SIETE
Tom
no la interrumpió. Aunque no habría podido imaginar jamás nada de aquello,
tampoco
le sorprendió, porque había comprobado de primera mano qué clase de
persona
había sido el padre de Lou.
-
Era un alcohólico -continuó ella apartando el rostro-, y al final acabó
volviéndose
también
adicto a las drogas. De hecho, tuvo que dejar la cirugía porque en una ocasión casi
mató a un paciente. Nunca volvió a pisar un quirófano, pero se quedó como asesor
del hospital, porque había compañeros que le tenían lástima y porque era un gran
cirujano. Y de verdad lo era -apuntó, queriendo ser justa-: fue un mal padre,
pero como cirujano era increíble. De pequeña yo quería haber seguido sus pasos,
ser como él -murmuró, estremeciéndose-. Yo estaba en mi primer año en la
Facultad de Medicina cuando ocurrió. Perdí un semestre entero, y aunque los médicos
que me atendieron hicieron todo lo posible para arreglar la rotura del tendón,
me dijeron que no podría dedicarme a la cirugía. Por eso finalmente me incliné
por la medicina general.
-
Es una lástima -dijo Tom. Comprendía muy bien lo que era la pasión por la
cirugía, porque también corría por sus venas. Le encantaba su trabajo.
Lou
sonrió con tristeza y se encogió de hombros.
-
Al menos puedo practicar la Medicina, así que no es tan malo -respondió-. Con
la
medicina
general también se puede ayudar a mucha gente. El querer ser de utilidad
para
la comunidad, el poder ayudar a la gente..., eso fue lo que me ayudó a no
sucumbir como mi madre, a pesar de todo por lo que pasamos. Si no hubiera sido
por la Medicina, no habría salido adelante.
-
Tampoco yo- le confesó él. Esbozó una sonrisa ante la expresión de asombro que
apareció
en el rostro de su ayudante-. ¿Sorprendida? Seguro que pensabas que mi
vida
había sido una balsa de aceite, ¿a qué sí? -meneó la cabeza-. La realidad es
muy distinta: de hecho, si no hubiera sido por un viejo médico ya retirado de
este hospital, que me llevó por el buen
camino, ahora probablemente estaría en prisión. Tuve una infancia y una
adolescencia difíciles, y detestaba cualquier forma de autoridad. Siempre estaba
metido en líos con la ley.
-
¿Tú? -inquirió Lou sin poder dar crédito a lo que estaba oyendo.
Tom
asintió.
-
La gente no siempre es lo que parece -respondió-. Fui un chiquillo inquieto y
díscolo,
pero aquel buen doctor me inculcó el amor por la medicina, y descubrí que
tenía
aptitudes para ello, y que había personas dispuestas a ayudarme. Soy el primero
de mi familia en lograr escapar de la pobreza, ¿lo sabías?
Lou
sacudió la cabeza.
-
La verdad es que no sé nada de tu familia- contestó-, y nunca me hubiera
atrevido a preguntar a los demás cosas personales sobre ti.
-
Me he dado cuenta -dijo él-. Y también evitas abrirte tú a los demás. Eres
capaz
de
defenderte si es necesario, pero no dejas que los demás se acerquen a ti.
-
Cuando le abres tu corazón a alguien, puede acabar haciéndote daño- murmuró
Lou.
-
Una lección que tu padre te enseño, sin duda.
Lou
se abrazó, incómoda.
-
Estoy cansada, Tom, y a las diez tenemos que volver para el turno de visitas.
Quiero
irme a casa.
Tom
la miró a los ojos.
-
Vente a la mía.
Lou
vaciló recelosa, y el médico hizo una mueca.
-
No es lo que estás pensando -le dijo-. Ya te he dicho que no tengo intención de
seducirte:
eres virgen, estás en la lista de especies protegidas.
Lou
frunció los labios, pero finalmente no pudo evitar echarse a reír.
-
Vente conmigo, Lou. Prepararé chili, y tortas de maíz, y café bien cargado, y
después del turno de vistas podemos volver, y ver juntos el especial de ópera
que ponen en televisión de madrugada. ¿Te gusta la ópera?
Los
ojos de Lou se iluminaron.
-
¡Oh, sí, me encanta!
Tom
sonrió ampliamente.
-
¿En serio? ¿Te gusta Pavarotti?
Ella
asintió.
-
Muchísimo. Y Plácido Domingo -añadió. De pronto, sin embargo, una expresión
preocupada
se dibujó en su rostro-. Pero si ven que nos vamos juntos, la gente pensará que...
-
Que piensen lo que quieran -repuso él-. Además, somos adultos y ambos estamos solteros
y sin compromiso, así que lo que hagamos juntos no es asunto de nadie.
Lou
pareció reconsiderarlo. La oferta no podía ser más tentadora.
-
De acuerdo, pero yo iré en mi coche -le dijo.
-
Oh, vamos, Lou, el mío es más cómodo, y como los dos tenemos turno de vistas
en
el hospital esta noche, vendremos juntos de vuelta.
-
pero es que...
-
Lou, por favor, no discutamos. Yo también estoy cansado, y todavía tenemos un
par
de horas de trabajo esta noche por delante.
"Tenemos"...,
se repitió Lou mientras salían del hospital y se dirigían al aparcamiento.
¡Si supiera lo que le dolía
que las cosas entre ellos parecieran estar empezando a
cambiar,
justo cuando sólo faltaban dos semanas para que se fuera! Tom le había
dicho
que había roto su carta de dimisión, pero aún no había perdido la razón hasta
el punto de arriesgarse a quedarse allí. Si lo que le había dicho acerca de que
no seducía a vírgenes era cierto, y ella no se iba, se exponía a que él siguiese
tratándola simplemente como a una colega, y quizás como a una amiga, pero nada
más, y no estaba segura de poder resistirlo cuando la amaba como lo amaba.
-
Deja de preocuparte, mujer -le dijo Tom, riéndose suavemente, al ver con el
rabillo
del ojo la expresión de su rostro mientras caminaban-. Ya te he dicho que no voy
a seducirte... a menos que tú quieras, claro -añadió inclinándose hacia ella,
en un susurro cómplice-. Soy médico, y sé cómo protegerte de las posibles consecuencias.
Lou
se quedó mirándolo de hito en hito, pero se echó a reír al darse cuenta de que
le
estaba tomando el pelo.
-
¡Vete al cuerno! -le dijo, dándole un puñetazo amistoso en el brazo.
-
Está bien, está bien, me he pasado... -admitió él, riéndose también-, pero es
que
no
puedo evitarlo: me encanta hacerte rabiar.
Habían
llegado junto al coche de Tom, un lujoso Jaguar plateado, y él le sostuvo
la
puerta galantemente para que se sentara.
Pocos
minutos después, el médico ponía el coche en marcha, y salían a la carretera.
Por
primera vez en todos los meses que llevaban trabajando juntos, charlaron sin
tirarse
los trastos a la cabeza.
Sin
embargo, en un momento dado, ella giró el rostro hacia la ventanilla, y se
quedó en silencio, observando las siluetas de las casas recortándose en el
horizonte con la luz del atardecer.
-
Has ido muy callada en la última parte del camino -le dijo Tom quedamente,
unos
minutos más tarde, cuando estaba deteniendo el coche frente a la casa de su
rancho.
-
Es que me siento feliz -contestó ella sin pensar.
Entonces
fue él quien se quedó callado y pensativo. La ayudó a bajar del coche y
subieron
las escaleras del porche.
-
Debe ser maravilloso sentarse aquí en primavera- dijo Lou y tomó asiento en el
columpio.
Tom
la miró con curiosidad.
-
No creía que fueras de esas personas a las que les gustan los columpios.
-
Y tampoco los paseos por el campo, ni montar a caballo, ni el béisbol, ¿verdad?
-
añadió
ella-. Porque también me gustan esas cosas.
Tom
sonrió. Verdaderamente era única. Abrió la puerta y la invitó a pasar. Lou
observo
que el interior parecía decorado por un profesional, y probablemente así
hubiera
sido.
-
Crecí sentado en cajas de embalaje y comiendo en platos picados -le confesó el
médico-,
así que supongo que podría decirse que he prosperado.
Lou
se rió.
-Supongo
que sí, aunque yo creo que si se tiene al lado a alguien con quien estés
a
gusto, se puede ser feliz con cajas de embalaje y platos picados -murmuró-.
Odio las decoraciones extravagantes, o demasiado formales.
Tom
estaba empezando a sospechar. ¡Era imposible que tuviesen tanto en común!
-
Estás llena de sorpresas -farfulló, enarcando una ceja-. ¿No habrás estado
sonsacándole a Gustav para decirme lo que quiero oír, verdad? - inquirió en un
tono suspicaz y algo áspero.
El
asombro en el rostro de Lou fue auténtico, y como tal lo reconoció él, pero el
daño ya estaba hecho, y Lou lo miró dolida.
-
No debería haber venido -balbució aturdida-. Ha sido un error...
Tom
la retuvo por el brazo al ver que hacía ademán de marcharse.
-
¡Espera, Lou! Perdóname, por favor -le rogó-. Desde lo que me ocurrió hace
años,
siempre
estoy a la defensiva con las mujeres - se excusó atropelladamente -. Es que
nunca
sé si de verdad...
-
Lo comprendo, no importa, no tienes que darme explicaciones -lo cortó ella. Sin
embargo,
la agitación en su voz, le decía que sí le importaba.
Tom
escrutó su rostro largo rato antes de volver a hablar.
-
No creo en eso de "felices por siempre jamás" -le dijo-. Hubo un
tiempo en que sí, pero eso fue antes de que tu padre apareciera y destruyera
todas mis ilusiones. Ella no me dejaba que la tocara, pero se acostó con él...
y se quedó embarazada de él. Y encima iba a casarse conmigo, sin decirme nada
-dejó escapar un pesado suspiro-. Perdí la fe en el amor, empecé a desconfiar
de todas las mujeres, y me enfurecí de tal modo con tu padre, que si no lo
hubieran despedido, le habría dado una paliza. Y después, cuando tu llegaste y
descubrí quien eras... -sacudió la cabeza avergonzado-. Estuvo a punto de matar
a Gustav por no habérmelo dicho.
-
Yo tampoco sabía lo que te había hecho mi padre -apuntó Lou.
-
Y yo no tenía derecho a tratarte como te he tratado hasta ahora -le dijo Tom.
Esbozó
una sonrisa-. Incluso intenté hacerte renunciar, cargándote con más y más
cosas,
pero tú jamás te quejabas por tener que hacer horas extra, ni porque el trabajo
fuera duro. Cuanto más te exigía, más dabas de ti. De hecho, te admiraba contra
mi voluntad, y me decía que había sido un acierto contratarte, aunque no me
cayeras en gracia.
-
Eso ya me lo dejaste muy claro desde el principio.
-
Pero tú me plantaste cara -dijo él-. La mayoría de la gente no lo hace. Se
acobardan, se van a casa, y empiezan a darle vueltas a lo que les ha ocurrido,
pensando "tenía que haber dicho esto o aquello". Tú no; cuando alguien
te empuja tú te levantas de un salto y vuelves a la pelea. Como adversaria eres
tremenda.
-
No es un mérito -dijo ella encogiéndose de hombros-. Toda mi vida he tenido que
luchar para conseguir lo que quería..., y para no dejarme avasallar por mi
padre, igual que me ocurre contigo...
-
¡Yo no tengo por costumbre emborracharme!, ¡y jamás le he hecho daño a una
mujer!
-le espetó él ofendido.
-
No lo decía en ese sentido -se apresuró a decir ella-. Es sólo que... exiges,
empujas... jamás cedes ni un ápice, ni te das por vencido... igual que él.
Cuando pensaba que estaba en posesión de la verdad, era capaz de enfrentarse al
mundo entero para demostrarlo, pero también cuando estaba equivocado. Jamás
admitió que tenía problemas con la bebida y las drogas, y mi madre tampoco. Era
su esclava -añadió con amargura-. Llegó incluso a disculparlo cuando me pegaba,
y cuando me reñía sin razón.
-
¿No te quería?
-
Sí me quería, aunque fuese poco, a él lo quería más..., hasta el punto de
mentir
por
él..., y de morir por él -añadió con una expresión sombría en el rostro-. Se
subió a una avioneta con él, sabiendo que no estaba en condiciones de
pilotarla, y se estrellaron. Tal vez tuvo una premonición de que iba a morir, y
quiso ir con él. Estoy casi segura de que, aunque hubiera sabido lo que iba a
ocurrir, habría subido a la avioneta. Hasta ese punto lo amaba.
-
Lo dices como si no pudieras imaginar que nadie pueda amar de esa manera -
observó
él.
-
Porque no puedo imaginarlo -respondió ella con sinceridad, alzando la mirada
hacia
él-. Yo no querría esa clase de amor obsesivo: ni darlo, ni recibirlo.
-
¿Qué es lo que quieres entonces?, ¿una vida de soledad? - la increpó él.
-
Eso es precisamente lo que conseguirás tú si sigues con esa actitud misógina -
contraatacó
ella.
Tom
se encogió de hombros.
-
Tal vez -concedió al fin. Tomó la mano derecha de Lou-. Anda, dejemos esta
charla para otro momento. Dentro de un par de horas tendremos que volver al
hospital. No sé tú, pero yo me muero de hambre.
Minutos
más tarde, la comida, humeante y deliciosa estaba servida sobre la mesa
de
la cocina. Lou no había probado una comida mexicana tan rica en mucho tiempo.
-
El chile te ha quedado buenísimo -admitió.
Tom
sonrió.
-
He ganado dos veces el concurso de chile de Jacobsville.
-
No me sorprende -se rió ella-. Y las tortas de maíz también están deliciosas.
-
Celebro que te guste -dijo Tom y levantó su taza de café en un brindis fingido.
Se
reclinó en el asiento y se quedó estudiando en silencio el rostro de Lou
mientras
ella
se limpiaba los labios con la servilleta-. No ha sido sólo por mi parte -le
dijo de
repente.
Lous
alzó los ojos hacia él.
-
¿El qué?
-
Todo el antagonismo que ha habido entre nosotros -respondió él-. Tú también te
has
mostrado bastante quisquillosa todos estos meses.
Lou
se encogió de hombros.
-
Es algo instintivo ponerse a la defensiva cuando percibimos que uno no le cae
bien
a alguien -repuso.
-
Supongo que sí -murmuró Tom. Echó un vistazo a su reloj de pulsera y apuró
su café-. Se ha hecho
tarde. Ve por el abrigo y el bolso. Mientras, yo meteré las cosas
en el lavavajillas y volveremos al hospital. Con suerte, a lo mejor podremos
volver a tiempo después del turno de vistas para ver ese concierto de madrugada
en la televisión.
Cuando
llegaron, el pabellón de urgencias bullía de actividad como de costumbre, y muchos
miembros del personal intercambiaron miradas significativas y cuchichearon al
verlos llegar juntos. Lou trató de ignorarlos mientras cumplía con sus
obligaciones, pero no le resultó fácil, y cuando hubo terminando las horas de
visitas, no lograba encontrar a Tom por ninguna parte. Se asomó a uno de los
ventanales que daban al aparcamiento, y comprobó que el coche del médico seguía
allí aparcado.
