es que aún eres virgen a tu edad? -le preguntó Tom con delicadeza-.
¿Por
qué?
Ella
lo miró como si quisiera fulminarlo, pero luego bajó la vista.
-
Porque no quiero acabar como mi madre -confesó con voz ronca.
Él
frunció el ceño contrariado.
-
¿Tu madre? No comprendo.
Lou
dejó escapar un pesado suspiro y meneó la cabeza.
-
Ni yo pienso explicártelo; es algo personal. Cuando termine este mes habré
dejado de ser tu ayudante, y entonces ya nada de lo que me concierne será
asunto tuyo.
Tom
la observó preocupado. Parecía herida, vulnerable...
-
Tal vez no te iría mal recibir asistencia psicológica -sugirió en tono quedo.
-
No necesito asistencia psicológica -repuso ella obstinadamente.
-
¿De veras? -le espetó Tom-. Entonces, ¿por qué no me cuentas cómo te rompiste
la
muñeca izquierda?
Ella
se tensó visiblemente.
-
Oh, un profano no se daría cuenta -le dijo el médico-, pero yo soy un cirujano
-le
recordó-,
y aunque la fractura está curada y las cicatrices son mínimas, no me ha pasado desapercibido
algo así. ¿Cómo pasó?.
Lou
se sintió como una niña asustada, cuyo secreto hubiera sido descubierto. No le
había
hablado a nadie de aquello, y él sería la última persona a quien se confiaría.
-
No soy tu paciente.
Tom
la observó pensativo. A pesar de las acaloradas diatribas que habían tenido
hasta
entonces, nunca habían llegado a discutir sobre cuestiones personales. En las
ocasiones
en que a lo largo del año se habían encontrado en las calles de Jacobsville, fuera
del hospital, se habían comportado con cortesía. Sin embargo, en ese momento estaba
empezando a darse cuenta de qué había en realidad detrás de la coraza de hielo
de Louise Blakely, y lo que había quedado al descubierto era bastante
descorazonador: una mujer que había sufrido en el pasado, que había sufrido
tanto que se había refugiado en sí misma, encerrándose en una especie de
prisión antiséptica. Se preguntó si en algún momento no habría sentido el deseo
de escapar.
-
Entonces tal vez podrías hablar con Gustav de ello -le sugirió.
Lou
meneó la cabeza y cerró su mano derecha sobre su muñeca izquierda en una
actitud
protectora.
-
Déjalo ya. Te he dicho que no es asunto tuyo.
Tom
sacó las manos de los bolsillos, y con mucha suavidad, apartó la mano derecha de
Lou y tomó la izquierda, llevándola a su pecho.
-
No hay nada que no puedas contarme -le dijo con solemnidad-. No soy la clase de
persona que disfruta difundiendo chismes y rumores. Cualquier cosa que me
digas, quedará entre nosotros. Así que, si quieres hablar..., mañana, pasado, o
cuando quieras, estoy dispuesto a escucharte.
Ella
se mordió el labio inferior. Las amables palabras de Tom habían hecho aflorar
lágrimas
a sus ojos, habían abierto una grieta en su coraza de hielo.
-
Mi madre tenía un serio trauma emocional -comenzó lentamente-. Estaba
ciegamente enamorada de mi padre..., hasta tal punto, que nada de lo que él
hiciera podía estar mal, nada en absoluto... Aquella noche mi padre había
empezado a beber, y yo traté de quitarle la botella, porque siempre que se
emborrachaba le pegaba a mi madre, pero no pude. Entonces, me golpeó en la
muñeca con ella, y el hueso se rompió - murmuró, contrayendo el rostro al
recordarlo-. Cuando me llevaron a urgencias, dijo que había tropezado y que
había atravesado con la mano el cristal de una puerta. Era un cirujano de
prestigio, así que todo el mundo lo creyó... incluso mi madre. Cuando volvimos
a
casa le dije que fue él quien lo había hecho, pero me acusó de estar mintiendo.
HOLA!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPS .. YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO ... HASTA PRONTO :))
:O un beso apasionado, esto esta cada vez mas bueno.. ya quiero leer mas virgi me encantaaaaa.. x cierto quede intrigada espero el próximo cap..
ResponderEliminarActualizaaaaa quiero seguir leyendo mas..
ResponderEliminarSube pronto *.*
ResponderEliminarSigueee
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