miércoles, 24 de agosto de 2016

TRES
Lou se puso un discreto traje de chaqueta pantalón color curdo para la cena benéfica a la que iba a ir con Gustav, pero por una vez se dejó el rubio cabello suelto, y se dio un poco de colorete, pintalabios y sombra de ojos.
Cuando Gustav llegó para recogerla se quedó gratamente sorprendido por el cambio, y durante el trayecto en coche hasta el restaurante mantuvieron una conversación distendida que casi hizo olvidar a la joven los sinsabores de la semana... casi, porque cuando entraron en el local se encontraron con que el doctor Kaulitz estaba allí, charlando con un hombre muy trajeado.
Lou frunció el entrecejo contrariada. Desde que llegó a Jacobsville siempre había
oído que no era un hombre al que se soliese ver en actos sociales... a menos que Jane Parker asistiera a ellos. La joven miró en derredor, pero no vio al antiguo amor del médico por ninguna parte. ¿Habría ido acompañado de alguna otra mujer? Su pregunta tuvo una respuesta casi inmediata, cuando vio que una guapa morenita se le acercaba por detrás y se colgaba de su brazo como si fuese un pasaje al cielo.
Tom también la había visto a ella. Cuando Lou se volvió para escuchar lo que
Gustav le estaba diciendo, sus ojos oscuros la escrutaron minuciosamente. No le había visto el cabello suelto en todos los meses que llevaban trabajando juntos, y aquella noche parecía incluso más accesible, más terrenal, aunque, se recordó, era con Gustav con quien había ido a la cena, y probablemente aquella cita no sería la última, se dijo, preguntándose por qué ese pensamiento lo irritaba.
En cualquier caso, intentar imaginar a la joven en la cama de Gustav le resultaba imposible. Era ridículo. El que se hubiese dejado suelto ese glorioso cabello dorado no significaba que de repente se hubiese vuelto totalmente desinhibida. Sin embargo, ese cambio lo había dejado desconcertado, sobre todo porque no lo había esperado.
- Vaya, Cooper ha venido muy bien acompañado - le estaba diciendo Gustav en ese momento a Louise, con una sonrisa maliciosa.
- ¿La conoces? - inquirió ella.
- Pues claro - respondió el- y tu también: es Nickie Nolton, una de las enfermeras
del hospital.
- Oh, no la había reconocido sin el uniforme- murmuró Lou.
- Es una chica muy bonita, ¿no crees?.
- Y muy joven también - dijo ella, asintiendo con la cabeza.
Gustav la tomó de la mano y le dirigió una sonrisa.
- ¡Pero bueno...!, ¡ni que tú estuvieras para ingresar en un asilo...!
Los dos prorrumpieron en risas.
- Eres un buen hombre, Gustav - le dijo ella, mirándolo con cariño y una sonrisa en
los labios.
En el otro extremo del comedor, Tom estaba observando furioso la escena. Durante
un año, Louise Blakely había estado rechazando el más leve contacto con él, y
de repente no sólo dejaba que Gustav la tomara de la mano, sino que estaba sonriéndole. A él nunca le había sonreído de aquel modo. De hecho, jamás le había sonreído de ningún modo.
Por su parte, Lou, se esforzó durante la cena por concentrarse en los discursos, pero fue una verdadera tortura para ella observar cómo la mano de Nickie acariciaba la de Tom, y cómo flirteaba descaradamente con él.
Ella no sabía flirtear, pero si algo había aprendido durante su infancia y adolescencia, era a poner cara de póquer en la adversidad. Esa noche lo logró a pesar de todo, y cada vez que Tom Kaulitz dirigió la mirada hacia la mesa en la que estaba sentada, no pudo leer nada en su rostro.
Cuando el evento hubo terminado, la joven dejó que Gustav la tomara de nuevo de la mano, y salieron juntos del restaurante, camino del aparcamiento. Detrás de ellos, no muy lejos, iban Nickie y un furioso Tom con la mirada fija en la espalda de Lou.
Cuando Gustav y Lou llegaron junto al coche de él, se detuvieron, y la otra pareja les dio alcance.
- Ah, hola, Cooper. ¿Qué hay Nickie? - los saludó Gustav cuando los vio acercarse -.
Esta mañana hiciste un trabajo excelente en el quirófano, Cooper. Los puntos de sutura que le diste a la señora Crane eran tan finos que dudo que dentro de unas semanas tenga cicatriz alguna que enseñar.
Tom esbozó una leve sonrisa.
- Ella me hizo mucho hincapié en que se notara lo menos posible. Parece que temía
que su marido dejara de encontrarla atractiva por la marca. Debe ser uno de esos
hombres obsesionados con la perfección.
- Pues ya le costará encontrar la perfección en un mundo tan imperfecto como éste
- sentenció Gustav-. En fin, mañana nos vemos en el hospital.
-Sí, manaña nos vemos - repitió Tom en un murmullo-. Por cierto, doctora Blakely
- añadió en un tono gélido, mirando a Lou con los ojos entornados-. Hoy llegó diez
minutos tarde - la amonestó-. Espero que no vuelva a ocurrir.
- Oh, es que me quedé dormida - respondió ella en un tono inocente-. Es que me
cansa tanto ir por ahí con las ambulancias...