Entonces
debía seguir en el hospital, se dijo. Con un suspiro decidió ir a buscarlo otra
vez a la planta baja, cuando al girar en una esquina lo vio al fondo del
pasillo. Estaba hablando con una rubia despampanante que llevaba un traje de
diseño que ya le hubiera gustado a ella poder permitirse.
Al
ver a Lou, la expresión de Tom se tornó muy seria. Se volvió hacia ella con
las
manos en los bolsillos de su bata blanca, mientras la rubia tenía agarrado uno
de sus brazos con ambas manos de un modo posesivo.
-
Ésta es mi ayudante -la presentó a la desconocida-. Ésta es Dana Lester, una
vieja... conocida -le dijo a Lou.
-
¡Oh, por favor, Copper! -lo reprendió la rubia con un mohín-. Soy más que eso.
Hace
años estuvimos a punto de casarnos -le dijo a Louise en un tono meloso-.
Encantada de conocerte. Acaban de aceptarme como directora de enfermería en
este hospital. Empiezo esta misma noche.
-
¿Ah, sí? -balbució Lou, aturdida. Dana Lester asintió.
-
Estaba trabajando en un hospital privado de Houston, pero cuando vi que el
anuncio de este puesto en un periódico local decidió contestar a la oferta...
¡y aquí estoy! Es maravilloso estar de vuelta..., porque yo nací en esta
ciudad, ¿sabe?
-
¿De veras? -murmuró Lou, aún en estado de shock,
-
Cariño, no me has dicho cómo se llama tu ayudante -le dijo Dana a Tom.
El
médico dirigió una breve mirada a Lou, y contestó muy sereno:
-
Su nombre es Blakely, Louise Blakely.
-
¿Blakely? - repitió Dana, mirando hacia arriba pensativa-. Ese apellido me
resulta
muy
familiar... -de pronto se puso lívida-. No, no puede ser...- farfulló dejando
escapar una risa de circunstancias-. Sería demasiada coincidencia.
-
Mi padre era el doctor Fielding Blakely -intervino Lou en un tono gélido-.
Tengo
entendido
que usted... lo conoció, ¿no es cierto?
El
rostro de Dana parecía una lámina de papel de arroz.
-
Tengo... tengo que ir a cambiarme... -farfulló atropelladamente, soltando el
brazo
de
Tom y caminando hacia atrás-. ¡Ya tendría que estar trabajando! - murmuró
riéndose
nerviosa otra vez-. Bueno, hasta luego.
Y
se alejó por el pasillo. Lou la siguió con la mirada, tratando de controlar su
irritación.
-
¿Por qué no querías decirle mi nombre? -increpó a Tom.
El
rostro del médico se mantuvo impasible.
-
Es mejor no remover el pasado si no es necesario.
A
Lou no le gustó aquella respuesta.
-
¿Sabías que iba a trabajar aquí?
Tom
apretó la mandíbula.
-
Sabía que el puesto estaba vacante -contestó-, pero no que la habían
contratado.
Yo
soy feje de personal, pero no puedo decidir sobre los cargos de administración
del centro. En todo caso, si Selby Wills, del comité ejecutivo, no acabara de
jubilarse, no la habrían aceptado. Estaba aquí en la época del escándalo, y
sabe lo que ocurrió.
Lou
se cruzó de brazos.
-
Yo desde luego no pienso tratarla con paños calientes -le advirtió-. Estoy
segura
de
que mi madre sufrió por su causa.
-
De eso ya hace mucho tiempo -murmuró Tom-. Si yo puedo pasar por alto contigo lo
que hizo tu padre, tú puedes hacer lo mismo con ella.
-
¿Eso crees?
-
Lou, lo que ocurrió entre ellos no tiene nada que ver contigo -insistió él.
-
De modo que mi padre engañó a mi madre, esa mujer se acostó con él, sabiendo
que
estaba casado..., ¿y eso no tiene nada que ver conmigo? - le espetó ella,
incrédula.
Tom
no contestó a eso.
-
¿Has terminado tus visitas? -le preguntó, dando por finalizado el tema.
-
Sí, he terminado -contestó ella irritada-, y voy a irme a casa. Tendremos que
dejar
ese
concierto para otra ocasión.
Tom
vaciló, pero fue sólo un instante. La expresión del rostro de Lou le decía a
las
claras que no serviría de nada que intentase convencerla.
OCHO
La
llegada de Dana Lester a la ciudad se vio envuelta en un enjambre de dimes y
diretes,
porque había gente en Jacobsville que aún recordaba muy bien lo que había ocurrido
años atrás en el hospital. Lou trató de no prestarles atención mientras capeaba
el temporal. Bastante tenía con que la nueva directora de enfermería
desapareciera cada vez que tenía que hablar con ella, y con que Tom apenas le
hablara.
En
ese sentido se alegraba de que ya sólo faltaran un par de semanas para su
marcha.
La situación se estaba volviendo insostenible, y por muchas vueltas que le
daba,
no acertaba a decidir si Dana estaba celosa de ella o si le tenía miedo. Los
rumores sobre Tom y ella habían quedado a un segundo término ante el regreso de
la "ex prometida del doctor Kaulitz", lo que en cierto modo era un
alivio. Sin embargo, oía a todo el mundo decir que Dana no hacía más que
perseguir a Tom por todo el hospital, y, aunque trataba de ignorarlo, aquello
estaba destrozándola por dentro.
La
noche que había cenado con Tom en su casa había parecido el principio de
algo,
pero la llegada de aquella rubia arpía había cortado de raíz su incipiente
relación.
Desde
entonces, el médico sólo se dirigía a ella cuando era estrictamente necesario,
y siempre por motivos de trabajo. Esa actitud había hecho que ella también
sacase las uñas, y la pobre Brenda volvía a sentirse como si estuviera en medio
de un ataque de fuego cruzado.
-
He oído que Dana y Nickie casi llegan a las manos el otro día por cuál de las
dos
le
llevaría un informe al doctor Kaulitz - le dijo Brenda a Lou una mañana.
-
Lástima que no hubiera una cámara oculta- farfulló Lou mientras revisaba unos
partes.
Brenda
frunció el entrecejo.
-
¿Sabe?, yo pensaba que... bueno, últimamente parecía que el doctor Kaulitz y
usted
se llevaban mejor.
-
Fue sólo una tregua temporal, nada más -respondió Lou-. Mantengo mi dimisión, y
me marcho el uno de enero. Nada ha cambiado, Brenda, excepto que ha vuelto a
escena la ex prometida del doctor Kaulitz.
-
Por lo que me han contado las compañeras que llevan más tiempo trabajando
aquí,
debe ser una buena pájara -dijo la enfermera-. ¿Sabía que algunas de ellas
amenazaron
a la dirección con irse si la contrataban? Una de las enfermeras que trabajaba en
el hospital de Houston donde ha estado en los últimos años tiene un hermano aquí
en Jacobsville, George Grey, y me ha dicho que según parece estaban a punto de
echarla cuando consiguió este puesto. Su hermana también asegura que su
preparación es impresionante, pero que no es una buena administradora, y que
con ella todo son favoritismos. Habrá que darle tiempo al tiempo, pero si es
verdad, me parece que los directivos del hospital acabarán arrepintiéndose de
haberla contratado.
Lou
se encogió de hombros.
-
En todo caso, no es problema nuestro -sentenció.
-
Supongo que no - admitió Brenda -, pero no es lo único que se dice por ahí de
ella,
¿sabe? El último rumor es que su verdadero propósito al presentarse a ese
puesto era intentar recuperar al doctor Kaulitz. Está a la caza y captura de un
marido, y él figura el primero en su lista.
-
Qué afortunado... -farfulló Lou con velado sarcasmo -. Es muy atractiva.
-
¡Qué dice! -exclamó Brenda espantada-. ¡Pero si es una lagarta! El pobre doctor
Kaulitz...
-
El "pobre" doctor Kaulitz ya es mayorcito - repuso Lou-, y estoy
segura de que
sabe
cuidarse solo.
-
Ningún hombre es inmune a la adoración de una mujer con una cara y unas curvas como
esas -repuso la enfermera-. Recuerde lo que le digo, doctora, el doctor Kaulitz
acabará en sus redes si no se anda con cuidado.
-
Sea como sea yo no estaré aquí para verlo - le recordó Louise.
Y
se alegraba de ello. Que Nickie y Dana se peleasen por él y que ganase la
mejor,
pensó
irritada. Al menos, ella no tendría que presenciarlo. En el fondo de su corazón
siempre había sabido que Tom no era para ella. Lo mejor era aceptar la derrota
con elegancia y alejarse de allí mientras aún estaba a tiempo.
Volvieron
al trabajo, y al mediodía, Gustav se pasó por la consulta de Lou para invitarla
a almorzar. Se sintió profundamente agradecida por la distracción, pero el
caprichoso destino quiso que en el restaurante elegido por Gustav estuvieran
Tom y su antigua prometida.
-
Lo siento, no sabía que iban a venir aquí -se excusó Gustav cuando los vieron,
unas mesas más allá.
-
No te preocupes -le dijo ella-, de todos modos, tengo que verlos todos los días
en el Hospital.
-
Ahora que hablas de "verlos"... He oído que los dos te rehuyen.
-
Debe ser que les provoco alguna clase de alergia -repuso ella, tratando de
quitarle importancia-. Nunca logro encontrar a Dana cuando tengo que
preguntarle algo, y Kaulitz sólo me habla cuando tiene que hablar conmigo de
algún paciente. No sabes cuántas ganas tengo de que llegue el uno de enero,
Gustav..., porque, con todos mis respetos hacia ti, cada día me arrepiento más
de haber aceptado este trabajo.
Gustav
esbozó una sonrisa triste.
-
Siento haberte metido en este berenjenal. Las cosas no han salido exactamente
como
yo esperaba.
-
¿A qué te refieres? -inquirió Lou.
Gustav
tomó un sorbo de agua y carraspeó para aclararse la garganta.
-
Pues la verdad es que esperaba que Copper viera en ti lo que no ha logrado
encontrar en ninguna otra mujer. Tú eres una persona muy especial, Lou, y él en
algunos aspectos también lo es. En fin, me pareció que podríais ser espíritus
afines.
Lou
resopló con ironía.
-
¿Espíritus afines? Somos como la noche y el día, y no aguantamos más de cinco
minutos
sin empezar a discutir por cualquier cosa.
-
Eso, desde luego, ha quedado patente -farfulló Gustav, torciendo el gesto-.
Oh...
oh...
más complicaciones...
Lou
siguió la dirección de su mirada. Una decidida Nickie, ataviada con un vestido
que
no podía quedarle más ajustado, y cuyo escote casi le llegaba al ombligo,
estaba arrastrando a un azorado interno a la mesa contigua a la de Tom y Dana.
-
Nickie la va a fastidiar...- murmuró Lou, observando el brillo peligroso que
relumbró en los ojos de Tom al verla-. Si cree que Kaulitz va a dejarle que
monte
una
escenita a su costa está muy equivocada. De un momento a otro se levantará y se
marchara.
Y,
justo como lo había predicho, ocurrió: Tom, con cara de pocos amigos, se levantó
y abandono el restaurante tras pagar, dejando a Nickie boquiabierta, y con Dana
siguiendo con dificultad sus zancadas. Gustav dejó escapar un silbido por lo
bajo y miró a su amiga admirado.
-
Vaya, lo conoces muy bien -le dijo.
-
Llevo un año sufriéndolo. No debería sentir lástima de él, pero no puedo
evitarlo.
Imagínate
ser perseguido por dos mujeres.
Gustav
no añadió que en realidad había una tercera sentada a su lado que sin duda
también
albergaba sentimientos por él, ni que Tom había estado observándola
furtivamente desde que llegaran. Sin embargo, de las tres, Lou era la única que
no lo acosaba descaradamente.
-
Pobre Nickie -murmuró-. Tardará en reponerse de esto.
-
Ya le advertí que estaba siendo demasiado agresiva -comentó Lou- -. Es una
pena: una chica tan joven... Supongo que todavía no se ha dado cuenta de que la
manera más fácil de perder a un hombre es perseguirlo sin descanso.
-
O no perseguirlo en absoluto -apuntó Gustav con toda la intención.
Lou
alzó el rostro hacia su amigo con los labios fruncidos, pero al ver la sonrisa
burlona en su rostro no pudo enfadarse con él.
-
Eres imposible, Gustav -le dijo riéndose.
-
Mi mujer decía lo mismo -respondió él entre risas también. Bueno, ¿y qué vas a
hacer?
-
¿Respecto a qué?
-
Respecto a Copper.
-
Absolutamente nada -respondió ella con firmeza-. Cuando acaben las Navidades
volveré
a Austin y Nickie y Dana podrán pelearse a gusto.
Gustav
enarcó una ceja y esbozó una sonrisa misteriosa mientras llevaba el vaso de
agua
hasta su boca.
-
¿Sabes?, no sé por qué, pero me da la impresión de que nunca abandonarás esta
ciudad.
El
sábado por la mañana, el ruido insistente del timbre de la puerta despertó a Lou.
Medio
dormida y con el cabello revuelto, se puso su bata de satén color hueso y fue a
abrir.
Al
comprobar de quién se trataba y la forma en que iba vestido, se frotó los ojos
por si aún no estaba despierta. Allí de pie estaba Tom, con una chaqueta forrada
de borrego, camisa de cuadros, vaqueros, y un sombrero tejano en la mano.
-
¿Están rodando una nueva serie que se llame "El médico Cowboy", o
algo así? -le
preguntó.
-Muy
graciosa- le respondió él sin sonreír siquiera-. Tengo que hablar contigo.
Lou
abrió la puerta del todo.
-
Oh, claro, pasa. ¿Quieres desayunar también? - le dijo con ironía.
-
Gracias, con una taza de café y unas tostadas bastará- respondió él. Entró y se
dirigió a la cocina.
Lou
cerró los ojos con fuerza, apretó los dientes para ahogar un gemido de
frustración y, cerrando la puerta, fue tras él. Tom había dejado el sombrero
sobre la mesa de la cocina, la chaqueta en una silla y estaba poniendo agua en
la cafetera como si la casa fuese suya. Renunciando a tener una discusión con
él tan temprano, Lou sacó de la alacena el pan de molde y la margarina de la
nevera, y puso un par de tostadas.
Mientras
se hacía el café, Tom la observó moverse por la pequeña cocina mientras
ponía
el mantel, las tazas, las cucharillas. Tampoco Lou pudo evitar lanzarle algunas
miradas
furtivas. Tom se había sentado en la silla donde había colgado la chaqueta,
en
equilibrio sobre las patas traseras, con el respaldo contra la pared, y tenía
la
punta
de la bota apoyada en el travesaño de la mesa.
