jueves, 25 de agosto de 2016

CINCO
La fiesta de Navidad del hospital se fijó para la noche del viernes, dos semanas antes del día veinticinco, para que no coincidiese con las celebraciones familiares del personal. Lou en principio no tenía intención de ir, pero Tom la acorraló la tarde de ese día en su consulta, cuando estaban recogiendo para marcharse a casa.
-La fiesta de Navidad es esta noche - le dijo.
- Lo sé, y no voy a ir.
- La recogeré a las nueve -dijo el, como si no la hubiera oído. Por supuesto, Lou
empezó a protestar, pero él insistió-. Ya sé que todavía no está repuesta del todo de lo del virus, pero no tiene por qué quedarse hasta el final si no quiere, y yo la llevaré a casa.
- ¿Y qué pasa con Nickie? -le espetó Louise-. ¿No le molestaría que fuéramos juntos?
Tom enarcó una ceja.
-¿Por qué habría de molestarle?
- Pues porque ha estado usted saliendo con ella- le recordó Lou.
- No he estado saliendo con ella -matizó él-. La acompañé a aquella cena benéfica
porque me dijo que el anestesista que iba a llevarla no iba a poder hacerlo. No sé qué diablos habrá oído, pero no hay nada entre nosotros.
- Me da igual - le respondió ella con tirantez-, no pienso ir a ninguna fiesta con usted. Todos estos meses me ha hecho la vida imposible, ¿y ahora cree que puede venir y hacer borrón y cuenta nueva invitándome a una fiesta? Y ni siquiera ha sido una invitación, ¡Sino una orden!.
- Escuche -farfulló él-, si uno de los dos no asiste a esa fiesta, las murmuraciones
de la gente empeorarán y, sinceramente, ¡ya tuve bastante con soportar las murmuraciones en el pasado, gracias al casanova de su padre!
Louise descolgó con furia su abrigo de la percha.
-¡Creí que había dicho que no me culpaba por todo lo que había hecho mi padre!-
le recordó, volviéndose hacia él.
-¡Y no lo hago! -respondió él enfadado-, pero está siendo irracional e infantil.
-Caray, gracias... -farfulló Lou-. ¡Viniendo de usted eso casi son cumplidos!
Tom estaba irritándose más y más por momentos. Nunca había conocido a una
mujer tan terca. Por un instante se quedó observándola fijamente como si quisiera
fulminarla con la mirada, hasta que un ligero tambaleo cuando se dirigió hacia la puerta le recordó que había estado enferma.
- Esta noche va a haber alguien en la fiesta a quien me gustaría que conociera -le
dijo en un tono más suave, en la que era su última carta-. Se trata de Ben Maddox, un antiguo colega. Lo ha contratado una importante compañía de electrónica y ordenadores, y está promocionando por todo el país un sistema informático que supuestamente conecta a los ordenadores de unos hospitales con otros en todo el mundo y con bases de datos y archivos. A mí me parece que es demasiado caro para nuestro pequeño hospital, pero le he dicho que consideraríamos su oferta.
- ¿Y que tengo que ver yo con eso? -inquirió Lou.
- Bueno, es usted la que entiende de nuevas tecnologías -añadió él con un ligero
sarcasmo intencionado-. Me gustaría tener su opinión.
- Vaya, me siento muy honrada -respondió ella en idéntico tono-. Nunca me había
pedido mi opinión respecto a nada.
-Nunca me había importado -contestó Tom con sinceridad, y sin el menor sonrojo-.
Pero, en fin, no sé, puede que esté equivocado y sea cierto que la revolución
electrónica sea necesaria también en la medicina -alzó la barbilla en un claro desafío- o al menos eso es lo que siempre está usted defendiendo.
La mirada orgullosa en los ojos castaños de Louise le dijo que había picado el anzuelo.
- Iré, pero lo haré en mi coche, y lo veré allí.
Tom frunció las cejas.
- ¿Por qué no quiere que la lleve yo? ¿acaso me tiene miedo? - la picó.
Lou no podía decirle a qué le tenía miedo.
- Si llegáramos juntos a la fiesta, la gente empezaría a murmurar, ¿no cree? -
apuntó.
Había esgrimido su propia excusa, y nada podía él decir contra eso.
- De acuerdo entonces.
Tom se despidió con un gesto de la mano y salió de la consulta, y sólo entonces
respiró Lou tranquila. "Bueno", se dijo, "parece una tregua. Verdaderamente la necesitábamos...".
Mientras Lou charlaba con Ben Maddox en la fiesta, Tom estaba de pie, en un
pequeño corrillo de cirujanos, pero apenas estaba prestando atención a lo que decían. No podía quitarle los ojos de encima a su ayudante.