Le dirigió una sonrisa sarcástica y se sentó en el descapotable de Gustav, dejando a
un Tom entre patidifuso y airado. Estaba claro que no estaba acostumbrado a que
se burlaran de él.
- Sea puntual mañana - le advirtió con una mirada furibunda antes de alejarse con
Nickie pegada como una lapa a él.
- "Sea puntual..." - lo remedó Lou, retorciendo entre sus dedos el asa de su bolso
de mano-. ¡Se va a enterar! ¡Mañana estaré sentada en su plaza del aparcamiento a
las ocho y media en punto!
Gustav se rió mientras sacudía la cabeza.
- No le hagas caso - le dijo poniendo el vehículo en marcha-. Lo que quiere es
hacerte saltar.
- Y lo consigue - masculló ella, cruzándose de brazos enfurruñada-. ¡Dios, cómo
odio a ese hombre!
Gustav le lanzó una mirada de reojo y reprimió una sonrisita.
Cuando llegaron frente a la casa de Lou y su amigo la acompañó hasta el porche, la
joven, que había ido todo el camino despotricando de Tom, lo miró algo avergonzada.
- Perdóname - le rogó-. No he sido una compañía muy agradable esta noche.
Gustav ladeó la cabeza.
- No digas bobadas -replicó sonriendo-. Sin embargo, sí es cierto que Tom y tú
os lleváis como el perro y el gato - añadió-. Hasta ahora sólo había oído a la gente
hablar de ello, pero hoy lo he comprobado con mis propios ojos. ¿Siempre es así contigo?
Lou asintió con la cabeza.
- Siempre, desde que llegué aquí -respondió-. Bueno, no -se corrigió, recordando-,
para ser exactos, lleva así desde las Navidades pasadas.
- ¿Y tiene algún motivo?- inquirió Gustav-. ¿Ocurrió algo entre vosotros las Navidades pasadas?
Lou lo miró vacilante.
- No seas tonta, no le diré nada - le prometió su amigo-. ¿Qué paso?
- Pues... pasó que en la fiesta de Navidad del hospital trató de besarme bajo el
muérdago y... bueno, digamos que me agaché y me aparté - confesó sonrojándose y bajando la cabeza-. Es que me pone muy nerviosa. Cada vez que se acerca a mí empiezo a temblar. Es tan... no sé, tan brusco... Cuando habla conmigo siempre está intentando agarrarme de la muñeca. Es como si supiera lo mucho que me molesta y lo hiciera a propósito.
Mientras hablaba, de un modo inconsciente, la mano derecha había rodeado su
muñeca izquierda en una actitud protectora. Gustav lo advirtió y, frunciendo el entrecejo, le apartó la mano suavemente, cerrando él sus dedos en torno a la delgada muñeca, pero sin hacer presión. La joven dio un respingo, y Gustav le soltó la muñeca al instante.
-¿Quieres que hablemos de esto? - inquirió en un tono quedo.
Lou sacudió la cabeza y tragó saliva, como si tuviese la garganta seca.
- No, es algo que ya pertenece al pasado.
- No lo creo -repuso Gustav -. Si fuese algo del pasado, no te pondrías a temblar como una hoja cuando alguien intenta tocarte...
- No me pasa con todo el mundo, sólo con él - murmuró ella distraídamente, sin levantar la mirada.
Gustav enarcó las cejas. ¿Se daba cuenta de lo que acababa de confesar sin querer?
- Dios, estoy hecha polvo -dijo Lou frotándose la nuca-. Iba a invitarte a tomar un
café, pero me parece que vas a tener que disculparme. Me voy a ir directamente a la cama. No sé qué me pasa, pero estoy cansadísima.
Su amigo extendió una mano y le tocó la frente.
- Puede que tengas unas décimas de fiebre - murmuró -. ¿Te notas algo más aparte del cansancio?
Ella se encogió de hombros.
- Bueno, me duele todo, y me siento desganada. Probablemente será ese virus que
anda por ahí.
- Pues si no te encuentras mejor mañana, no vayas a trabajar - le dijo Gustav.
- No te preocupes, sólo necesito descansar un poco. Mañana estaré perfectamente.
Gracias por invitarme la cena, lo he pasado bien... a pesar del incidente con Tom
en el aparcamiento - añadió con una media sonrisa.
- Yo también lo he pasado bien - respondió él-. Desde que Eve murió apenas salgo.
Dios, Ya hace cinco años y aún la echo de menos - murmuró con un pesado suspiro-. Ojalá hubiéramos tenido un hijo. Así tal vez no me sentiría tan solo.
Lou lo miró con tristeza.
- El otro día leía un artículo en un periódico en el que decía que muchos viudos
vuelven a casarse a los pocos meses de perder a su pareja. Qué estúpidas son las
estadísticas, ¿verdad?
- En mi caso desde luego no han acertado -dijo Gustav, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalon y bajando la cabeza-. Supongo que soy una de esas personas que sólo aman una vez en la vida, pero prefiero el recuerdo de esos doce años junto a Eve a cien años con cualquier otra mujer. Seguro que te parezco un anticuado – murmuró alzando la vista.
Lou sacudió la cabeza.
- No, me parece algo precioso - le dijo quedamente -. Eve fue muy afortunada por
ser tan querida.
Gustav se sonrojó.
- Y yo me siento muy afortunada por tenerte como amigo -añadió Lou sonriendo.