Parecía
malhumorado, pero a la vez estaba endiabladamente guapo. En la postura
en
la que estaba, la tela de los pantalones vaqueros estaba estirada, marcando
cada línea de sus musculosas piernas, y con el cabello algo despeinado por el
sombrero y los primeros botones de la camisa desabrochados, casi parecía otro
hombre distinto del eficiente pero quisquilloso médico.
-
Aquí tienes -dijo Lou, poniéndole delante un plato con las tostadas.
Tom
se sentó bien y se puso a untarlas de margarina parsimoniosamente.
Lou
metió otras dos rebanadas de pan en el tostador, apagó la cafetera, y la puso
también
en la mesa, tomando asiento frente a su inesperado visitante.
-
Bueno, tú dirás -lo instó, para que le dijera de qué quería hablar.
Tom
se sirvió el café, añadió una pizca de leche, y alzó el rostro hacia ella.
-
No he tenido nada que ver con la incorporación de Dana... -le dijo- en caso de
que lo pensaras.
-
Eso no es asunto mío.
-
Lo sé -asintió él. Bebió un sorbo de café y dio un mordisco a una de las
tostadas-.
Nickie
y Dana están empezando a convertirse en un engorro -le confesó inesperadamente.
-
Sólo a ti podría irritarte que dos mujeres atractivas compitan por tus
atenciones -
apuntó
ella con aspereza.
Tom
entornó los ojos.
-
"Irritar" no es la palabra -replicó-. Me siento como si fuera el
semental del mes.
Lou
rompió en carcajadas, pero al ver la expresión furiosa en el rostro de Tom,
paró
inmediatamente de reírse.
-
¡Oh!, perdona... -balbució para aplacarlo-. Ha sido por el modo en que lo has
dicho.
-
Pues no pretendía hacer un chiste- farfulló él.
-
No, claro que no -se apresuró a responder ella, levantándose y llevando sus
tostadas a la mesa -. Supongo que debe ser difícil, sobre todo si, como dicen,
es verdad que te persiguen por el hospital mientras estás trabajando.
-
Bueno, creo que tú también estás teniendo algunos problemas -apuntó él.
-
En cierto modo -asintió Lou-: nunca encuentro a Dana cuando la necesito.
Probablemente porque, una de dos : o está muy ocupada persiguiéndote a ti, o
cree que tengo algo contagioso y huye de mí.
-
Y supongo que estarás de acuerdo en que esto no puede seguir así -le dijo Tom.
-
Por supuesto -le aseguró ella, mientras untaba sus tostadas-. pero en cuanto yo
me
haya ido, seguro que las cosas se calmarán.
El
médico frunció el ceño.
-
Creía que habíamos acordado que al final te quedabas- dijo.
Lou
se rió con incredulidad.
-
¿Qué? -le espetó-. Nunca hemos acordado nada de eso. Te di mi carta de
dimisión. Si de verdad la rompiste, es problema tuyo.
Tom
bajo la vista a su café, pensativo.
-
Pensaba que no lo decías en serio... -murmuró-, lo de marcharte. De hecho, me
había
olvidado de aquella carta por completo.
-
Increíble- farfulló ella-. Tienes una memoria tan... oportuna. Yo no logro
olvidar lo
que
le dijiste a Gustav por teléfono aquel día, ¿y tú no te acuerdas de algo que te
di por escrito?
Las
facciones de Tom se tensaron.
-
No podía imaginar que estabas escuchando.
-Oh,
y eso lo arregla todo, ¿no? -le espetó ella con marcada ironía.
Tom
se pasó una mano por el cabello, incómodo.
-
La llamada de Gustav me pilló en un mal momento -respondió-. Acababa de
diagnosticarle leucemia a un niño. Eres médico y crees que el día a día te hace
más fuerte, pero cosas como ésa te destrozan. No es justo. Ese niño tendría que
tener un montón de años felices y despreocupados por delante, y en cambio...
-la voz se le quebró-. Y para colmo esa misma mañana había recibido una carta
de mi padre pidiéndome dinero.
Lou
frunció el entrecejo.
-
No sabía que tus padres aún vivieran.
-
Mi madre no, murió hace diez años -contestó él-, pero mi padre vive todavía, en
Tucson.
Se dedica a la doma de caballos, pero lo pierde su afición al juego, y siempre que
está con el agua al cuello recurre a mí para que lo saque del aprieto -dijo en
un tono de absoluto desprecio.
-
¿Es eso todo lo que significas para él: un modo de obtener dinero cuando se
endeuda?-inquirió ella con lástima.
-
Es lo único que he significado para él en toda mi vida –respondió Tom, alzando
sus
ojos cafés hacia ella-. ¿Puedes imaginar quién me introdujo en el mundo del
robo y el pillaje cuando no era más que un adolescente? Al ser menor de edad no
vas a la cárcel, y por eso hacía que el robo material lo efectuara yo, para
mancharse las manos-añadió-. Claro que no lo hacíamos aquí en Jacobsville...,
oh no, había que guardar las apariencias. Íbamos a Houston, y a otros lugares.
¿Y le importaba acaso que me mandaran a correccionales? No, por supuesto que
no. Estaba siempre ansioso por que saliera para retomar el "negocio".
Lou
estaba escuchándolo espantada.
-
¡Deberían haberlo arrestado!
-
Oh, finalmente lo hicieron -contestó Tom-. Se descubrió el pastel y lo mandaron
a
la cárcel. Estuvo allí un año, pero luego salió por buena conducta. Cuando lo
pillaron,
yo tenía quince años, y me mandaron a un centro de acogida para chicos sin familia,
fui al instituto, y al poco tiempo empecé a estudiar Medicina. Durante esos
años no tuve noticia alguna de él, y prácticamente me olvidé del pasado, pero
parece que mi padre también, porque desde que me licencié y empecé a trabajar,
parece que no ve ningún motivo por el que no pueda pedirme dinero cada vez que
le venga en gana.
-Lástima
que no podamos elegir a nuestros padres...- murmuró Lou.
-
Amén -respondió él-. Ésa era la otra razón por la que estaba enfadado el día
que
me
llamó Gustav para preguntarme si no me importaba que te pidiera salir. Y luego,
cuando te vi con él en la cena benéfica, me irritó muchísimo que dejaras que te
tomara de la mano, y que le sonrieras, cuando cada vez que yo me acercaba a ti
te apartabas como si tuviera la peste.
Lou
nunca había imaginado que él se hubiera dado cuenta de esa reacciones suyas.
Era
irónico que las hubiese interpretado como un signo de rechazo hacia él,
cuando
en realidad se debían a una atracción tan fuerte que apenas podía controlarla.
-
La culpa en parte fue tuya -le dijo ella-. Desde el principio me dejaste muy
claro
que
nuestra relación sería exclusivamente de trabajo.
-
Sí, pero eso no significaba que tuvieras que tratarme como a un leproso
-replicó
él,
pero ya no parecía enfadado. De hecho, al terminar la frase, esbozó una sonrisa
y sus ojos brillaban-. Ojalá no le hubiera dicho nunca esas cosas tan terribles
a Gustav y tú no me hubieras escuchado, Lou -le dijo-. Me sentí tan avergonzado
de mí mismo cuando me dijiste que querías marcharte.
-
Yo creí que te haría feliz -repuso ella, bajando la vista azorada.
"Hacerle
feliz"·... El que hubiera utilizado esa expresión no dejó dudas a Tom de
lo
que sentía por él, y le dio renovadas esperanzas. Durante todos aquellos meses
había
tenido ciertas sospechas de que su ayudante no lo odiaba como decía, pero no había
estado seguro hasta el día en que la besó en la fiesta. Pero, ¿cómo convencerla
para que no se marchase? Mientras sus ojos cafés estudiaban los delicados
rasgos femeninos, una idea descabellada cruzó por su mente.
-
¿Sabes? -murmuró-. estaba pensando que tal vez, si tú y yo nos
comprometiéramos, Dana y Nickie se darían por vencidas.
Lou
no estaba segura de haber oído bien.
-
No tiene gracia -le dijo, enrojeciendo. Se puso de pie y le dio la espalda.
Sin
embargo, Tom se levantó también, y antes de que ella pudiera reaccionar, le
rodeó
la cintura desde atrás y la atrajo hacia sí. Lou puso sus manos sobre las de
él,
en
un ademán de apartarlas, pero se mantuvieron firmes en torno a su estrecha
cintura, y pudo notar la respiración agitada del médico contra su cuello, y
como su pecho subía y bajaba, apretado contra su espalda.
-
¿No crees que ya es hora de que dejemos de negar lo evidente? -le preguntó él
con
voz ronca-. Sé que estás enamorada de mí. Todo este tiempo he fingido no darme cuenta,
pero los dos sabemos que ése es el motivo por el que quieres marcharte.
Aturdida
como estaba por estar entre sus brazos, Lou era incapaz de pensar una
repuesta
mordaz, o al menos una con la que salvar las apariencias.
-
Eludir el tema no solucionará nada.
-
Yo no... no pensé que pudieras llegar a darte cuenta... -balbució Lou, tragando
salvia,
con el poco orgullo que le quedaba hecho trizas.
Los
fuertes brazos de Tom la apretaron más contra sí.
-No
tienes que preocuparte -susurró-, vamos a ponerle remedio a esto.
-
No tienes que ponerle remedio a nada, Tom -comenzó ella con el corazón
desbocado-,
en enero me...
No
pudo terminar la frase porque Tom la hizo girarse hacia él, y le impuso
silencio
posando
su boca sobre la de ella. Al principio Lou se resistió, tal y como él había
esperado,
pero la besó lenta y suavemente, y poco a poco, ella fue derritiéndose contra su
cuerpo, como el hielo es derretido por el calor.
Con
un intenso gemido, Tom la atrajo hacia si, y los dedos de Lou se enredaron
en
su cabello pelirrojo, aferrándose a él en medio del ardor que la estaba
consumiendo.
La
estaba besando igual que la había besado el día de la fiesta, sin dejar un
centímetro
entre ellos, y esa vez, cuando la lengua masculina invadió su boca, no se apartó.
Aceptó aquel íntimo contacto sin protestar, estremeciéndose ligeramente al sentir
que despertaba nuevas sensaciones en su interior. Un suave gemido escapó de su
garganta, y notó que las manos de Tom descendían hasta el hueco de su espalda,
empujándola hacia él, haciéndola frotarse contra su cuerpo, y pensó que debería
para aquello, pero era incapaz de hacer otra cosa más que responder a sus besos
y a su calidez.
Ni
siquiera se resistió cuando, sin despegar sus labios de los de ella, la otra
mano
de
Tom se deslizó por debajo de la bata, y se cerró sobre la curva de uno de sus
senos.
Él
advirtió cómo se aceleraban los latidos del corazón de la joven y, con un
gruñido, introdujo la mano por debajo del cuello en uve del camisón, deleitándose
en la suavidad aterciopelada de su piel, y después comenzó a estimular el pezón
con el pulgar.
Lou
volvió a estremecerse, y él tiró suavemente de la pequeña protuberancia,
provocando extasiados gemidos en la joven. Probablemente no habría llegado tan
lejos con ningún hombre, pensó Tom. Y aún podía darle algo más, otro placer que
aún le era desconocido.
Sus
labios dejaron los de ella, y fueron descendiendo por la garganta hasta llegar
a
la
blanda circunferencia que había estado acariciando. Abrió la boca, engullendo
la
areola,
y su lengua reemplazó a sus dedos. Lou jadeó y se removió entre sus brazos,
pero Tom empezó a succionar, y pronto la notó relajarse, abandonarse por
completo, hasta tal punto, que si no hubiera sido porque estaba sosteniéndola,
se habría desplomado sobre el suelo.
Mientras
la exploraba, Lou le acariciaba la nuca con manos temblorosas, enredando
los
dedos en su corto cabello. Dio un leve respingo cuando empezó a succionar
con
más intensidad, pero no lo apartó.
Tom
notó que estaba a punto de perder el control y, sin dudarlo un instante, se
obligó
a levantar la cabeza y erguirse. Louise vio que sus mejillas estaban
arreboladas, como debían estarlo las suyas, pues las sentía ardiendo, y los
ojos cafeces parecían llamear por la intensidad de lo que acababan de
compartir.
Tom
escrutó su rostro mientras trataba de recobrar el aliento y bajó la mirada al
escote
del camisón. Lo apartó un poco, y admiró la perfección del pequeño pero firme seno
que había estado saboreando. Trazó delicadamente el contorno del enrojecido pezón,
y alzó la mirada a los ojos de Lou para leer entre ellos el placer que le
producía la caricia.
-
Podría haberte tomado ahora mismo si quisiera y no te habrías opuesto, aquí
mismo,
sobre la mesa de la cocina -murmuró-. ¿Y de verdad piensas que vas a marcharte dentro
de dos semanas?
Lou
parpadeó, aún mareada. Todo aquello era tan irreal. Tal y como había dicho,
había
estado a un paso de tomarla. Su mano estaba sobre su pecho desnudo... ¡y
estaba
mirándolo!
Horrorizada
por haber permitido que las cosas hubieran llegado tan lejos, se apartó
de
él y torpemente se volvió a poner bien el camisón, cubriéndose de nuevo con la
bata.
Tom
apoyó el trasero en la encimera y cruzó las piernas. Aquel movimiento atrajo
la
atención de Lou hacia algo que había sentido antes contra su vientre, y se puso
roja
como grana antes de lograr apartar la vista. ¿Qué había hecho? ¿Qué le había
dejado
hacer?
-
Estás preciosa cuando te sonrojas -murmuró Tom.
-
Márchate, por favor -le rogó ella desesperada-. Déjame sola.
-
Me temo que no voy a poder complacerte -le dijo él muy calmado-, porque había
venido
para invitarte a montar a caballo por mi rancho. Anda, sé buena chica y ve a
ponerte
unos vaqueros y unas botas.
-¡No
pienso ir contigo a ninguna parte!
-
¿Ni siquiera a la cama? - inquirió él con una sonrisa maliciosa-. Porque por el
modo en que has respondido antes a mis besos y a mis caricias me decía todo lo
contrario. La verdad es que me encantaría, pero he dejado los caballos
ensillados antes de venir.
Lou
dio un paso atrás.
-
Márchate, tengo muchas cosas que hacer... -balbució.
Tom
se apartó de la encimera y empezó a avanzar hacia ella lentamente con
una
sonrisa lobuna en los labios.
-¿Prefieres
ir a montar, o quizá...?
Lou
se dio media vuelta y corrió al dormitorio a cambiarse.
NUEVE
El
campo estaba precioso a pesar de que las ramas de los árboles estaban desnudas,
y el paso tranquilo de los caballos resultaba muy relajante, aun cuando la
compañía pusiera a Lou un tanto nerviosa. Todo el tiempo iba muy consciente de
la presencia de Tom a su lado, tan alto y tan elegante, incluso a lomos de un
caballo.
Estaba
tan guapo que con sólo mirarlo de reojo sentía un cosquilleo en el estómago.
-¿Cómo
vas?- le preguntó él.