Lou se había puesto un vestido de seda negro con una capa superpuesta de encaje,
cuello redondo, y mangas transparentes. La falda del vestido le quedaba por encima de la rodilla, y dejaba al descubierto sus largas piernas, que parecían aún más esbeltas por los zapatos de tacón. Se había recogido el rubio cabello en un peinado muy chic, con algunos mechones cayéndole sobre las mejillas, y no llevaba más adornos que un collar de pequeñas perlas y unos pendientes a juego.
Al verla gesticular y reírse, el médico experimentó una serie de turbadoras sensaciones que ya lo habían asaltado antes, exactamente un año atrás. En la fiesta de Navidad del año anterior, la joven se había puesto un vestido algo más revelador, y él, asaltado por un repentino impulso que no quiso analizar, se las había apañado para llevarla bajo las ramitas de muérdago, que colgaban del techo, e intentó besarla. Sin embargo, ella se había zafado, y desde ese día lo había rehuido como si tuviera una enfermedad contagiosa.
Su ego había sufrido un duro golpe con aquel rechazo, y eso ya había hecho que le
tomase cierta antipatía, que se incrementó cuando supo de quién era hija.
Se excusó con sus colegas, y se dirigió hacia Maddox y la joven.
- Cooper, tu ayudante es una verdadera joya -le dijo Ben cuando se unió a ellos-.
Está muy bien informada de los avances tecnológicos.
- Sí, bueno, le van esas cosas -farfulló Tom-. Yo soy un antiguado, pero si ella
tuviera mi puesto y las máquinas diagnosticaran enfermedades, estoy seguro de que despediría a toda la plantilla
Ben Maddox se rió.
- Tienes que rendirte ante la evidencia, amigo, la tecnología es el futuro.
- Y también es el motivo por el que los costes de los tratamientos médicos se han
disparado -repuso Tom.
- Pesimista...- lo acusó Ben.
- Pesimista no, realista -replicó Tom. Alzó la copa que tenía en el mano, simulando
un brindis, y apuró su contenido.
Ben siguió a su viejo amigo con la mirada cuando éste se alejó en dirección a la
mesa con la comida y las bebidas por entre los que bailaban, y frunció el ceño al ver que rellenaba su copa.
- Qué raro... -comentó-, nunca había visto a Copper beber más de una copa.
"Ni yo" pensó Lou frunciendo también el entrecejo.
Encogiéndose de hombros, Ben sacó de su maletín una serie de folletos, y empezó
a explicarle con más detalle el producto que quería venderles. Mientras hablaba, Lou vio que Nickie se acercaba a Tom por detrás. Llevaba un ajustadísimo, cortísimo y escotadísimo vestido azul que hizo que todos los hombres que estaban cerca se volvieran a mirarla. Ya de por sí era guapa, pero con aquel vestido podía llevarse de calle a cualquiera.
Entre risitas, Nickie arrastró a Tom debajo del muérdago, atrayendo la atención
de quienes los rodeaba, y señaló hacia arriba con la mano. El médico se rió suavemente, rodeó la estrecha cintura de Nickie con su fuerte brazo y la apretó contra sí.
Entonces, inclinó la cabeza y la besó de un modo que hizo sentir a Lou terriblemente acalorada. A ella nunca la había estrechado así entre sus brazos, ni la habían besado, pero había soñado con ello infinidad de veces. Con las mejillas arreboladas, se apresuró a apartar la mirada.
- Cooper siempre atrae a las chicas más guapas - comentó riéndose Ben Maddox,
que también había observado la escena-. Ese beso va a ser la comidilla del hospital
durante un mes. Y es curioso, porque por lo general él no es así de desinhibido. El
alcohol debe estar subiéndosele a la cabeza.
Lou apretó en su mano el vaso de piña colada que estaba tomando.
- Respecto a ese sistema que quiere vendernos, la verdad es que sí que es un poco
caro- murmuró con una sonrisa forzada, cambiando de tema.
- Bueno, no se lo puedo negar - asintió Ben-, pero también tenemos otros similares, aunque no tan completos y versátiles, que podrían irle muy bien a un pequeño hospital como lo es el de Jacobsville. De hecho...
La voz de Ben se convirtió en un runrún monótono, y Lou apenas si podía concentrarse en lo que le estaba diciendo cuando con el rabillo del ojo estaba viendo a Tom y a Nickie bailando pegados el uno al otro.
El alcohol y el muérdago siguieron haciendo de las suyas durante la velada. Ben y
algún que otro miembro del personal del hospital se ofrecieron a sacar a Louise a bailar, pero la joven no estaba de humor, y al cabo de un par de horas decidió que no pintaba nada allí. Se sentía humillada. Tom la había hecho ir, y llevaba toda la noche ignorándola.
- Creo que me marcho a casa - se despidió de Ben, estrechándole la mano -. He
estado enferma y todavía no me siento bien del todo, pero me ha encantado conocerlo.