- igualmente -contestó Gustav, abrazándola-. Me harías un gran favor si volvieras a salir conmigo de vez en cuando -le dijo con una sonrisa vergonzosa cuando se hubieron separado-, para que la gente deje de pensar que soy un caso perdido.
- Me encantará volver a salir contigo -le dijo ella-, y creo que a mí también me
vendrá bien. En eso sí tenía razón Tom, por mucho que me repatee admitir que
tiene razón en algo. Desde que empecé los estudios en el instituto, y luego en la Facultad de Medicina, apenas sí he tenido vida social. Ocho años... ocho años quemándome las cejas para ser una hija modélica y mantener contento a mi padre – murmuró más para ella que para él -. Así que no he tenido mucho tiempo para los hombres.- añadió encogiéndose de hombros, como si quisiera quitarle importancia al ver la seria mirada en los ojos de Gustav-. Claro que, con la experiencia del matrimonio de mis padres, tampoco me entraban muchas ganas de tener una relación. Hasta que os conocí a ti y a Eve no creía que dos personas pudieran ser tan felices juntas o amarse tanto como para ser fieles al otro.
Gustav se quedó callado un buen rato, pensativo.
- Lou - le dijo de pronto-, ¿recuerdas cuando me preguntaste acerca de qué había
ocurrido con su padre en nuestro hospital? Verás, yo... creo que tienes derecho a saberlo. Él...
- Lo sé, Gustav, no tienes que seguir - musitó.
Su amigo frunció las cejas y parpadeó repetidamente.
- ¿Qué?
Louise inspiró profundamente.
- Sin querer escuché tu conversación con Tom el otro día. Le he presentado mi
dimisión. Me marcho en enero. Bueno, de todos modos mi contrato finalizaba por esas fechas -le recordó al ver la sorpresa en su rostro-. Tom quiso saber por qué quería marcharme, y le dije que había oído vuestra conversación. Me contó lo que hizo mi padre, y no me extraña que me deteste, y que no me quiera aquí. No deberías haberme recomendado, Gustav. Se sintió obligado a contratarme, y las cosas han ido de mal en peor todos estos meses.
- Lo sé, pero me temo que ya es demasiado tarde y no puedo solucionar eso. La
verdad es que creí que sería para bien, si es que esa excusa te vale - dijo escrutando su rostro-. Tú necesitabas cambiar de ambiente, y creí que Cooper..., bueno, estaba obsesionado con Jane Parker, así que pensé que tal vez si os conocíais... Jane es una mujer encantadora, y muy dulce, pero no creo que hubiera podido resistir el temperamento de Cooper. Es la clase de hombre que intimida a las mujeres que no son capaces de enfrentársele.
- Igual que mi padre - murmuró ella, contrayendo el rostro.
Gustav se quedó observándola en silencio.
- Lou, sé que hay cosas de las que no quieres hablar, pero si no es conmigo, creo
que deberías buscar un terapeuta. No puedes permitir que el pasado interfiera con tu presente.
- Será mejor que entre. Hace frió - murmuró ella sin contestar.
- Esta bien, he captado el mensaje, dejaré el tema- dijo Gustav, encogiéndose de
hombros.
- Gracias - murmuró Lou, dándole un beso en la mejilla-. Conduce con cuidado.
- Lo haré. Cuídate.
Frotándose nerviosa la muñeca, Lou vio alejarse el coche de Gustav a través de la
ventana del vestíbulo. No iba a pensar en ello, se dijo, no iba a pensar en ello. Se iría a la cama y lo sacaría de su mente.
Pero No fue así. Se despertó en medio de la noche con el rostro bañado en lágrimas, asustada, hasta que recordó dónde se encontraba. Estaba a salvo, aquel infierno había acabado, se dijo para tranquilizarse. Sin embargo, se notaba mareada, y tenía la garganta seca. Se levantó y fue a la cocina a llenar una jarra de agua y un vaso y se volvió a la cama, esperando poder volver a conciliar el sueño y no tener más pesadillas.
A las nueve y media del día siguiente, cuando el timbre de la puerta empezó a sonar insistente, Lou estaba medio grogui. Se había pasado el resto de la noche yendo al baño a vomitar constantemente, y tenía unos retortijones terribles en el estómago además de notarse temblorosa y estar bañada en un sudor frío.
El timbre de la puerta no paraba de sonar. Lou intentó levantarse, pero estaba muy
mareada y la cabeza estaba a punto de estallarle, así que se dejó caer de nuevo sobre el colchón con un gruñido y decidió esperar a que quien quiera que fuese se cansase y se marchase.
De pronto el timbre se calló, y todo se quedó en silencio, pero al cabo de unos segundos, Lou oyó como se abría la puerta de la entrada. Gustav sabía que tenía una llave escondida bajo el macetero de la entrada. ¿Sería él, que se había preocupado al ver que no había ido a trabajar?
Unos pasos se acercaron al dormitorio, pero en el quicio de la puerta abierta no fue
su amigo quien apareció, sino Tom Kaulitz.
- De modo que está aquí- farfulló con una mirada insolente-. Si pensaba tomarse
hoy el día libre, lo menos que podía haber hecho sería haber avisado.
Lou trató de enfocar la vista, pero estaba demasiado mareada.
- He estado despierta casi toda la noche... - comenzó.
- ¿Con Gustav?