-
Bien -respondió ella-, aunque hacía siglos que no montaba -confesó-. Nunca
hubiera
imaginado a un médico-ranchero -comentó.
Tom
esbozo una media sonrisa.
-
En realidad, comparado con otros de la zona es bastante pequeño, pero tengo
una
cabaña de ganado de casi cincuenta cabezas.
-
Pero, ¿cómo puedes apañártelas para llevarlo? Nuestra profesión apenas nos deja
tiempo
libre...
-
Bueno, la verdad es que yo me limito casi exclusivamente a la administración.
De
las
tareas del rancho propiamente dichas se encargan un capataz y algunos peones a los
que tengo contratados.
-¿Y
cómo se te ocurrió la idea de montar un rancho y criar ganado?
Él
se encogió de hombros.
-No
lo sé, supongo que siempre había sido uno de mis sueños, desde que era un
chiquillo
-le explicó-. Mi abuelo tenía una vieja vaca lechera, y a mí me encantaba llevarla
a pastar, ordeñarla...
Lou
sonrió al imaginarlo.
-¿Y
tu abuela?, ¿cómo era?
-
Oh, era una mujer con un gran corazón, y una cocinera fabulosa -le contestó
Tom-. Hacía las mejores tartas del condado. Cuando mi padre se fue por el mal
camino les dio un gran disgusto -añadió meneando la cabeza-, y es triste porque
cuando eso ocurre, todo el mundo suele culpar a las personas que criaron al
niño, pero mis abuelos eran muy buena gente.
Tom
hizo que su caballo se dirigiera hacia un camino que discurría por entre los
pastizales,
y Lou lo siguió. Mientras avanzaban, el médico iba explicándole la clase de maquinaria
que había comprado en los últimos años, y las innovaciones técnicas que había
aplicado.
-
No estoy tan modernizado como otros rancheros -le dijo-, pero he dedicado mucho
tiempo y esfuerzo a esto, y estoy bastante orgulloso de lo que he conseguido.
Tengo incluso un toro semental pura sangre que ha obtenido varios premios en
las ferias que ha sido mencionado en varias revistas de ganadería.
-Vaya,
eso sí que es impresionante. ¿Vas a enseñármelo?
-¿De
verdad quieres verlo?
-
Pareces sorprendido -se rió ella-. Pues, para tu información, me gustan mucho
los
animales.
De hecho, cuando salí del instituto estuve dudando entre estudiar veterinaria o
medicina.
-¿Y
qué fue lo que te hizo decantarte por los seres humanos?
-
No lo sé, pero, pero no me he arrepentido de la elección que hice -contestó
ella
con
sinceridad.
Cuando
llegaron junto a los establos, Tom hizo que su caballo se detuviera,
desmontó
y ayudó a Lou a desmontar también. Ataron los caballos a la verja, y él condujo
a la joven al interior del enorme edificio.
Lou
observó que estaba sorprendentemente limpio, que los pesebres eran espaciosos y
que las vacas tenían un aspecto muy saludable. Cuando llegaron al pesebre que albergaba
al toro del que le había hablado Tom, comprobó que no había exagerado en
absoluto. Era un ejemplar magnífico, de pelaje rojizo, y aparentemente muy
dócil, ya que se acercó a la verja y dejó que Tom le acariciase el morro.
-
Es de la raza Santa Gertrudis, ¿verdad? -inquirió Lou fascinada.
La
mano de Tom se detuvo sobre el morro del animal.
-
Caramba, Lou, estoy impresionado.
-
Bueno, para todo tiene que haber una primera vez.
Tom
se echó a reír, pero la miró de un modo especial, apoyando el tacón de la
bota
en el travesaño más bajo de la verja.
-No
es la primera vez -replicó con suavidad-. Me impresionaste desde el día en que
llegaste
al hospital. -Tomó un mechón de rubio cabello y lo retorció entre sus dedos-. Eres
maravillosa - le dijo mirándolas a los ojos-, y cada día que pasa me convenzo más
de ello. Nunca había imaginado que pudiéramos tener tantas cosas en común. Es curioso,
hemos pasado juntos casi un año, pero he aprendido más de ti en estas últimas semanas
que en todos estos meses.
-
A mí me ha ocurrido igual -le confesó ella, bajando la vista a su tórax.
Le
encantaba su manera de andar, de hablar, el modo en que se calaba el sombrero sobre
un ojo... Recordó la calidez de sus brazos rodeándola, y de pronto sintió frío.
Tom
estaba estudiándola en silencio, fascinado por los cambios de expresión en
sus
dulces facciones, y creyó leer en ellas las mismas emociones que estaban
agitándolo a él en ese momento.
Lou
dejó escapar un suspiro y esbozó una tímida sonrisa. Tom extendió un brazo
y
Lou aceptó sin dudarlo esa muda invitación, abrazándose a él y apretándose
contra su cuerpo. Cerró los ojos y apoyó la mejilla en su pecho, escuchando los
latidos de su corazón.
Tom
se sentía extraño, aunque por otro lado el tener a Lou en sus brazos parecía
lo
más natural del mundo. La atrajo más hacia sí y acarició distraídamente su
pelo.
-
La semana que viene ya es Navidad -murmuró.
-
Lo sé -respondió Lou-. ¿Qué sueles hacer el veinticinco, vas a visitar a algún amigo
o los invitas a tu casa?
-Las
últimas las he pasado con Jane -recordó Tom. Lou se tensó ligeramente,
pero
él no lo advirtió-, pero desde que se casara el año pasado, me limito a
prepararme algo de cenar y tomármela frente al televisor, viendo películas
antiguas.
Lou
no dijo nada. A pesar de que había oído a la gente hablar de la relación de Tom
con Jane a lo largo del año, no había pensado nunca que fueran íntimos hasta
ese
punto. Aquel pensamiento la deprimió.
Tom,
sin embargo, no estaba pensando en las Navidades pasadas, sino en las
de
ese mismo año.
-
Bueno, y entonces, ¿dónde vamos a celebrar el veinticinco, en tu casa, o en la
mía?-le preguntó, como si diera por hecho que tenía que ser así.
Aquello
animó un poco a Lou.
-Podríamos
celebrarlo en la mía -propuso.
-De
acuerdo -dijo él-. Y me comprometo a ayudarte a preparar la cena.
Lou
sonrió.
-
Será agradable tener a alguien con quien compartirla -murmuró. Sus Navidades
nunca
habían sido demasiado alegres.
-
Me aseguraré de que nos toque la guardia en Nochebuena. Así tendremos libre el
veinticinco
-le prometió él.
Tom
sintió una sensación muy agradable que no había experimentado jamás,
una
sensación de compenetración con Lou que no había sentido ni siquiera con Jane. Apoyó
la mejilla en la cabeza de la joven, y dejó escapar un suspiro de contento. Era
como llegar a casa. Toda su vida había estado buscando algo que no había
logrado encontrar, y por primera vez tenía la sensación de estar más cerca de
ello que nunca.
Los
brazos de Lou se estrecharon en torno a su cintura, se acercó un poco más a él
y
sus piernas rozaron las suyas. Tom subió el pie al travesaño superior para que
Lou
pudiera ponerse más cómoda, pero el movimiento y el roce de su cuerpos lo
excitó y inspiró con brusquedad.
-
Perdona -murmuró ella.
Hizo
ademán de apartarse, pero Tom la retuvo, sosteniéndola por las caderas.
-
No es culpa tuya -le dijo-. Es algo que no puedo evitar -le confesó. Le
fascinaba
aquella
reacción tan inmediata que su cuerpo tenía cuando estaba cerca de ella-.
Además,
estaba pasando por una larga sequía.
Lou,
incrédula, alzó el rostro hacia él.
-¿Una
larga sequía? -repitió con una sonrisa maliciosa-. ¿Con Nickie revoloteando
a
tu alrededor casi en cueros para conseguir tu atención?
Tom
no se rió como esperaba, sino que la miró muy serio y trazó con el índice el
puente
de su naricilla respingona.
-
No soy de esos tipos que tienen aventuras -le dijo-. Y soy la discreción
encarnada
en
lo que se refiere a mi vida privada, ¿sabes? -añadió-. Hace un tiempo conocí a
una viuda en cierta ciudad. Nos hicimos amigos, y durante un tiempo nos dimos
el uno al otro algo que los dos necesitábamos, pero que no queríamos que
traspasara las fronteras de la intimidad. Hace dos años volvió a casarse, y desde
entonces me he concentrado en mi trabajo y mi rancho. No ha habido nadie más.
Lou
lo miró curiosa.
-
¿Y te sentías cómodo haciéndolo... bueno, sin estar enamorado?
-
Sentía afecto por ella -le explicó Tom-, y ella lo sentía por mí. No nos hacía
falta
estar
enamorados.
A
Lou, sin embargo, aquella explicación no la convenció, y se removió
incomodidad.
Él
comprendió al instante.
-
Para ti el amor si es algo imprescindible, ¿no es cierto, Lou? -inquirió
quedamente-. Para ti ni el más arrollador de los deseos sería bastante sin amor
-añadió acariciando el contorno de sus labios-. Pero tú y yo somos una
combinación explosiva..., y tú sí estás enamorada de mí.
Ella
apoyó la frente en el hueco de su hombro.
-Sí
-admitió-, te quiero, pero no hasta el punto de estar dispuesta a ser tu
amante.
-
Lo sé.
-
Entonces lo nuestro no tiene ningún futuro.
Tom
dejó escapar una risa que nada tenía de alegre.
-
¿Eso crees? Acabo de pedirte que te comprometas conmigo.
-
Tom, no te burles de mí -le rogó-, no es justo qué...
Él
la silenció poniendo un dedo sobre sus labios.
-
Déjame acabar -le dijo solemnemente-. Podríamos comprometernos y casarnos
en
Año Nuevo.
Lou
lo miró de hito en hito, con los ojos como platos.
-¿Me
estás pidiendo que... nos casemos? -balbució anonadada.
Tom
la tomó de la barbilla y escudriño sus preocupados ojos castaños.
-
La idea de hacer el amor no te incomoda ni la mitad que la idea del matrimonio,
¿no
es así? -adivinó-. Porque el matrimonio implica un compromiso, y tú no quieres sentirte
atrapada.
Lou
contrajo el rostro.
-
El matrimonio de mis padres fue horrible -musitó-, y yo no querría acabar como
mi madre.
-
Lou, tú no eres tu madre -le dijo él y le acarició la mejilla-, y yo no soy tu
padre.
Lou
se quedó callada.
-
No tienes por qué agobiarte -le dijo Tom-. Dejaremos que vayan pasando estas
dos
semanas, pasaremos juntos el día de Navidad, y ya volveremos a hablar de esto.
-
De acuerdo.
Tom
inclinó la cabeza y la besó con ternura. Al hacerlo, ella se apretó contra su
cuerpo,
pero él la apartó con una sonrisa divertida en los labios.
-
Nada de eso -murmuró-. A partir de hoy vamos a conocernos mejor antes de dejar que
nuestras glándulas intervengan.
-
¡Nuestras glándulas!
-
¿No recuerda lo que son las glándulas, doctora? -le dijo él en un tono
seductor,
tomándola
por la cintura y acercándola a su cuerpo-. Déjeme que se las describa... -
murmuró
subiendo las manos hacia sus senos y dibujando arabescos en ellos.
-
Creo que ya me acuerdo -contestó ella entre risas-, ¡para, me haces cosquillas!
Tom
puso fin a aquella tortura juguetona y entrelazó su mano con la de ella,
llevándola
hacia el lugar donde habían dejado atados los caballos.
A
la mañana siguiente tenían de nuevo turno de visitas en el hospital, y Dana
trató
de
volver de nuevo a la carga, pero cuando se la encontraron en uno de los pasillos,
Tom tomó la mano de Lou en la suya.
-
Buenos días, Dana -la saludó educadamente.
Como
esperaba, su ex prometida se había quedado aturdida.
-
Buenos días, doctores -contestó vacilante, sin poder despegar la mirada de sus
manos
entrelazadas.
-
Lou y yo nos comprometimos ayer -anunció Tom.
Dana
palideció, pero se las apañó para forzar una sonrisa.
-
Oh, ¿en serio? Bueno, supongo que en ese caso me toca felicitaros -dijo
riéndose-
¡Y
pensar que yo tenía esperanzas de que tú y yo pudiéramos retomar lo que hubo
entre
nosotros en el pasado...!
-
El pasado está muerto para mí- respondió él con firmeza y la miró fijamente-, y
no tengo el menor deseo de devolverlo a la vida.
Dana
dejó escapar nuevas risitas incómodas.
-
Ya veo -farfulló. Bajó la vista hacia la mano izquierda de Lou, entrelazada con
la
mano
derecha de Tom-. Ha sido un compromiso verdaderamente repentino, ¿no? -
apuntó
con malicia-, veo que todavía no tienes anillo, Louise...
Tom
apretó suavemente la mano de la joven.
-
Cuando Lou haya decidido qué clase de anillo quiere, se lo compraré -le
respondió muy tranquilo a Dana-. En fin, a mí me encantaría seguir aquí
charlando, pero tengo mucho trabajo por hacer, y supongo que vosotras también,
así que... Espérame en el vestíbulo cuando hayas terminado tus visitas, cariño -le
dijo a Lou, besándola en la mejilla.
Y
se alejó hacia el fondo del pasillo. Lou sonrió candorosamente a Dana.
-
Bueno, yo también voy a seguir con mi trabajo -le dijo.
Echó
a andar en la dirección contraria en la que se había ido Tom, pero Dana la
siguió.
-
Te deseo mejor suerte que la que tuve yo, Louise -masculló-. Hace años, cuando
me
pidió a mí que me casara con él lo hizo porque me deseaba y yo me negaba a
darle lo que quería... porque haya que ser lista ¿sabes?, si le das a un hombre
lo que quiere, en cuanto lo consigue pierde el interés en ti. En fin, de
cualquier modo no me sirvió de mucho, porque no podía competir con su querida
Jane -añadió con amargura- Y entonces apareció tu padre. Se encaprichó de mí, y
yo consentí en darle gusto, pensando que así Tom se pondría celoso...
-
Algo de eso había oído -la cortó Lou con aspereza, repugnada de que pudiera
hablar
de aquello con semejante desvergüenza.
-
Sí, bueno, lo imaginaba. Esa clase de cosas corren de boca en boca -farfulló
Dana-. El caso es que Tom me odió por ello. Si hay un hombre incapaz de
perdonar, ése es Copper. Tu pobre madre también debió odiarme -murmuró de
pronto, sorprendiendo a Lou-. Tu padre desde luego se puso furioso conmigo por
haber sido tan descuidada, porque arruiné su carrera aquí y tuvo que marcharse,
aunque creo que no le fue tan mal en Austin...
No
sabía lo equivocada que estaba, se dijo Lou. Lo cierto era que, aunque Dana no
le
cayese bien y hubiese tenido un comportamiento reprobable en el pasado, no podía
echarle a ella toda la culpa de lo ocurrido. Se detuvo delante de la habitación
del primer paciente al que tenía que visitar.