- Lo mismo digo -contestó Ben-. Por cierto, ¿ha visto a Gustav Schafer? Esperaba poder saludarlo mientras estoy en la ciudad, y pensaba que vendría esta noche.
- Pues la verdad es que no, y sí que es raro que no haya venido -murmuró ella, cayendo en la cuenta de que no sabía nada de él desde que le habían dado el alta.
En ese momento apareció Tom junto a ellos, con Nickie colgada de su brazo.
- Caramba, ¿sigue aquí? -le dijo el médico a Lou con una sonrisa burlona-. Pensaba
que ya se habría ido.
- Me marchaba ahora mismo - respondió ella con aspereza-. Estaba despidiéndome del señor Maddox, cuando el me ha preguntado por Gustav. ¿Sabe usted por qué no ha venido?
- Está en Florida, en un seminario de pediatría - respondió Tom-, ¿no se lo dijo
Brenda?
- No, supongo que con tanto trabajo como hemos tenido se le olvidaría comentármelo.
- Bueno, cuando vuelva dile que me ha dado mucha rabia no verlo, Cooper-murmuró Ben con una sonrisa.
- Seguro que a él también -intervino Lou, aprovechando el momento para despedirse. Ya no soportaba más las miradas melosas que Nickie le dirigía a Tom-. Bueno, me voy...
- Ah, no, todavía no- replicó el médico con un brillo travieso en los ojos-. No puede
irse sin que la hayan besado debajo del muérdago, doctora. ¿O es que no quiere tener suerte en el año que entra?
Louise se sonrojó y dejó escapar una risa nerviosa.
- Me parece que prescindiré de ese pequeño ritual- dijo.
- Pues a mí me parece que no -repuso él.
El tono de su voz era bromista, pero no así la expresión de su rostro. Se apartó de
Nickie, rodeó la cintura de Lou con su brazo, y la llevó bajo las ramas de muérdago
que colgaban del techo con un lazo de terciopelo rojo.
- Esta vez no se escapará- le dijo con voz ronca.
Y antes de que Lou pidiera pensar, reaccionar, o protestar, Tom había inclinado
la cabeza y sus labios habían tomado los suyos con fiereza. Con el brazo que tenía en torno a su cintura, la atrajo hacia sí hasta que estuvo completamente pegada a su musculoso cuerpo, y subió la mano libre hasta su rostro, acariciándole sensualmente los labios con el pulgar mientras la besaba, hasta que logró que los entreabiera. Tom introdujo entonces la lengua en la boca de la joven, y ella gimió contra su voluntad.
En otras circunstancias habría disfrutado de las maravillosas sensaciones que
estaba experimentando con ese beso con el que tanto había soñado, pero tener que experimentar aquello por primera vez delante de la plantilla casi al completo del hospital, entre silbidos y risas, hizo que deseara matar a Tom.
Cuando él levantó al fin la cabeza, se quedó observando los hinchados labios de la
joven, y los acarició suavemente con el pulgar, para mirarse después largamente en
sus ojos castaños, abiertos como platos, antes de soltarla de mala gana.
- Feliz Navidad, doctora Blakely -le dijo burlón, pero con la voz ronca.
- Y a usted, doctor Kaulitz -respondió ella, después de tragar saliva, e incapaz de
volver a mirarlo a los ojos-. Buenas noches, Ben... Nickie.
Se dirigió hacia la puerta trasera del local, donde se estaba celebrándola fiesta, con
las piernas temblándole como si se le hubieran vuelto de gelatina y los labios quemándole por el apasionado beso.
Los ojos de Tom la habían seguido hipnotizados. Nunca había experimentado
nada igual: estaba ardiendo de deseo. De pronto, Nickie le tiró de la manga del esmoquin, devolviéndolo a la realidad.
- A mi no me has besado así -protestó, haciendo pucheros con sus bonitos labios
color rubí-. ¿Por qué no me llevas a casa y...?
- Ahora vuelvo - farfulló él sin escucharla, soltándose y yendo hacia la salida.
Nickie lo vio alejarse irritada, sonrojándose por la humillación de que la hubiera rechazado en público. Después de que hubieran ido juntos a aquella cena benéfica había albergado esperanzas de que la llamara para salir, pero no había sido así, y aunque el beso que le había dado bajo el muérdago había estado muy bien, el que le había dado a su ayudante lo había hecho palidecer por contraste. Frunció el ceño suspicaz. Aquello era muy raro, se dijo. Y, sin pensarlo dos veces, se dirigió también a la puerta de atrás. Iba a averiguar qué estaba ocurriendo.
Tom, sin saber que Nickie lo estaba siguiendo, había ido detrás de Lou. Aquel
beso lo había dejado hambriento de más, y estaba casi seguro de que a ella también, pero tenía que cerciorarse. No podía permitir que se marchase hasta saberlo.