En su estado, Lou no logró siquiera lanzarle una mirada asesina como le habría
gustado hacer.
-Vomitando- lo corrigió-. ¿No tendrá algo para clamar las náuseas, verdad? Tengo
el estómago hecho cisco.
- He dejado el maletín en el coche. Vuelvo enseguida.
Salió, y regresó al cabo de unos segundos, con el maletín en la mano y el estetoscopio colgando del cuello.
- Aunque es una imprudencia tremenda tener la llave en una casa bajo un macetero, debo decir que ha sido una suerte que sea una imprudente. Si no, no habría podido entrar.
Le tomó la temperatura y la auscultó. Tenía fiebre, pero parecía que los pulmones
estaban bien.
- Un virus - diagnosticó.
- ¿No me diga? - exclamó ella en un tono débil pero sarcástico.
- Vivirá.
- ¿Quiere darme algo de una vez, por favor? - le suplicó Lou, sosteniéndose el
estómago con una mano.
Tom abrió el maletín y sacó una jeringuilla.
- Le pondré una inyección para parar los vómitos. Una pastilla no serviría de nada.
A pesar de ser médico, Lou detestaba la inyecciones, pero se dejó hacer.
- Creo que necesito ir al baño - murmuró cuando él estaba quitando la aguja desechable a la jeringuilla-. ¿Podría ayudarme a llegar hasta allí? Apenas puedo sostenerme en pie.
Tom la ayudó a levantarse, advirtiéndola fragilidad de su cuerpo cuando se apoyo
en él. La llevó hasta el aseo y, tras dejarla sentada en un taburete, salió y la dejó
para que tuviera intimidad, cerrando la puerta tras de si.
- Si necesita algo, llámeme - le dijo.
Minutos después, Lou salió del baño y Tom la ayudó a llegar de nuevo a la cama.
Cuando la joven se estaba tapando, vio que el médico levantaba el auricular del
teléfono de su mesilla de noche y marcaba.
- ¿Qué está haciendo?
Tom le hizo un ademán para que se callara.
- Hola, soy el doctor Kaulitz. Manden una ambulancia a Brazos Lane, número veintitrés. Sí, eso es. Gracias.
Lou lo miró furibunda.
-¡No necesito ir al hospital...!- protestó.
- Ya lo creo que sí - la cortó el-. No voy a dejarla aquí sola, para que se deshidrate.
A la velocidad a la que esta perdiendo líquidos, podría morir en tres días.
- ¿Y qué le importa a usted si me muero? - le espetó ella furiosa.
Tom no la estaba escuchando. Se agachó para tomarle el pulso, y al agarrarle la
muñeca, ella se soltó con brusquedad. Tom la miró confundido, y vio que se había
puesto ligeramente más pálida de lo que estaba. De pronto, sin embargo, recordó la cena benéfica de la noche anterior. Gustav la había tomado de la mano derecha, pero él, lógicamente, como solía hacerse para tomar el pulso, había tomado la izquierda.
Bajo la vista hacia el edredón, sobre el cual yacía la mano izquierda de la joven, y
observó que parecía que hubiese sufrido una importante fractura. Había sido curada, por supuesto, pero aún así se notaba.
- No quiero ir al hospital - se encabezonó Lou.
- Pues irá, aunque tenga que arrastrarla por el pelo - se impuso él-. ¿Tiene alguna
bolsa de viaje? Le meteré en ella lo que le haga falta para el tiempo que esté ingresada.
La joven le lanzó una mirada rabiosa, pero de nada le sirvió. Al cabo de unos minutos sonaba el timbre. Tom fue a abrir la puerta y dejó pasar a los camilleros. Cuando los seguía hasta el dormitorio, se fijó en los cuadros que decoraban las paredes.
Algunos eran bastante inquietantes, pero los dibujos de flores al pastel eran muy bonitos. Se preguntó si...
Tom los acompañó fuera, y antes de que subieran a Louise a la ambulancia, ella
murmuró un "gracias" a regañadientes.
- No tiene por qué dármelas - replicó él con una leve sonrisa. Sin embargo, en sus
ojos había una expresión meditabunda-. Los cuadros que tiene en la casa... ¿los pintó usted? - le preguntó de repente.
- ¿Cómo lo sabe? - murmuró ella sorprendida.
Pero él no pudo responderle, porque los camilleros le pidieron que se apartara para subirla a la ambulancia.

CUATRO
Horas después, Louise se despertaba en una habitación del hospital. Le habían dado un calmante bastante fuerte, y se había quedado dormida. Al abrir los ojos se encontró con una enfermera a su lado que estaba descorriendo las cortinas.
- Oh, se ha despertado, doctora- le dijo con una sonrisa -. ¿Se encuentra mejor?
- Un poco - murmuró Lou.
- Pues muy pronto estará totalmente repuesta, ya lo verá. Vamos a cuidarla muy
bien. ¿Tiene hambre?
- La verdad es que sí - respondió Louise -. ¿Qué me ofrece? -inquirió recelosa.
Aunque nunca la había probado, la comida que servían diariamente a los pacientes
ingresados no tenía un aspecto demasiado apetitoso.
- ¿Qué tal un consomé, una gelatina de frutas, y una manzanilla?
- ¿No podría ser café en vez de manzanilla? - aventuró Lou esperanzada.
La enfermera se echó a reír.