-
¿Qué has querido decir antes cuando has dicho que no podías competir con Jane
Parker?
- le preguntó a Dana sin poder evitarlo.
-
Bueno, Copper estaba loco por Jane, pero ella acabó casándose con Todd Burke.
Yo
creí que él se olvidaría de ella, ahora que no es una mujer libre, pero parece
ser
que
aún se ven muy a menudo -apuntó con un brillo malicioso en la mirada-, y se
rumorea que él sigue sintiendo verdadera adoración por ella. En fin, debería
sentirme celosa de tu buena surte, pero para serte sincera me das un poco de
lástima; siempre serás su segunda elección, aunque se case contigo. Puede que
te desee, pero jamás dejará de amar a Jane.
Y
se alejó, dejando a Lou deprimida y preocupada. ¿Tendría razón Dana? Estaba
segura
de que Tom la deseaba, pero hasta el momento no había mostrado signo
alguno
de que la amara. ¿Seguiría de verdad enamorado de Jane Parker? Si era así,
¿por
qué la había pedido que se casase con él? ¿No sería que lo había hecho sólo
para
que lo apoyara, y así conseguir que Dana Y Nickie lo dejasen tranquilo?.
Aunque
no tenía ánimos de verlo, cuando hubo terminado sus visitas, Lou se dirigió al
vestíbulo para esperarlo allí, como habían acordado, y estando de pie junto al
área de recepción, apareció Nickie.
-
Felicidades -le dijo con una sonrisa resignada-. Supongo que debía haberme dado
por vencida cuando lo vi besándola en el aparcamiento. En fin, buena suerte, Doctora
Blakely. Por lo que he oído, la necesitará -añadió y se alejó por el pasillo.
Lou
tenía la moral por los suelos, y su expresión no le pasó desapercibida a Tom
cuando
se reunió con ella.
-¿A
qué viene esa cara tan larga? -le preguntó-. ¿No habrán estado molestándote
Nickie
y Dana?
-
No -murmuró ella-, sólo estoy un poco cansada.
Tom
no pareció muy convencido, pero decidió que era mejor no insistir.
-
¿Nos vamos?
-
Sí.
Mientras
se dirigían al aparcamiento, le dijo a Lou:
-
He pensado llevarte a comer a un sitio que te va a encantar, y luego al centro,
a
comprarte
ese anillo de compromiso.
Lou
no lo miró.
-
No tienes por qué hacerle caso a Dana; no necesito un anillo.
-
Por supuesto que sí -replicó él contrariado-. No voy a dejar que la gente
piense
que
soy tan mísero que no quiero comparte un anillo de compromiso.
-
Pero, ¿para qué vas a gastarte el dinero si...?
-
Lou, es mi dinero -insistió él, cortándola, en un tono que no admitía
discusión-.
Quiero
comprarte ese anillo y voy a hacerlo.
Ella
no dijo nada más. Si a él no le importaba gastarse el dinero en un anillo sólo
para
una pantomima, ¿por qué habría de preocuparse ella?
El
destino quiso que cuando entraron en una de las joyerías del centro de la
ciudad, estuviera allí Jane Parker, o más bien Jane Burke.
Era
bellísima, pensó Lou con el corazón encogido: rubia, ojos grises, elegante
figura...
-¡Cooper!-
exclamó Jane con una amplia sonrisa al ver a Tom-. ¡Qué sorpresa! -
y
lo abrazo efusivamente.
Él
la besó en la mejilla y la miró con ternura.
-
Estás increíble -le dijo.
-
Tú también tienes un aspecto estupendo -respondió ella.
Sólo
entonces pareció recordar Tom que no estaba solo.
-
Oh, perdona, Lou... Jane, te presento a Louise Blakely.
-
Ah, tu ayudante, ¿verdad? -dijo Jane con una pequeña sonrisa -.¿Cómo estás,
Louise?
Encantada de conocerte.
-
Bien, gracias, lo mismo digo -contestó Lou en un tono muy formal.
Tom,
sin embargo, no lo notó y siguió hablando con Jane:
-
¿Cómo es que estás por aquí?
-
Estoy comprándole un regalo de Navidad a mi hijastra. Pensé que le gustaría un
collar
de perlas. ¿Verdad que este es precioso? -le preguntó señalándole uno que la dependienta
había colocado sobre el mostrador para que lo viera-. Me lo llevo.
Cóbremelo,
por favor -le dijo, entregándole su visa.
-Bueno,
¿y cómo está Todd?
A
Lou le pareció advertir una nota de incomodidad en su voz, y se dijo angustiada
que
parecía que Dana le había dicho la verdad. Seguía enamorado de ella.
-
Tan imposible y cabezota como siempre -respondió Jane, riéndose-, pero entre
mis
caballos y mi línea de ropa, y el negocio que él lleva de ordenadores, no
podemos quejarnos, nos va bastante bien. Lo único malo es que últimamente por
el trabajo tiene que pasar mucho tiempo fuera, de viaje, y me siento un poco
sola -añadió. De pronto, como si se le hubiera ocurrido una idea, alzó sus ojos
brillantes hacia los de él y sonrió-.¿Te apetece venir a cenar a casa conmigo
esta noche?
-
Me encantaría -respondió él sin pensar-. Oh, no, espera, no puedo, acabo de
acordarme
que tenemos una reunión de la junta administrativa en el hospital.
-
Vaya, qué pena -murmuró Jane-. Bueno, otra vez será -lanzó una mirada a Lou de
reojo-.
Em... ¿habéis salido a hacer las compras de Navidad... juntos?- inquirió, como si
dudase que fuera así.
Tom
se metió las manos en los bolsillos.
-
No, estamos buscando un anillo de compromiso -respondió.
Jane
lo miró con los ojos como platos.
-
¿Para quién?
Lou
se había puesto roja como la grana; quería que se la tragara la tierra.
-Pues...para
Lou -contestó Tom-. Nos hemos comprometido.
La
vacilación en su respuesta sólo hizo que Lou se sintiera aún peor, pero la
estupefacción en el rostro de Jane desató su lengua.
-
Es sólo para disuadir a Nickie y a Dana -dijo-, lo estaban volviendo loco,
persiguiéndolo a todas partes.
Tom
la miró de hito en hito, e iba a abrir la boca, pero Jane se le adelantó.
-¡Oh,
ya comprendo! -murmuró. Pareció aliviada, pero enseguida frunció el entrecejo-.Pero...,
¿no es algo deshonesto por vuestra parte?
-
No había otra manera -respondió Lou antes de que Tom pudiera intervenir-, y
será
sólo hasta que mi contrato finalice el uno de enero. Cuando llegue esa fecha
regresaré a Austin.
Tom
no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. ¿Por qué estaba diciendo
eso?
No le había pedido que se casara con él para mantener a raya a Dana y a Nickie,
aunque en un principio hubiera surgido la idea del compromiso medio en broma. ¿Hasta
ese punto lo había malinterpretado?
Jane
estaba tan perpleja como él. Desde el infame comportamiento de Dana, años
atrás,
Tom no había vuelto a confiar en las mujeres, y cuando había empezado a
oír
comentarios sobre su tempestuosa relación con su ayudante, y le habían contado lo
del beso en la fiesta de Navidad, Jane había albergado esperanzas de que al fin
hubiese encontrado el amor pero... ¡qué le fuera a comprar un anillo y a fingir
que estaban comprometidos para quitarse de encima a dos mujeres...! Nunca
hubiera imaginado que fuera esa clase de hombre... ¿No habría sido idea de ella
y no de él? Sí, aquello parecía más plausible.
Lanzó
una mirada airada a Lou y puso una mano en el brazo de Tom.
-
Escucha, Copper, esa es una idea estúpida. En cuanto ella se marche, te
convertirás en el hazmerreír de todo Jacobsville, ¿no te das cuenta? Incluso
podría dañar tu reputación...-le dijo muy seria.
Tom
apretó la mandíbula.
-
Agradezco tu preocupación -le dijo suavemente, aunque no comprendía aquella
mirada
acusadora que le había dirigido a Lou-, pero...
-
Tiene razón -lo interrumpió Lou, profundamente dolida-, esto es estúpido. No
puedo hacerlo -balbució con ojos atormentados-. ¡Perdonadme, tengo que irme!
Y
salió corriendo de la joyería antes de que Tom pudiera ver las lágrimas en sus
ojos.
Cruzó la calle, entró en unos grandes almacenes y se metió en el servicio de
señoras
llorando a lágrima viva, ante el estupor de una dependiente que salía en ese momento.
En
la joyería, Tom, que se había quedado de piedra al ver marcharse a Lou, estaba
increpando
furioso a Jane.
-¡Por
el amor de Dios! ¿Por qué has hecho eso? ¡Me ha llevado días convencerla
para
que aceptara casarse conmigo! ¡Lo de Dana y Nickie fue sólo un pretexto!
Jane
contrajo el rostro, aturdida.
-
Yo... no comprendo -murmuró.
El
dejó escapar un pesado suspiro.
-
Lou está enamorada de mí, pero el matrimonio de sus padres fue un desastre y
tiene
pavor a casarse -le explicó.
Jane
no sabía qué decir. Había acusado veladamente a la joven, y para colmo,
probablemente le había dado una impresión equivocada de su relación con Tom. Eran
muy buenos amigos, pero nada más que eso, por mucho que corriesen rumores
acerca de lo contrario. Se preguntó si aquellas habladurías habían llegado a
oídos de Lou, y si las habría creído. ¡Y pensar que había invitado a Tom a
cenar, ignorándola a ella por completo...!
-
He metido la pata hasta el fono, ¿verdad? -inquirió, sintiéndose falta-. Yo no
podía saber... creía que simplemente habías salido a hacer unas compras
aprovechando la hora de comer...
-
Será mejor que vaya tras ella -dijo Tom.
-
Tal vez deberías esperar un poco -murmuró Jane-. Debe estar dolida, y quizá
quiera
estar sola.
Pero
él, desoyendo el consejo de su amiga, salió de la joyería y entró en los
grandes almacenes donde la había visto meterse.
-
¿Ha visto entrar a una joven más o menos así de alta, rubia y de ojos
castaños...?-
le
preguntó a la primera dependienta que encontró, que precisamente era la
que
se había cruzado con Lou-. Lleva un traje de chaqueta y pantalón beige.
-
Oh, sí...pobrecilla, entró a los servicios llorando como una Magdalena, y ya
lleva
ahí
casi diez minutos. Estaba a punto de entrar a preguntarle si se encuentra bien.
Tom
se sintió como un vil gusano. La había hecho llorar. Imaginar a alguien tan
fuerte
como Lou llorando le partía el corazón. ¿Si Jane hubiera mantenido su preciosa boquita
cerrada! Para él era como una hermana, y a menudo solía actuar como tal opinando
sobre su vida y aconsejándolo. Por lo general no le importaba, incluso le hacía
gracia, pero en aquella ocasión se había pasado.
-¿Podría
entrar y pedirle que salga?
La
mujer asintió y entró en los servicios, para volver a los pocos minutos con
Lou. La joven tenía los ojos rojos, pero llevaba la barbilla muy alta, como
dando a entender que no necesitaba la compasión de nadie.
-
Vámonos, llegaremos tarde al hospital -murmuró.
Tom
decidió que no era el momento ni el lugar para discutir. Salieron de los
grandes
almacenes y se dirigió en silencio hacia el lugar donde había dejado aparcado el
coche. Tampoco hablaron durante el corto trayecto hasta el hospital y cuando
llegaron, Lou se fue directamente a su consulta y cerró la puerta tras de sí.
Se
dejó caer en la silla giratoria tras su escritorio, sin ninguna gana de
trabajar. Sus
ilusiones
habían quedado hechas trizas. Tal vez pudiera decirles a los demás que todo aquello
no había sido más que una broma y dejar que Tom se quitara de encima a Nickie y
a Dana diciéndoles la verdad: que no estaba interesado en tener una relación con
ellas. Era lo que debería haber hecho desde el principio. Conociéndolo, Lou
sabía por propia experiencia que no era un hombre al que le costase decir lo que
pensaba, sin importarle quién pudiera estar escuchándolo.
DIEZ
Jane
se sentía tan mal por lo ocurrido, que no pudo dejar de pensar en ello en toda
la
semana, y a finales de la misma llamó a Tom para preguntarle qué podía hacer
para
arreglarlo.
-
Me temo que nada -murmuró él con pesimismo-. No me ha dirigido la palabra en
toda
la semana, y anteayer volvió a redactar una carta de dimisión y me la dejó
sobre la mesa.
-
¿Y si organizo una fiesta de despedida para ella? -sugirió Jane-. Así quizá, en
un
ambiente más distendido, podrías hablar con ella y hacerla cambiar de idea.
-
No sé, Jane, no creo que...
-
¿Y si la llamo?
-
Oh, dudo que quiera hablar contigo -replicó él, dejando escapar una risa
amarga-Nos ha puesto a los dos en su lista negra.
Jane
suspiró.
-
¿No hay nadie a quien pudiera escuchar?
-
Bueno, podrías pedirle a Gustav Schafer que hablara con ella -propuso Tom-. Son
muy
amigos.
-
Entonces lo intentaré.
-
En cualquier caso, yo que tú no enviaría ninguna invitación antes de que ella
te diga que sí -le advirtió Tom-. Está muy dolida.
-
Lo imagino -murmuró ella-. De verdad que lo siento, Copper, yo sólo estaba
preocupada por ti.
-
Lo sé, Jane -respondió Tom-. El único problema es que ella no.
-
Supongo que también habrá escuchado los rumores sobre nosotros, y eso...
-
¿Qué rumores? -inquirió Tom, frunciendo el ceño.
-
Pues...bueno, que hay algo más que amistad entre nosotros. La gente sigue
creyéndolo,
aun después de que me haya casado con Todd. Si ha llegado a oídos de Lou, es
posible que ella también piense que es cierto.
-Tal
vez -concedió Tom-, pero ella mejor que nadie tiene que saber que yo... -de
pronto
una idea cruzó por su mente y se quedó callado.
¿Sería
posible que Dana hubiese estado envenenado los oídos de Lou? Su antigua
prometida
siempre había creído que Jane y no su romance con Fielding Blakely lo que había
hecho que él rompiera con ella. Si le había dicho que seguía enamorado de Jane,
era muy probable que la forma de actuar de su amiga en la joyería le hubiera
dado una impresión equivocada a Lou.
-
Estoy en lo cierto, ¿no es así? -inquirió Jane, interpretando correctamente su silencio-.
Es posible que Lou crea que sigues enamorado de mí.
-
Es posible -asintió él.
-
¿Y qué vas a hacer?
-
No lo sé. Supongo que mi única oportunidad es que consigas que Gustav interceda
y la convenza de que vaya a esa fiesta. Tal vez, como dices, consiga que me
escuche.
-
Entonces llamare inmediatamente a Gustav. -le dijo su amiga.
-
Gracias Jane.