- Bueno, tal vez un café flojo. Veré qué se puede hacer.
Salió de la habitación, y minutos después, Gustav asomaba la cabeza por la puerta
entreabierta.
- Te dije que parecía que tenías fiebre, ¿recuerdas? - la picó, mientras se acercaba
a la cama -. ¿Cómo estás?
- Mejor, gracias - respondió ella-, pero no hacía falta ingresarme.
- Cooper no piensa lo mismo -murmuró él divertido-. Pasaré a verte luego. Pórtate
bien.
Lou resopló y se recostó. Seguro que en la puerta de su consulta habría un montón
de pacientes enfadados esperando, y la pobre Brenda estaría tratando de calmarlos, porque Tom como siempre se habría pasado toda la mañana en el quirófano, operando.
Lou comprobó en sus propias carnes lo larguísimas que se hacían las horas en una
cama de hospital. A las nueve de la noche, Tom empezaba a pasar de habitación a
habitación, comprobando el estado de los pacientes ingresados, y hacia las nueve y
media entró en la que estaba ella. Parecía tan cansado que Lou se sintió mal por dejarle todo el trabajo por un simple virus.
-Lo siento - farfulló, irritada consigo misma por ser tan débil.
- ¿El qué? - inquirió él enarcando una ceja y sentándose al borde de la cama. Le
tomó el pulso en la mana derecha en vez de en la izquierda, y esa vez no trató de
apartarse ni dio muestras de incomodidad.
- Pues que tenga que ocuparse de mis pacientes además de los suyos - murmuró
Lou. La sensación de los largos dedos del médico en torno a su muñeca resultaba
demasiado turbadora, y notó cómo se le arrebolaban las mejillas.
Su reacción no le pasó desapercibida a Tom, que se inclinó, mirándola a los
ojos, pero no apartó la mano, y al instante sintió cómo el pulso de la joven se aceleraba cuando acercó su rostro al de ella. ¿Sería posible que...?
Louise rehuyó su intensa mirada.
- Yo... ya me siento mucho mejor -balbució-. Creo que mañana podré volver al trabajo.
Tom le soltó la muñeca y se puso de pie, observando con curiosidad el rápido
subir y bajar del pecho de su ayudante. Era una reacción extraña en una mujer que
siempre se esforzaba por mostrarle su rechazo. Revisó en silencio el parte médico que le había dado Gustav.
- Sí, ha mejorado - concluyó-. Si sigue evolucionando así, tal vez mañana por la
mañana le dé el alta, pero para irse a casa, no para trabajar -añadió con firmeza-.
Gustav tenía mañana el día libre y se ha ofrecido a ayudarme, así que no la necesitaré.
- Eso ha sido muy amable por su parte.
- Sí, Gustav siempre es muy amable - asintió distraídamente Tom mientras añadía
unas notas al parte.
Lou no pudo reprimirse.
- No como otros...- farfulló.
Tom levantó la vista del parte y se rió suavemente.
- No le caigo bien, ¿verdad? - le preguntó, frunciendo los labios-. Supongo que
tampoco le he dado razones para hacerlo -admitió-. Desde que llegó me he mostrado hostil y sarcástico.
- Y yo que pensaba que era su forma de ser...- repuso ella con toda la intención.
Tom esbozó una sonrisa divertida.
-Pues ya ve, no es así como soy. En realidad no me conoce usted en absoluto.
- Ni tengo interés en conocerlo.
Tom había estado equivocado respecto a ella durante un año entero, pero su
actitud ofendida y altiva no volvería a engañarlo. Al principio había creído que si lo
rechazaba era porque lo odiaba, pero estaba empezando a comprender que no era
así. Louise Blakely era una mujer muy vulnerable, pero había tardado demasiado en
darse cuenta, y quizá ya no podría reparar el daño que había hecho. Se marcharía de Jacobsville antes de que pudiera averiguar si lo que sentía por ella era simplemente la atracción que surgía entre polos opuestos, o algo más profundo.
Se metió las manos en los bolsillos y se quedó estudiándola pensativo. La mala noche que habia pasado se reflejaba en su rostro pálido, el cabello sin brillo y las ojeras, pero aun así tenía una extraña belleza.
- Ya sé qué aspecto tengo, gracias - masculló ella al ver lo fijamente que estaba
mirándola. Bajó la vista a sus manos entrelazadas-. No hace falta que me refriegue
que soy poco atractiva, doctor. Mi padre jamás perdió la oportunidad de señalarme
todo aquello de lo que carecía.
Su padre... La expresión de Tom se endureció al acudir a su mente los recuerdos
de lo que aquel hombre le había hecho. Sin embargo, en esa ocasión llegaron
acompañados de rumores que había oído acerca del modo en que el doctor Fielding Blakely había tratado a su pobre mujer. Nunca se había parado a pensar en ella, pero en ese momento se dijo que lo más probable era que la señora Blakely estuviera al corriente de los romances de su marido. ¿Acaso no le había importado que le fuera infiel?, ¿o tal vez le había tenido demasiado miedo como para echárselo en cara? ¿Y que había de la muñeca rota de su ayudante, y de su reticencia hacia él, y de su falta de autoestima?
- ¿Sabía su madre que su padre le era infiel? - le preguntó bruscamente, entornando los ojos.
Louise se quedó mirándolo como si no pudiese creer que le hubiera hecho esa pregunta.