-
No tienes que darme las gracias -repuso ella quedamente-. Soy la idiota bocazas
por
cuya culpa ahora estás en esta situación. Lo menos que puedo hacer es tratar de
arreglarlo. Te llamaré y te contaré qué me dice Gustav, ¿de acuerdo?
-
De acuerdo, cuídate.
Gustav
invitó a Lou a comer el día siguiente. Era viernes, y la semana siguiente el
edificio
del hospital que utilizaban como centro de salud cerraría por las vacaciones de
navidad.
-
Hacía mucho que no me invitabas a almorzar -le dijo Lou a su amigo, mientras se
metía
en la boca un trozo del quiche que había pedido-. No será que quieres pedirme algún
favor, ¿verdad? - inquirió y esbozó una sonrisa maliciosa.
-
Pues ahora que lo mencionas... - dijo él, siguiéndole la broma.
Los dos se echaron a reír.
-
La verdad es que estoy aquí para interceder por alguien -admitió Gustav,
poniéndose serio.
Lou
se puso tensa.
-
¿Por quién?
-
Jane Burke.
Lou
soltó el tenedor sobre el plato. Los recuerdos de aquel día en la joyería
regresaron a su mente, y sus facciones se endurecieron.
-
No tengo nada que hablar con ella.
-
Sabe que no quieres nada con ella -repuso Gustav-, y por eso mismo me ha pedido
que interceda por ella. Quiere pedirte disculpas. Dice que malinterpretó la
situación y que lo siente muchísimo. Y también quiere hacer algo para
compensarte -añadió-: quiere celebrar una fiesta de despedida en tu honor el
día de Nochevieja.
Lou
lo miró irritada.
-¿Cómo
puede creer que después de cómo me trató van a quedarme ganas de ir a
una
fiesta organizada por ella?
Gustav
enarcó las cejas.
-
Vaya, ¿tan ofensivo fue lo que te dijo?
-¡No
fue lo que me dijo! -le espetó Lou furiosa-. ¡Me acusó indirectamente de querer
arruinar la reputación de Tom...! ¿Cómo pudo atreverse a decir algo semejante? ¡Sobre
todo cuando corren rumores de que tiene un romance con Tom estando casada...!
-Lou...,
Lou..., cálmate, te va a dar algo -trató de apaciguarla Gustav.
-¡No
quiero calmarme! -masculló ella-. ¿Esa... mujer! ¿Cómo pudo atreverse?
-
Escucha, Lou. Conozco a Jane y a Copper hace años, y pudo decirte que no hay
absolutamente
nada entre ellos. Es ridículo. Jane está muy enamorada de su marido, y Copper
no es de esa clase de hombre.
-¿Puedes
asegurarme también de que él nunca la ha amado?, ¿y que no sigue
enamorado
de ella?
A
Gustav le hubiera gustado hacerlo, pero, aunque eran viejos amigos, no podía
ver en el interior del corazón de Tom. Sabía que le había costado aceptar el
matrimonio de Jane, pero también tenía la impresión de que sentía algo por Lou.
-¿Lo
ves? -farfulló Lou-, no puedes negarlo. El que me pidiera que me case con él
no
implica que...
-¡¿Te
ha pedido que te cases con él?!
-¿No
lo sabías? - Lou se llevó la taza de café a los labios y tomó un sorbo-. Al
principio quería que fingiera que nos habías prometido para quitarse de encima
a Dana y a Nickie, y luego decidió que ya puestos podíamos casarnos de verdad.
Me pilló en un momento de debilidad y no pude decirle que no, así que al día
siguiente, a la hora del almuerzo, fuimos a una joyería del centro a comprar el
anillo de compromiso, pero Jane estaba allí. Se puso muy grosera conmigo, pero
Tom no hizo nada por detenerla. De hecho, hizo como si no estuviera allí en
absoluto.
-¿Y
eso fue lo que más te dolió, no es cierto?- inquirió él suavemente.
-
Supongo que sí -murmuró ella-. Pero tampoco quiero que sientas lástima de mí,
Gustav.
No me he hecho ninguna ilusión tonta respecto a él, ¿sabes?- añadió con una sonrisa
triste-. Sé que me desea, pero no está enamorado de mí.
-
¿Y él sabe que tú estás enamorada de él?
Lou
asintió con la cabeza.
-
Mi madre solía decir que soy como un libro abierto. Era difícil que no se diera
cuenta.
Gustav
tomó una de las manos de la joven entre las suyas.
-Lou,
¿y no crees que vale la pena que le des una segunda oportunidad?- le preguntó-.
¿Por qué no dejas que Jane dé esa fiesta en tu honor? Está deseando enmendar el
daño que te hizo, y allí podrías hablar con Copper y preguntarle por qué quiere
casarse contigo. A lo mejor te sorprende.
-
Lo dudo -repuso Lou con pesimismo-. Sé por qué quiere casarse conmigo, pero yo no
quiero casarme. Es verdad que estoy loca por él, pero sé lo que un matrimonio
le puede hacer a dos personas, y no lo quiero.
-
Lou, no puedes pensar que todos los matrimonios estén abocados al fracaso sólo
porque
ocurrió con el de tus padres -le dijo Gustav-. Yo fui feliz en mi matrimonio,
tuve doce años de las etérea felicidad. Un matrimonio es lo que "tú"
hagas de él. Si las dos personas se aman...
-
Mi madre amaba a mi padre, y siempre excusaba la brutalidad de mi padre, y sus
defectos
-insistió ella.
-
Eso no era amor -repuso él-. era una forma de sometimiento. ¿Es que no eres
capaz de ver la diferencia? Si tu madre de verdad hubiera amado a tu padre, se
habría enfrentado a él y habría tratado de ayudarlo a dejar el alcohol y las
drogas.
Lou
sintió como si las como si las palabras de Gustav le hubieran abierto los ojos.
Nunca
lo había visto bajo esa perspectiva.
-
Creciste en una familia disfuncional -continuó su amigo-, no en una familia
normal, por eso te cuesta tanto aceptar la posibilidad de que el matrimonio
puede ser distinto del de tus padres -dijo acariciándole la mano-. Lou, se puede
tener un matrimonio sólido y feliz, no es un imposible. Basta con que las dos
personas se quieran y estén dispuestas a comprometerse.
Lou
bajó la vista a la mano izquierda de Gustav. En el dedo anular todavía llevaba
su anillo de casado.
-
Tom no me ama -murmuró.
-
Pues haz que se enamore de ti.
Lou
se rió con amargura.
-
¿Cómo? Estoy segura de que sigue amando a Jane, y no se pude luchar contra
un
fantasma. Tú deberías saberlo mejor que nadie, Gustav, porque desde que Eve murió
ninguna otra mujer ha logrado interponerse entre tú y tus recuerdos. Dime, ¿cómo
te sentirías si de pronto te enterases de que hay una mujer que está
perdidamente enamorada de ti?
Gustav
se quedó aturdido por la pregunta.
-
Bueno, no lo sé -murmuró-. Supongo que me sentiría mal por ella -admitió.
-
Y probablemente así es cómo se siente Tom respecto a mí -le dijo Lou-, y tal
vez
eso explique por qué quiere casarse conmigo, ¿no crees? Tendría sentido.
Gustav
meneó la cabeza.
-No,
no lo tiene. Lou, no le propones matrimonio a alguien por que sientas lástima.
-
Tal vez tú no, pero, ¿puedes hablar por Tom? - Le espetó ella-. Quizá ni
siquiera
se
trate de lástima, sino de venganza. Quizá quiera casarse conmigo para vengarse
de
Jane por haberse casado con otro hombre, o quizá para vengarse de Dana.
-
Lou, Copper no es así de rastrero.
-
Las personas pueden actuar de un modo impredecible cuando están enamoradas
-le
respondió ella-. Ojalá me amase, Gustav. Si sintiese algo por mí me casaría con
él con los ojos cerrados, a pesar de mis miedos y mis dudas, pero sé que no es
así.
Gustav
bajó la vista.
-
Lo siento -le dijo soltándole la mano y reclinándose en el asiento con un
suspiro-.
Ojalá
tuviera yo una pócima para hacer que se enamorase de ti. Te mereces ser feliz.
Lou
sonrió débilmente.
-
Gracias Gustav.
Los
dos se quedaron en silencio un instante, y al cabo de un rato, Lou dijo:
-
Me han llamado de un hospital privado de Houston. Les envié mi currículum y parece
que están interesados.
Era
una buena noticia, pero Gustav advirtió que no parecía muy contenta.
-
He oído que Tom ya está entrevistando a los posibles candidatos a reemplazarme
-añadió
ella-, así que supongo que finalmente ha aceptado mi renuncia.
-
¿Lo... supones? – repitió Gustav, extrañado ante la palabra que había usado.
-
Hace días que no nos hablamos -respondió ella, encogiéndose de hombros.
-
Ya veo -murmuró su amigo.
De
modo que así de mal estaban las cosas, pensó para sí. Tom y Lou se habían
distanciado,
temerosos de dar ese paso final hacia el compromiso. Ella tenía sus razones, pero,
¿cuáles eran las él?, se preguntó. ¿Sería verdad que sentía lástima de Lou y
por eso le había propuesto matrimonio?, ¿o seguiría enamorado de Jane?
-Jane
es una buena chica -le dijo a Lou-. Si la conocieras te darías cuenta de que
no
es la clase de persona que disfruta haciendo daño a los demás. De hecho, como
te he dicho, se siente fatal por lo que ocurrió el otro día. Vamos, Lou, ¿por
qué no le das una oportunidad? Sólo quiere arreglar las cosas.
Lou
pareció considerarlo.
-¿Y
estás seguro de que él irá? -murmuró ella.
-
Más le vale -respondió Gustav-, o la gente empezará a murmurar de nuevo,
diciendo que se alegra de deshacerse de ti.
Lou
dejó escapar un profundo suspiro.
-Está
bien -claudicó.
-¡Estupendo!
Llamaré a Jane en cuanto llegue a casa y se lo diré. No te arrepentirás,
Lou,
ya lo verás. Oh, y, por favor, no le digas que sí todavía a esa gente de
Houston.
Pero
ella meneó la cabeza.
-
Ya he tomado la decisión, Gustav. Quiero empezar de nuevo. Lo necesito. Iré a
esa fiesta, pero no creo que funcione. De todos modos, gracias, y gracias por
el almuerzo.
-Ni
hay de qué -respondió él, entristecido por su respuesta-. Oh, por cierto, me
voy
a
pasar las Navidades a Maryland, con la familia de Eve, como de costumbre, así
que, si no nos vemos, que pases unas buenas Navidades.
-
Tu también, Gustav -dijo ella con sincero afecto.
El
jueves siguiente, el día que cerraban por vacaciones de Navidad, Tom entró
en
la consulta de Lou. No se habían visto en toda la semana porque él había estado
muy
ocupado con varias operaciones. Parecía agotado, pensó. Había nuevas arrugas en
su rostro y tenía los ojos enrojecidos por la falta de sueño.
-¿No
podías habérmelo dicho en persona? -le espetó, blandiendo una carta en su
mano.
Era
una nota que Lou le había dejado el día anterior, diciéndole que querían
hacerle una última entrevista, pero que era casi seguro que la contrataran en
aquel hospital privado de Houston.
-Nunca
estabas en tu consulta -le dijo-. Tom, yo... quiero que sepas que me
siento
muy agradecida por la experiencia que he adquirido trabajando contigo.
Pero
Tom no iba a dejar que se desviase del tema.
-
Escucha, conozco ese hospital. Tienen a sus empleados trabajando como esclavos,
y su concepto de la medicina no es precisamente muy humano, sólo les interesa ganar
dinero. ¿Te das cuenta de que sólo podrás dedicarle cinco minutos a cada
paciente, con un timbre que te avisará cada vez cuando se agote el tiempo?, ¿y
que al ser nueva te encargarán todos los trabajos duros y pesados?, ¿y que
tendrás que hacer guardias los fines de semana y las vacaciones al menos
durante el primer año?
-
Sí, lo sé. Me lo dijeron cuando hablamos de las condiciones del contrato -le
dijo,
pero
no añadió que la había deprimido el sólo pensarlo.
Tom
se cruzó de brazos y se apoyo en la pared.
-
No hemos llegado a hablar de lo que ocurrió el otro día- murmuró.
-
No hay nada que hablar -respondió ella.
-
Por supuesto que sí. Te pedí que te casaras conmigo, fuimos a comprarte un
anillo, y de pronto empezaste a decirle a Jane que era todo una farsa.
Los
recuerdos de aquella tarde eran aún demasiado dolorosos para ella. Bajó la
vista a la carpeta que tenía apretada contra el pecho.
-
Tú mismo me dijiste que sería un buen modo de deshacerte de Dana y de Nickie -le
recordó.
-
Sólo fue una idea estúpida, y ése no es el motivo por el que te pedí que te
casaras conmigo.
-
Da igual, de todos modos no quiero casarme, ni contigo ni con nadie.
-
¿Vas a negar que me amas?- inquirió él, mirándola a los ojos.
Lou
no habría podido hacerlo aunque se lo hubiera propuesto.
-
Todos estos meses he estado locamente enamorada de ti -admitió -tal vez porque estabas
fuera de mi alcance.
-
Y me deseas -añadió él-. ¿Qué excusa tienes para eso?
-
Soy humana -contestó ella, sonrojándose ligeramente.
-
Jane me ha dicho que va a dar una fiesta en tu honor -murmuró Tom-, y tengo
entendido
que vas a ir.
-Fue
Gustav quien me convenció -dijo ella. Se quedó un momento callada, vacilante, pero
finalmente volvió a hablar -. Tom, yo... Comprendo que Jane y tú no podáis evitar
sentir lo que sentías.
-¡Maldita
sea! ¡Eres igual que su marido!
La
furiosa reacción de Tom la había dejado de piedra.
-
Todo... todo el mundo sabe que estabas enamorado de ella –balbució.
-
Exacto, lo estuve -corrigió él-, pero ahora está casada.
-
Eso es lo que yo quería decir -intervino ella con suavidad-. Debe ser terrible
para
ti...
Tom
se tapó el rostro con las manos y se las pasó por el cabello, emitiendo un
gruñido
de frustración.
-¡Dios!
- masculló.
-
Yo lo comprendo, es natural que no lo puedas evitar... - continuó Lou.
Él
sacudió la cabeza.
-
No puedo hacértelo entender, ¿verdad? -dijo con aspereza-. Ni siquiera estás
escuchándome.
-¿Qué
más quieres que escuche? -le espetó ella-. Ya he tomado una decisión y no
voy
a cambiarla: el uno de enero me iré, y no creas que voy a llorarte, pienso
olvidarme de ti. Espero que hayas encontrado a alguien para reemplazarme.
-Sí,
he encontrado a alguien -contestó él irritado-, a un graduado de la universidad
John
Hopkins. Empieza el dos de enero.
Lou
no había esperado esa respuesta, y tuvo que tragar saliva y hacer un gran
esfuerzo para contener las lágrimas.