- ¿Lo sabía?- insistió Tom.
Ella se subió la sábana hasta el cuello.
- Sí- dijo, casi escupiendo la palabra.
-¿Y por qué no lo abandonó?
Lou dejó escapar una risa amarga.
- Usted no puede... no puede ni imaginar lo que fue aquello...
- Tal vez sí pueda -murmuró él, acercándose a la cama-, tal vez imagine un montón
de cosas que no se me han ocurrido antes. Es curioso. Llevamos trabajando juntos
desde hace casi un año, y de pronto es como si la hubiera mirado, pero jamás la
hubiera visto de verdad.
Louise se removió incómoda.
- Tal vez lo que ocurra es que su imaginación está desbordándose, doctor -le dijo
en un tono gélido-. No le he pedido su atención; no la quiero.
- Ni la mía, ni la de ningún otro hombre, ¿no es así? -inquirió él suavemente.
Lou estaba empezando a sentirse como un insecto clavado en una plancha de corcho con un alfiler.
-¿Podría dejarme sola, por favor?- gimió-. No me encuentro bien, y lo último que me apetece es someterme a un interrogatorio.
- ¿Es eso lo que cree que estoy haciendo? ¿interrogarla? -repuso él-. Sólo estaba
mostrando un interés tardío por mi ayudante.
- Después de las Navidades ya no seré su ayudante. Le presenté mi carta de dimisión. ¿O es que lo ha olvidado?
- Oh, eso. La rompí.
Los ojos de Lou se le salían de las órbitas.
- ¿Qué hizo "Qué"?
- La rompí, en pedacitos - repitió él, encogiéndose de hombros-. Lo siento, pero no
puedo prescindir de usted. Sus pacientes no querrán volver a pisar el hospital si tengo que atenderlos yo.
- No diga tonterías -repuso Lou, sonrojándose ligeramente-. Antes de que viniese la gente estaba muy contenta con usted, y le iba muy bien.
-Demasiado bien - fue la contestación de él-. Llevaba casi dos años sin tomarme
vacaciones. Me ha aligerado usted muchísimo la carga de trabajo. Así que, ya ve,
aunque no lo crea, se ha hecho indispensable. Tendrá que quedarse.
-¡No pienso quedarme!- casi le gritó ella, irritada por su presunción-. ¡Lo odio!
Para su sorpresa, Tom asintió con la cabeza.
- Así está mejor -dijo-. El odio es más sano que el temor. Prefiero que me odie a
que se eche hacia atrás cada vez que me acerco, como una tortuga que se mete en su caparazón ante el menor peligro.
Lou lo miró boquiabierta.
-Yo no... -protestó.
-Ya lo creo que sí -la cortó el-. Y luego está lo de todos esos secretos que tan celosamente guarda. Pues bien, le aseguro que no voy a dejarla tranquila hasta que me cuente cada uno de ellos, empezando por la razón por la que no soporta que nadie la agarre de la muñeca izquierda.
Lou notó que las mejillas le ardían.
- No voy a contarle nada.
-¿Por qué no? -inquirió Tom-. No se lo contaría a nadie. No soy un chismoso, ni
voy por ahí hablando de los demás.
Louise lo sabía, sabía que no era esa clase de persona. Se frotó pensativa la muñeca, contrayendo el rostro al recordar el dolor que había sentido, y cómo había sucedido.
Tom la observó en silencio, pacientemente, preguntándose cómo podía haberla
acusado de ser fría. Tenía un carácter casi tan fuerte como el suyo, y estaba claro que jamás se amilanaba. Si había rehuido su contacto hasta entonces era porque había algo en su pasado que todavía la atormentaba.
- Es una mujer misteriosa -murmuró-. Llevamos un año trabajando juntos, pero
apenas sé nada de usted.
- La culpa no es mía -le recordó con frialdad-. Desde que llegué al hospital me ha
tratado con la punta del pie.
Tom inspiró, expulsó aire, y asintió con la cabeza.
- Es cierto, estaba resentido por lo que hizo su padre, y lo pagué con usted.
Lousie lo miró sorprendida. No había esperado que lo admitiese tan abiertamente.
- Bueno, supongo que yo en su lugar me sentiría igual- concedió-, pero no sabía
nada del pasado de mi padre. No sé por qué nunca pensé que debía haber una
razón por la que se marchó de Jacobsville y nunca volvió, ni siquiera a visitar a su
hermano, mientras éste aún vivió. La verdad es que a mi madre nunca pareció importarle no volver. Supongo que debía saber... -no pudo terminar la frase.
- Y aun así siguió con él - dijo Tom.
- ¡Tuvo que hacerlo! -casi gritó Lou-. Si hubiera intentado abandonarlo, él la habría...- tragó saliva, pero una vez más su voz se quebró.
- ¿La habría qué? -la instó a continuar, sentándose a su lado-, ¿matado?
Lou era incapaz de mirarlo a los ojos. Los recuerdos estaban volviendo a su mente
en un violento torbellino; lo violento que su padre se ponía cada vez que se drogaba, las amenazas, el miedo de su madre, el miedo que ella misma había pasado, el llanto, los gritos , el dolor...
De pronto la mano de Tom se posó sobre la suya. Lou contuvo el aliento, alzando
el rostro, y el médico pudo ver la angustia en sus ojos. Le apretó la mano suavemente, como tratando de ofrecerle consuelo.
- Algún día me lo contará- le dijo-. Me lo contará todo.
Lou no podía comprender ese repentino interés. Se sostuvieron la mirada largo rato e, inesperadamente, le pareció ver algo en sus ojos que la dejó sin aliento.
No debía volver a hacerse ilusiones. Él no sentía nada por ella, ni lo sentiría jamás.
En lo laboral la veía como a una ayudante eficiente, pero en lo personal estaba segura de que en el fondo seguía atrapado por los prejuicios, por el pasado, y que para él siempre sería la hija del doctor Blakely, del hombre que tanto daño le había hecho. Parecía sentir lástima por ella, pero probablemente igual que la habría sentido por cualquiera que, como ella, lo estuviese pasando mal.
Retiró su mano lentamente, y esbozó una débil sonrisa.
- Gracias -dijo con voz ronca-. Supongo que a veces pienso demasiado, y no tiene
sentido cuando el pasado no es más que eso, pasado.
- Eso mismo solía pensar yo -le confió él-, pero ahora ya no estoy tan seguro.
En ese momento entró una enfermera y Tom se marchó casi de inmediato.
Al día siguiente, Lou recibió el alta. Gustav bajó a desayunar con ella a la cafetería
del hospital, antes de llevarla a casa, pero cuando estaban terminando, apareció Tom y le dijo que la llevaría él. Era su ayudante, y por tanto su responsabilidad, le dijo a Gustav. Lou obviamente protestó, pero Gustav no intervino y, de hecho, cuando no estaban mirando, se sonrió.
De modo que fue Tom quien la llevó a casa. Cuando estuvo acomodada en el
sofá, el médico le preguntó una vez más:
- ¿Seguro que estará bien?
- Por supuesto, no era más que un virus- repuso ella quitándole importancia-. Estoy
perfectamente. Gracias por su preocupación.
- No se malacostumbre - respondió él con una sonrisa maliciosa-, no recuerdo
cuándo fue la última vez que me preocupé por una mujer.
- Yo sólo soy su ayudante -replicó ella, queriendo dejarle bien claro que era consciente de que no había nada personal entre ellos-, no es lo mismo.
- No, no es lo mismo -asintió él-. Y nunca le he dado razones para pensar otra cosa, ¿no es cierto? Nunca la he invitado a venir a mi rancho.
Estaba poniéndola muy nerviosa con esa mirada fija.
- ¿Y qué? Tampoco yo lo he invitado nunca a mi casa -contestó-. Claro que no se
me habría ocurrido ponerlo nunca en una situación tan embarazosa.
- ¿Embarazosa? ¿por qué?
- Pues porque tendría usted que haber buscado alguna excusa razonable para negarse.
Tom estudió un instante su rostro con los ojos entronados.
- Tal vez no me habría negado.
El corazón de Lou dio un vuelco, y se apresuró a apartar la mirada. Quería que se
fuera ya, antes de que se delatase sin querer.
- Perdóneme, pero estoy muy cansada -murmuró.
Tom se acercó a ella, advirtiendo cómo se tensaba, cómo su respiración se aceleraba, cómo sus labios se entreabrían... Aunque estaba haciendo un valiente esfuerzo por ocultárselo, era obvio que su proximidad la turbaba. Si no la hubiera tratado con la hostilidad con que la había tratado...
Se detuvo apenas a medio metro del sofá, con las manos en los bolsillos para no
ponerla más nerviosa.
- Ni se le ocurra venir mañana si no se encuentra con ganas- le dijo en un tono suave-. Me las apañaré, ¿de acuerdo?
- De acuerdo - murmuró ella, sin mirarlo.
- Louise...
Era la primera vez que la llamaba por su nombre de pila, y ella se sorprendió tanto,
que alzó el rostro hacia él.
- No es responsable de nada de lo que hizo su padre -le dijo Tom-.Siento haberle
puesto las cosas tan difíciles, y me gustaría que reconsiderara el marchare.
Lou se removió incómoda en el sillón.
- Gracias, pero creo que he tomado la decisión correcta -respondió en un tono quedo-.Será usted más feliz con otra persona como ayudante.
- ¿Eso cree? Porque yo no estoy de acuerdo -extendió la mano, y acarició la suave
mejilla de la joven, descendiendo hasta la comisura de los labios.
Lous se estremeció ante la caricia, y su reacción tuvo un eco inmediato en Tom.
El médico se quedó sin aliento, y miró sus labios con ansia, diciéndose que se moriría si no los tomaba en ese momento. Pero no podía, no podía...era demasiado pronto.
- Tengo que irme ya -le dijo apartando la mano bruscamente, como si el contacto
con su piel lo quemase.
Debía alejarse de allí antes de que perdiese el control y lo arruinase todo.
Lou, que no comprendía aquella prisa por marcharse, pensó que se había arrepentido de haberla acariciado, y que quería asegurarse de que ella no se hiciese ideas equivocadas.
- Gracias por traerme a casa - le dijo en un tono formal.
Tom se dirigió a la puerta y se detuvo con la mano en el pomo, volviéndose
hacia ella.
- Dé gracias a que me marche cuando aún estoy a tiempo.