-
Esa es la fecha en la que yo empezaría en el hospital de Houston -murmuró.
-
Bien -masculló él.
-
Bien- contestó ella en el mismo tono irritado.
Hubo
un largo silencio, y Tom dejó escapar un pesado suspiro.
-
Ya que estamos en la época que estamos, podríamos enterrar por unos días el
hacha
de guerra -sugirió. -¿Por qué no pasamos juntos el día de Navidad?
Lou
sacudió la cabeza, incapaz de pronunciar una palabra. Sabía que, de hacerlo,
él
notaría en su voz que estaba a punto de echarse a llorar.
-
Como quieras -murmuró Tom-. Feliz Navidad, entonces.
Se
dio la vuelta y abrió la puerta, pero de pronto se detuvo con la mano en el
pomo y se giró hacia Lou.
-
Si Jane no hubiera estado en la joyería y no hubiera pasado lo que pasó,
¿habrías
seguido
adelante?, ¿te habrías casado conmigo? -le preguntó abruptamente.
Las
manos de Lou apretaron la carpeta.
-Eso
es algo que ya nunca podré saber -balbució.
Tom
se apoyó en el marco de la puerta y entrecerró la puerta.
-Sé
que no quieres oír esto, pero de todos modos voy a decírtelo. Jane y yo fuimos
más
que amigos hace años, pero fue durante un espacio de tiempo muy corto, y más por
mi parte que por la suya. Quiere a su marido y no sería capaz de serle infiel.
Respecto a mí, lo que sentía por ella pertenece al pasado.
-
Me alegro por ti -respondió ella.
-
¿Y qué me dices de ti?, ¿no significa nada para ti?
Lou
se sentía como un animalillo acorralado. La mirada de Tom descendió hasta
sus
labios y permaneció allí tanto rato que el corazón empezó a latirle como un
loco. Sus ojos se encontraron. Lou notó que no era capaz de apartar la vista,
era como si sus iris cafeses fuesen imanes, y tuvo que luchar con todas sus
fuerzas para contener el deseo de ir a su lado, apretarse contra su cuerpo y
rogarle que la besara hasta dejarla sin aliento.
-
¿Y dices que vas a olvidarme? -murmuró Tom con ironía-. ¡Ni en un millón de
años,
doctora!
Y
salió de la consulta, silbando mientras se alejaba por el pasillo. Lou maldijo
entre
dientes.
Se había delatado de nuevo.
ONCE-FINAL
Esa
tarde, cuando terminó las visitas que tenía que hacer, Lou se pasó por el
control de enfermería antes de irse, para peguntar si habían podido contactar
con el marido de una mujer que había ingresado ese mismo día, ya que cuando
llegó a urgencias estaba fuera de la ciudad.
Después
de que se lo confirmaran, estaba desandando sus pasos por el largo corredor,
cuando vio aparecer a Tom. Parecía furioso y sus ojos refulgían.
Sin
decirle una palabra, la agarró del brazo y la arrastró tras él, ante las
miradas divertidas del personal que iba y venía.
-¿Qué
demonios estás haciendo? -le preguntó Lou casi sin aliento.
-
Quiero que le digas a un... - se mordió la lengua para no decir la palabra que
en
realidad
quería decir- ..."caballero" que tenemos en el pabellón de urgencias,
que he estado toda la mañana trabajando.
Lou
frunció el ceño sin comprender, pero Tom no se detuvo hasta que llegaron a
un
cubículo en el que había un hombre alto, rubio, y fornido, tan malhumorado como
él, al que le estaban vendando la mano.
Tom
la soltó y señaló con la cabeza al hombretón.
-
Vamos, díselo -le indicó a Lou.
Ella
le dirigió una mirada perpleja, pero se volvió hacia el desconocido y le dijo:
-
El doctor Kaulitz ha estado en el hospital toda la mañana. Aunque hubiera
querido no habría podido salir -añadió-, porque hoy hemos tenido el doble de
pacientes. Siempre ocurre igual antes de las vacaciones.
El
hombre pareció tranquilizarse un poco, pero siguió mirando a Tom como si
quisiera
fulminarlo allí mismo. Se escuchó una pequeña conmoción en el pasillo, y de pronto
pareció Jane, visiblemente agitada y asustada.
-
¡Todd! ¡Todd!, ¿estas bien? -exclamó, corriendo al lado del desconocido-.
Cherry
me
dijo que habías tenido un accidente con el coche, y que había llamado a una
ambulancia...-balbució temblorosa, tomando la mano sana del hombre entre las
suyas y con lágrimas asomando a sus ojos grises-. ¡Pensé que te habías matado
en la carretera...!
-
Pues claro que no -replicó el hombre suavemente, atrayendo la cabeza de Jane
hacia
su pecho y apretándola contra sí-. No seas tonta... -la increpó suavemente-,
estoy bien. Sólo me he pillado la mano con la puerta del coche. ¿Qué te dijo
Cherry?
-
Bueno -murmuró Jane azorada-, la verdad es que no dejé que acabara de
explicarme. En cuanto me dijo que te habían traído al hospital me vine
corriendo...
-
Pues no tienes que preocuparte, estoy bien, ni siquiera está rota, sólo un poco
magullada.
Jane
se volvió hacia Tom.
-¿Seguro
que no tiene nada?
Tom
asintió con la cabeza, pero a Jane no le pasó desapercibida la expresión
irritada
en su rostro, y al girarse de nuevo hacia su marido, vió que también él parecía
enfadado.
-¿Qué
es lo que pasa aquí? -inquirió Jane, oliéndose algo.
Todd
Burke la miró con el ceño fruncido, pero no dijo nada, así que fue Tom
quien
habló:
-
Pues que tú y yo nos hemos visto en secreto esta mañana en tu casa, mientras
Cherry
y él estaban fuera..., o al menos eso es lo que dice el cartero, que vio un
Jaguar gris aparcado en tu puerta -explicó irritado.
Jane
puso los ojos en blanco y lanzó los brazos al aire.
-
Por supuesto que vio un Jaguar gris... -le dijo a su marido-, que pertenece a
la gerente de la compañía que está confeccionando la ropa de mi colección.
Tiene un Jaguar plateado exacto al de Copper.
Todd
Burke enrojeció ligeramente.
-
Por eso te pillaste la mano con la puerta del coche, ¿verdad? -adivinó Jane-.
Porque el metomentodo del cartero andaría por allí y no podía esperar para
contarte lo que tu esposa estaba haciendo a tus espaldas -masculló-. ¡Cuando lo
vea se va a enterar!
Todd
enrojeció aún más.
-¿Cómo
querías que yo supiera que esa gerente tenía un Jaguar plateado? -le espetó, tratando
en vano de justificarse.
Tom
soltó de un golpetazo su carpeta sobre la camilla en la que estaba sentado
Todd.
-¡No,
si al final resultará que la culpa va a ser de Jane, por no decirte que esa
mujer
tiene
el mismo coche que yo! -le gritó enfadado.
Todd
se puso de pie, mirándolo desafiante.
-
Copper... Todd... por favor... -los increpó Jane-. ¡Ya es suficiente!
Su
marido no estaba de acuerdo. Se volvió hacia Lou, que parecía tan desolada
como
se sentía por dentro.
-
Tengo entendido que también han roto su compromiso, ¿no es verdad? -le dijo a
la
joven-. ¡Tenían que haberse casado hace años y así no estarían haciéndonos
sufrir!
Lou
lo miró a los ojos, y sacudió muy despacio la cabeza. De pronto había
comprendido lo que estaba sucediendo.
-
El doctor Tom es la persona más recta y honrada que he conocido -replicó-. No
es
de esa clase de hombres que actúan solapadamente, y nunca rehuye sus
responsabilidades. Si confiara en su esposa, señor Burke, no haría caso de los
rumores, ni de las invenciones de la gente. En las ciudades pequeñas siempre
hay habladurías, pero sólo un tonto cree todo lo que oye.
Tom
enarcó las cejas, sorprendido de que hubiera salido en su defensa tan
inesperadamente.
-Gracias,
Lou -dijo Jane quedamente-. Es más de lo que me merezco después de
cómo
me comporté contigo, pero gracias -se volvió hacia su marido-. Espero que
hayas
escuchado bien, porque tiene razón -le dijo. Estaba enfadada, y se le notaba-Me
casé contigo porque te quería, y todavía te quiero, ¡aunque sólo Dios sabe por
qué!
Nunca me escuchas cuando intento explicarme; siempre prefieres agarrarte a los rumores
sobre Copper y sobre mí.
Lou
se puso roja como una amapola. Podría decirse lo mismo de ella. No se atrevía
a
alzar la vista hacia Tom.
-
Y para que te des cuenta de lo ridículo que puedes llegar a ser al creerte las
mentiras que difunde la gente- continuó Jane increpando a su esposo-, te diré
algo que no sé si mereces que te diga: ¡estoy embarazada, y para que te
enteres, no, no es de Copper!
Todd
Burke se quedó boquiabierto y tardó un buen rato en racionar.
-¡Jane!.
¡Oh, Jane! -dijo levantándose, y abrazándola con fuerza-. ¿Es verdad eso?
-Sí,
pedazo de alcornoque... estaba deseando decírtelo, pero tú...
No
pudo terminar la frase, porque su marido estaba besándola como si no fuera a
haber
un mañana. Lou, algo azorada, se deslizó fuera del cubículo y salió al pasillo.
Justo
en ese momento, Tom apareció a su lado.
-Espero
que eso lo haya convencido -masculló-. Gracias por defenderme -añadió-.
Lástima
que no creas una palabra de lo que estabas diciendo.
Lou
se metió las manos en los bolsillos del pantalón.
-Creo
que es cierto que Jane quiere a su marido -dijo quedamente-, y también que
no
hay nada entre vosotros, pero eso ya no importa, porque en enero me iré. Tu
vida privada ya no me concierne en absoluto.
-
Porque tú así lo has querido -le recordó él.
El
tono sarcástico en su voz la hirió.
-
Disculpa, pero ha sido un día muy largo y quiero irme a casa.
-
Yo también me iba -respondió él-. Espera un segundo. Voy a por la chaqueta y te
acompaño
hasta el aparcamiento.
Minutos
más tarde se detenían frente al coche de Lou.
-Gustav
quería muchísimo a su esposa -dijo ella-, tanto, que doce años después aún no
se ha repuesto de su muerte. Incluso sigue yendo a pasar las Navidades con la familia
de ella. Le pregunté cómo se sentiría si se enterara de que una mujer estaba enamorada
de él, ¿y sabes qué me respondió? Que sentiría lástima por ella, porque no
podría corresponderla jamás.
-
¿Por qué me cuentas eso? -inquirió él sin comprender dónde quería ir a parar.
-
Porque tú sigues enamorado de Jane -le contestó Lou-. Hasta que no hayas
superado ese desengaño, no podrás entregarte en cuerpo y alma a nadie más. Por
eso no quiero casarme contigo.
Tom
había fruncido el entrecejo, y estaba mirándola patidifuso, incapaz de
pronunciar una palabra.
-
Jane es parte de tu vida -continuó Lou-, una parte muy importante, y aunque
ella
haya
logrado dejar atrás el pasado, tú aún no lo has conseguido. Yo... lo entiendo,
y
pienso
que tal vez algún día puedas hacerlo, pero hasta entonces no es justo que
intentes comprometerte con otra persona.
Tom
meneó la cabeza.
-
Jane estaba empezando en el mundo del rodeo cuando yo empecé como interno
en
este hospital -le explicó-. Un día se cayó de un caballo y la trajeron a
urgencias. Fui yo quien se ocupó de ella, y desde el momento en que nos
conocimos congeniamos. Cuando la dimos de alta quedamos un par de veces, y
luego con más frecuencia. Es una mujer muy especial.
-
Lo sé -murmuró Lou-. Gustav me dijo que es muy buena persona.
-
Lo es -asintió él.
Se
quedaron los dos callados, y Lou, incómoda por ese silencio, sacó las llaves
del
coche
del bolsillo de su abrigo.
-
Se hace tarde -dijo-, me marcho ya.
Pero
Tom la tomó del hombro, evitando que le diera la espalda.
-
Lou, nunca le he hablado a Jane de mi padre.
Ella
frunció el entrecejo. Jamás hubiera imaginado que tuviera secretos con Jane.
Alzó
los ojos hacia él y lo miró largo rato, como si estuviera tratando de
desentrañar un misterio.
-Curioso,
¿verdad? -le dijo Tom-. Y hay otra cosa curiosa que me pasa contigo,
pero
es algo que aún no me siento preparado para decirte.
Se
acercó a ella, y Lou sintió que debería apartarse, detenerlo...pero no quería
hacerlo.
Él inclinó la cabeza y la besó sensualmente en los labios. Lou no protestó en absoluto,
sino que le rodeó el cuello con los brazos, abriendo la boca para permitirle un
contacto aún más íntimo.
Mientras
la besaba, Tom se inclinó más sobre ella, empujando a la joven contra
la
puerta del coche, como aquel día, tras la fiesta de Navidad. Lou trató de decir
algo, pero la insistencia de los besos de Tom no se lo permitió.
-¿Qué
ocurre? -murmuró el despegando un instante su boca de la de ella.
-
Este lugar es... demasiado.... público -balbució Lou, luchando por recobrar el
aliento.
Tom
levantó la cabeza y miró en derredor, advirtiendo la presencia de algunos
curiosos
en el aparcamiento y también en la entrada del pabellón de urgencias.
-
Demonios -masculló irritado, apartándose de ella-. Ven a mi casa -sugirió con
la
respiración
entrecortada como la de ella.
Lou
sacudió la cabeza antes de que se esfumara su fuerza de voluntad.
-No
puedo.
-
Gallina.
Lou
se sonrojó.
-Está
bien, sí que quiero ir -lo reconoció-, pero no voy a hacerlo. ¡Eres horrible,
Tom Kaulitz, aprovechándose de las debilidades de los demás! ¡No es justo!
-
Sí que lo es -la corrigió él divertido, esbozando una sonrisa lobuna -. Vamos,
¡atrévete,
Lou! Arriésgalo todo a una sola carta. Siempre te comportas como una
científica:
analizando cada posible movimiento, sus posibles consecuencias... ¡Por una vez
en tu vida sé temeraria!
-No
-volvió a negarse ella, ésta vez con una firmeza inusitada-. ¿Me has besado
para que nos viera ella? -inquirió furiosa.
Tom
frunció el ceño contrariado, y siguió la dirección de su mirada. Todd y Jane
estaban
en la escalinata de entrada del pabellón de urgencias, observándolos.
-
No - respondió aturdido -. Ni siquiera sabía que estuvieran ahí -le dijo con
sinceridad.
Pero
Lou no lo creyó.
-
A otro perro con ese hueso -murmuró.
Se
metió en el coche, introdujo la llave en el contacto, lo puso en marcha y se
alejó.
Las
piernas le flaqueaban, pero se dijo que al cabo de un rato dejarían de temblar.
Y quizá también el resto de su cuerpo. Tom la estaba volviendo loca. Gracias a
Dios
que
se marcharía pronto.