Y salió, cerrando la puerta, y dejando a la joven con una expresión de perplejidad
en el rostro. Tal vez se estuviera arrepintiendo también de haber tratado de convencerla para que no se fuera. En fin, se dijo, aquello ya no debía preocuparla. Tenía que hacerse a la idea de que pronto él estaría fuera de su vida. Era imposible que las cosas entre ellos cambiaran, y tenía razones para odiarla cuando se padre le había hecho tanto daño.
Fue a la cocina, en busca de una lata de sopa de tomate. Necesitaba reponer fuerzas antes de volver al trabajo. Sin embargo, cuando abrió la alacena y agarró con la mano izquierda la lata que estaba más al alcance, se le escurrió entre los dedos y cayó al suelo. Lou se quedó mirándola con el rostro contraído cantes de recogerla.
Sus sueños de convertirse en cirujano se habían destruido de la noche a la mañana,
años atrás. Y era una verdadera lástima, había dicho su instructor, porque tenía una
habilidad que pocos cirujanos conseguían alcanzar, un conocimiento casi innato del modo de cortar tejidos con la menor pérdida de sangre posible. Pero el tendón de su mano se había roto a causa de la fractura, y ni los esfuerzos del cirujano ortopédico que la había operado habían logrado reparar el daño.
Al día siguiente ya se había reincorporado al trabajo, algo cansada todavía, pero
animada.
- Al doctor no le gustan mucho los niños, ¿verdad? -le preguntó esa mañana un
chiquillo al que le estaba quitando unos puntos-. Cuando le enseñé mi herida para que me la curara, me dijo que las había visto peores.
Lou no pudo reprimir una sonrisa.
- Bueno, es verdad que las ha visto peores -respondió-, pero tú te has portado como un campeón, y por eso te has ganado un premio -le dijo, haciéndose entrega de una bolsa de golosinas sin azúcar.
El niño sonrió ampliamente.
- Anda, y ahora ve con tu madre, que te está esperando, y ten más cuidado la
próxima vez que salgas a patinar, ¿de acuerdo?
El chiquillo asintió de un modo vehemente con la cabeza. Saltó de la banqueta en la que estaba encaramado y se dirigió a la puerta de la consulta. pero cuando la abrió, apareció Tom. El médico la sostuvo para que saliera, y tras lanzarle una mirada furibunda, el niño se marchó.
- Menudo mocoso quejica... -farfulló Tom entrando y entornando la puerta tras
de sí.
- No le cae usted bien -lo informó Louise-. Ha menospreciado su herida.
- Herida... - resopló él-. Si no tuve que darle más que un par de puntos...
- No le gustan demasiado los niños, ¿eh? - inquirió ella mientras recogía el material
que había utilizado para quitarle los puntos al chico.
Tom se encogió de hombros.
- No tengo mucho contacto con ellos -contestó-. Además, desde que empezó a trabajar conmigo, yo ya casi me ocupo sólo de los adultos.
Se apoyó en una de las jambas de la puerta, estudiándola con las manos en los
bolsillos de la bata blanca, y el estetoscopio colgando alrededor del cuello.
Lous se dio cuenta de que estaba observándola, y se volvió hacia él. Sus ojos se encontraron, y la joven sintió que no era capaz de apartar la mirada. Parecía que el corazón fuera a salírsele del pecho y casi le faltaba la respiración.
Los ojos de Tom bajaron hasta la boca ligeramente entreabierta de su ayudante
y trazaron el sensual labio inferior primero y el delicado labio superior después, preguntándose como sería besarla.
De pronto, unos pasos los sobresaltaron, y Brenda abrió la puerta, casi golpeando a
Tom, que estaba detrás.
- Lou, me he equivocado de... ¡oh!, Dios, perdóneme doctor, no sabía que estaba
usted ahí...- balbució.
- No, no... no tiene por qué disculparse. Había venido a preguntarle a la doctora
Blakely si había visto el historial de Henry Brady. No está donde lo dejé.
Brenda le entregó la carpeta que llevaba en la mano.
- Es ésta. Lo siento, la tomé por error.
- No se preocupe -dirigió una breve mirada a Lou y salió de consulta sin decir otra
palabra.
- ¿No habrán tenido otra discusión...? -gimió la enfermera-. No comprendo cómo
después de casi un año ninguno de los dos está dispuesto a enterrar el hacha de guerra.
Louise no se molestó en corregirla. Su suposición era menos embarazosa que lo
que había ocurrido en realidad. Tom nunca la había mirado de esa manera. Cada
vez se alegraba más de haberle presentado su carta de dimisión; no estaba segura de pode soportar con estoicismo sus insinuaciones.
Además, no quería hacerse ilusiones. Después de todo, Tom era un soltero empedernido, y no le faltaban mujeres revoloteando a su alrededor, como Nickie. Y luego estaba aquel rumor de que seguía enamorado de su antiguo amor, Jane Parker...
No, ella no quería ser el segundo plato de nadie, y tampoco quería tener una relación, ni casarse. Las cosas habían sido más fáciles cuando Tom la había tratado

como a una enemiga. ¿Por qué no podría volver a ser como antes, en vez de mirarla de ese modo? Al recordar la avidez con que había estado observando sus labios, un cosquilleo la recorrió de arriba abajo. No se quedaría allí ni un día más de lo necesario. No quería seguir sufriendo con un amor imposible.

3 O MAS Y AGREGO ... HASTA PRONTO :))

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