Minutos
después de que Lou llegara a casa, el teléfono empezó a sonar insistentemente.
-
¿Diga? -contestó Lou finalmente, que llevaba un rato tratando de ignorarlo con
la
esperanza
de quien estuviera llamando desistiera.
-
Todavía estás temblando de deseo, ¿a que sí? -le preguntó entre burlona y seductora
la voz de Tom.
A
Lou casi se le resbaló el auricular entre los dedos.
-¿Qué
diablos quieres? -balbució.
-
Una invitación a cenar el día de Navidad, por supuesto -dijo él-. No quiero
sentarme un año más delante del televisor y comerme un triste sandwich o un
trozo de pizza.
Lou
todavía estaba enfadada con él por haberla hecho pasar vergüenza ante tanta
mirada
ajena por segunda vez. El personal del hospital se pasaría al menos dos semanas
hablando de ello. Menos mal que ella ya no estaría para tener que soportarlo.
-
Un triste sadwich o un trozo de pizza es precisamente lo que te mereces -le
dijo.
-
Oh, vamos, no seas cruel, Lou. Estamos en Navidad. Escucha, yo llevaré la
ensalada y el postre si tú preparas el pavo, ¿qué me dices?
Lou
no pudo evitar dudar. Lo cierto era que se moría por pasar ese día con él, pero
estaba
convencida de que eso sólo haría más difícil su marcha.
-
Venga, Lou, di que sí... -trató de convencerla él con voz aterciopelada-.
Vamos, sabes que estás deseándolo. Si te vas el uno de enero no habrá muchas
más ocasiones para estar juntos. Además, ¿qué puedes perder?
"El
respeto por mí misma, mi honor, mi virginidad, mi orgullo...", enumeró
ella para
sí.
Sin embargo, su respuesta fue muy distinta:
-
Bueno, supongo que pasar juntos un día no me matará.
Tom
se rió.
-
Por supuesto que no. Estaré en tu casa el veinticinco a las once de la mañana,
¿de
acuerdo?
Y
colgó antes de que ella pudiera cambiar de opinión.
-
Oh, Dios, ¿qué he hecho? -gimió Lou, mirando el auricular en su mano. -"Esto
es
un
error, un terrible error, y voy a arrepentirme el resto de mi vida". -Tom
acabaría
volviéndola
loca de verdad.
El
día de Nochebuena fue al supermercado temprano y compró un pavo pequeño.
La
cajera que la atendió era una de sus pacientes, y le dedicó una sonrisa
significativa cuando vio el pavo y la botella de champán que puso sobre la
cinta transportadora.
Por
suerte, sin embargo, no hizo ningún comentario al respecto, y Lou corrió a casa
antes
de tropezarse con alguien más que hubiera oído los rumores sobre Tom y
ella.
Ya en casa, estuvo limpiando un poco, almorzó, y por la tarde rellenó el pavo y
lo metió en el horno. Había decidido prepararlo el día anterior para no tener
que hacerlo el mismo veinticinco. Así sólo tendría que recalentarlo. Cuando
estuvo hecho, apagó el horno para que se enfriase, recogió y limpió la cocina,
y ya eran casi las ocho cuando se fue al salón, encendió el televisor y se
acurrucó en su sofá con unos vaqueros gastados, una amplia sudadera y unos
calcetines de lana.
Sin
embargo, apenas debía llevar diez minutos sentada, cuando oyó el ruido de un
coche
deteniéndose en la puerta de su casa. Extrañada, fue a la ventana del vestíbulo
a mirar, y frunció el ceño al ver un Jaguar plateado, y cómo se bajaba de él
cierto médico pelirrojo, con una gran caja en los brazos.
-
Ábreme, Lou -la llamó él desde fuera, mientras subía los escalones de la
entrada.
-¿Qué
es eso? -inquirió curiosa, señalando la caja mientras le sostenía la puerta
para
que pasara.
-
Comida y presentes, mi señora.
Lou
no podía estar más sorprendida. No lo había esperado aquella noche.
Cuando
ella hubo cerrado la puerta, siguió a Tom, que se había dirigido a la cocina
y
estaba descargando allí el contenido de la caja.
-
La ensalada -comenzó a enumerar en voz alta-, el aliño, aceitunas, caviar y una
tarta
de chocolate con nueces. No, no la he hecho yo -añadió al ver que se había
quedado mirándolo boquiabierta-. La he comprado. Se me da fatal la repostería.
¿Crees que tendrás sitio en la nevera?
-
Eso podrías habérmelo preguntado antes de presentarte aquí -le dijo ella.
Tom
sonrió.
-
Si te hubiera llamado, habrías escuchado mi voz en el contestador, y habrías
fingido que no estabas en casa.
Lou
se sonrojó. Tenía razón.
-
Creo que hay sitio -murmuró abriendo la nevera, y reordenando un poco las cosas
para que cupiera lo que él había llevado.
Cuando
hubieron terminado, Tom volvió a introducir la mano en la enorme caja,
y
extrajo dos paquetitos.
-
Un regalo que tú me darás a mí y otro que yo te daré a ti -le dijo.
Lou
lo miró irritada.
-
No hacía falta que compraras un regalo para ti mismo -farfulló-. Yo te he
comprado algo.
Tom
enarcó las cejas.
-
¿En serio?
Lou
frunció los labios.
-
El que no pensara pasar el día de Navidad contigo no significa que sea tan
rastrera como para no comprarte nada.
-¿Y
por qué no me lo diste el día de la fiesta de Navidad del hospital? -inquirió
él.
Lou
volvió a sonrojarse.
-
Tú tampoco me diste nada ese día -apuntó.
-
Porque lo estaba guardando para hoy -dijo Tom con una sonrisa.
-
Pues yo también -contestó ella. No iba a ser menos.
-
¿Puedo ponerlos bajo tu árbol de Navidad?
Lou
se encogió de hombros.
-
Claro.
Lo
siguió hasta el salón, y Tom dejó los paquetitos sobre la alfombra, junto al
enorme
árbol que Lou había adornado con bolas de colores, luces, brillantes guirnaldas
y una estrella en la punta, y se sentó a admirarlo. Lou se agachó y se sentó a
su lado.
-
Desde niño siempre me ha encantado la Navidad -murmuró él.
-
Todavía no puedo creerme que no tengamos guardias este fin de semana -le dijo
Lou-.
¿Cómo lo has conseguido?
-
Ya sabes: chantajes y sobornos -bromeó él-. Las Navidades pasadas sí que nos
tocó
trabajar, ¿te acuerdas?
-
Sí, lo recuerdo -murmuró ella-. De hecho me acuerdo que esos días discutimos
más
que de costumbre. El espíritu navideño brilló por su ausencia.
-
Oh, pero era necesario que discutiéramos -le dijo Tom, tumbándose de costado
cuan
largo era, y apoyándose en el codo-. Si no te hubiera estado picando
constantemente, habría acabado haciéndote el amor día sí, día no, en las
camillas en las que examinamos a los pacientes.
-¿Q...qué?
-balbució ella.
Tom
extendió la mano y apartó un mechón de su rostro.
-
Cada vez que intentaba acercarme a ti te apartabas -le dijo-. Eso fue lo único
que
te
salvó, porque te he deseado desde hace mucho, mucho tiempo, Lou, y he luchado desesperadamente
contra ello -añadió, acariciando sensualmente los labios femeninos con los
dedos.
-
¿Po...podrías dejar de hacer eso, por favor? -le regó ella nerviosa.
-¿Por
qué? Sé que te gusta, y a mí también.
La
atrajo hacia sí y se colocó sobre ella.
-
Puedo sentir los latidos de tu corazón -susurró contra sus labios-, y noto tu
respiración entrecortada -su mano se deslizó hacia uno de los senos,
deteniéndose sobre él para estimular el pezón hasta que se endureció-. ¿Lo
ves?, a tu cuerpo también le gusta.
Lou
trató de decir algo, pero Tom la calló con un beso, y ella tardó varios minutos
en
lograr reunir de nuevo la fuerza de voluntad suficiente para despegar sus
labios
de
los de él.
-Tom...
no....
Pero
él empezó a besarla de nuevo.
-Te
deseo, Lou... Te deseo tantísimo....
-
Pero Jane... -insistió ella.
Tom
levantó la cabeza y, para sorpresa de Lou, se rió suavemente y se rodó
hacia
el lado, apoyándose de nuevo en el codo para mirarla a los ojos.
-
Lou, eres peor que Todd Burke. ¿Qué tengo que hacer para convencerte? No estoy enamorado
de Jane. Hace tiempo que no siento por ella más que amistad. De hecho, antes de
que apareciera Todd, ya había roto con ella.
Lou
lo miró asombrada.
-¿Tú
.... rompiste con ella...? Yo creía que seguías enamorado de ella cuando se
casó...
Él
negó con la cabeza.
-¿Quieres
saber por qué rompí nuestra relación?- le dijo.
Lou
lo miró vacilante, tragó saliva y finalmente asintió con la cabeza, muy
despacio.
-Porque
no sentía nada cuando nos besábamos -dijo Tom.
Lou
frunció el ceño.
-
No me excitaba físicamente -añadió él.
Ella,
sencillamente, no podía creerlo.
-
Pero... eso es... imposible -balbució-. Una mujer puede excitar a un hombre
si...
bueno,
si pone empeño en ello.
Tom
se encogió de hombros.
-
Tal vez -le concedió- pero la verdad es que en mi caso yo no sentía un interés
verdadero
por ella. Confundí cariño con amor, y acabé dándome cuenta de que cuando la
besaba era como si estuviese besando a una hermana.
-
Y dices que conmigo en cambio... -murmuró Lou, sin creérselo todavía.
Tom
sonrió y asintió.
-
Cada vez que te toco es como si se disparara fuego por mis venas -le dijo-,me
embriagas.
-
A mí me ocurre lo mismo -le confesó Lou-, pero hay una diferencia entre
nosotros, porque tú sólo me deseas, mientras que yo...
-
¿Eso crees? -la interrumpió él-. ¿Crees que lo único que siento por ti es
deseo?
¿Crees
que sólo con el deseo podría explicarse lo que nos ocurre cuando estamos
cerca
el uno del otro?
-
Yo... yo sólo sé que te quiero -murmuró Lou.
Tom
la miró a los ojos con una dulzura infinita.
-
Y yo a ti -respondió quedamente.
El
corazón le dio un vuelco a Lou y comenzó a latir con tal fuerza que pareció que
fuera
a salírsele del pecho. ¿No estaban engañándola sus oídos? ¿Podrían convertirse verdaderamente
los sueños en realidad? Tal vez sí, se dijo. Estaban en Navidad, una época del
año en la que los sueños se cumplían y ocurrían milagros.
Tom
no dijo nada, sino que siguió mirándola del mismo modo, reafirmándole con
la
mirada lo que le había expresado con palabras. De pronto, se incorporó, tomó
los dos paquetitos que había colocado debajo del árbol y se los entregó.
-
Pero hasta mañana no es Navidad.
-
Para nosotros sí -repuso él-. Anda, ábrelos.
Lou
vaciló, pero finalmente la curiosidad pudo más, y rasgó el envoltorio del
primero.
Era
una cajita, y al abrirla, encontró una cadenita de oro y un colgante en forma
de
medio
corazón. Lou contuvo la respiración.
-
Ahora, abre el otro -le dijo Tom, tomando la cadena con el colgante, mientras
ella
rompía torpemente el envoltorio del otro paquete.
Era
una cajita idéntica, y en su interior estaba el otro trozo del colgante, la
otra mitad del corazón.
-
Y ahora, ponlos juntos -le indicó él, entregándole la otra parte.
Lou
lo hizo, con las manos temblorosas por la emoción y sus ojos fijos en la
inscripción en francés que había escrita en cada mitad: Plus que hier, moins
que demain.
-
¿Sabes lo que dice? -le preguntó él suavemente.
Lou
tuvo que tragar saliva para poder hablar.
-
"Más que ayer..., pero menos que mañana"- murmuró.
-
Que es exactamente lo mucho que yo te quiero -le dijo Tom. Iba a esperar a
mañana
para dártelo, pero, como se suele decir, no hay mejor momento que el presente. Cásate
conmigo, Lou. Sé que te asusta el matrimonio, pero tú me quieres y yo te quiero
a ti, y tenemos suficientes cosas en común como para mantenernos unidos cuando
se agote la pasión... si es que algún día se agota.
Lou
tenía el colgante aún en sus manos y la vista fija en él. Era el regalo más
bonito
y
romántico que pudiera haber imaginado.
-¿Crees
en los milagros, Lou? -le preguntó Tom quedamente-. Yo sí, ocurren todos
los
días, cuando logramos salvar vidas, cuando nacen niños... Ayer mismo ocurrió
uno,
cuando vi ese colgante en la joyería en la que nos encontramos con Jane... -
añadió-,
y ahora mismo estoy esperando que ocurra otro: que me digas que sí.
Ella
alzó hacia él sus ojos castaños llenos de lágrimas. Era incapaz de pronunciar
palabra,
pero asintió con la cabeza, se abrazó a él y lo besó, queriendo expresarle con sus
labios todo lo que sentía por él. A Tom le bastó.
La
que iba a ser la fiesta de despedida de Lou finalmente se convirtió en una
fiesta
de
felicitación por su matrimonio con Tom el día anterior, y la joven pareja casi
se la perdió, tras pasar la noche haciendo apasionadamente el amor. A ella
acudió casi todo el personal del hospital, incluso Nickie y Dana, que finalmente
parecieron aceptar su derrota con deportividad.
Dos
meses después, por el día de San Valentín, Tom le daba a Lou otro colgante,
esta
vez un corazón de rubí. El regalo de ella fue más inesperado: el resultado
positivo de una prueba de embarazo. Tom no cabía en sí de gozo, y nueve meses
después
nacía en el hospital de Jacobsville su primer hijo, al que pusieron por nombre Drew
Jebediah Coltrain.
FIN
HOLA!!! BUENO ... ESTO LES PARECERA RARO PERO ESTOS CAPITULOS SON EL FINAL DE ESTA HERMOSA NOVELA ... ESPERO QUE LES HAYA GUSTADO MUCHO ... BUENO AHORA VAMOS CON LA SIGUIENTE ... ESPERO QUE SE PASEN POR ELLA ... BUENO SIN MAS QUE DECIR ME DESPIDO ... HASTA LA PROXIMA :))
AUTORA: DIANA PALMER
TOM KAULITZ: JEBEDIAH COLTRAIN
GUSTAV SCHAFER: DREW MORRIS ...
COLTRAIN ES PELIROJO Y TIENE LOS OJOS AZULES ... EN LA NOVELA SON CAFECES PORQUE TOM TIENE LOS OJOS DE ESE COLOR ... ;)
Me encantooo virgi aunque es bien raro el final jajaja pero me gusto mucho menos mal que decidieron ser felices y darse una nueva oportunidad, y que emoción que hayan tenido un hijo :)
ResponderEliminarMe encantooo!
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