Lou estaba a unos metros de su vehículo cuando oyó sus pasos detrás de ella.
Sabía perfectamente de quién se trataba y apretó el paso, pero Tom hizo otro tanto, y cuando ella llegó junto al coche, él le había dado alcance.
Tom la agarró por el brazo, haciéndola girarse, y antes de que Lou pudiera reaccionar, se halló de espaldas contra la puerta del coche, bajo el peso del fuerte y cálido cuerpo masculino. Lou alzó la mirada. No podía distinguir la expresión en el rostro de Tom, ya que sus facciones se hallaban entre sombras por la oscuridad de la noche, pero sus ojos oscuros parecían relampaguear.
- No ha sido suficiente -murmuró con voz ronca.
Y, sin decir más, agachó la cabeza y sus labios descendieron sobre los de ella,
besándola con pericia. Tomó las manos de Lou, entrelazando sus dedos, al tiempo
que empujaba sensualmente sus caderas contra las de ella.
Louise sintió cómo la lengua de Tom se introducía por entre sus dientes, y empezaba a danzar con la suya y a explorar cada rincón de su cálida humedad. Sus dedos se aferraron a los de él, y un delicioso escalofrío la recorrió de arriba abajo. Aquello era tan íntimo, tan placentero.... Tom empujo de nuevo sus caderas contra las de ella, esta vez acompasadamente, y a Lou se le cortó la respiración al notar su excitación. Los besos de su jefe se volvieron más insistentes, y una de sus manos subió hasta los labios de Louise, para estimularlos como había hecho dentro, sólo que el calor y la magia que estaba produciéndose entre ellos en ese momento iban mucho más allá.
Un intenso gemido abandonó la garganta de Tom, y Lou notó cómo todo su cuerpo se tensaba.
De pronto, al paladear el sabor a Whiskey en la lengua del médico, la joven recobró
la razón y creyó comprender lo que esta ocurriendo. Tom había bebido demasiado
y no se estaba dando cuenta de lo que estaba haciendo en realidad, de a quién estaba besando. Para él, en ese momento, ella podía ser Nickie, o cualquier otra.
El sabor y el olor a Whiskey trajeron desagradables recuerdos a la joven de su padre, recuerdos de dolor y de miedo, y aquello, junto con el convencimiento de que Tom únicamente estaba bajo los efectos del alcohol, hizo que el placer que había experimentado hasta esos instante se desvaneciera por completo. Sus manos
empujaron al médico por el pecho con todas sus fuerzas, pero era demasiado pesado para ella, y la tenía agarrada con firmeza por la cintura.
- No... basta... - le rogó, girando el rostro.
Tom no parecía estar oyéndola. Empezó a imprimir húmedos besos por toda su
garganta y gruñó, como irritado por su repentino rechazo.
Lou estaba empezando a asustarse. Se retorció en su abrazo, jadeante.
- Tom... ¿no! -le suplicó frenética.
El temor en su voz fue lo que hizo que él recobrara el control. Sus labios se detuvieron sobre su garganta, pero no se apartó. Louise podía sentir cada centímetro de su cuerpo como si fuera un hierro candente. La respiración de Tom se había tornado entrecortada, y contra su pecho, Lou notó su corazón latiendo con la fuerza de un tambor.
De repente, él pareció darse cuenta de lo que había estado haciendo, y con quién.
-¡Dios! -masculló resoplando.
Sus dedos se clavaron un instante en la cintura femenina antes de soltarla, y se estremeció ligeramente al despegar su cuerpo del de ella lentamente, apoyando las mano en el coche para no perder el equilibrio. Se quedó así, luchando por acallar la excitación que todavía lo estaba sacudiendo, y Lou sintió su aliento sobre sus hinchados labios. Aún estaba demasiado cerca.
- Nunca antes me había llamado por mi nombre de pila -murmuró Tom, apartándose finalmente de ella-. No sabia que lo conociera.
- Estaba... en el contrato que firmamos -le recordó ella aturdida.
Él dio un paso atrás, frotándose el rostro.
- Me temo que he bebido demasiado -se rió, como pidiendo disculpas-. Normalmente no suelo tomar más que un par de copas. Supongo que me he dejado llevar por el espíritu navideño.
A Lou le dolía la boca por la violencia de sus besos, y se notaba las piernas muy
débiles. Se recostó contra la puerta del coche, advirtiendo por primera vez el frío del metal. No lo había notado en absoluto mientras él había estado besándola.
Se aparto del automóvil, bajando la vista azorada.
- Creo que yo también me iré a casa -farfulló Tom, tambaleándose un poco,
mientras se peinaba el cabello pelirrojo con los dedos.
- No debería conducir en ese estado -le dijo Lou.
- ¿Preocupada por mí, doctora? -inquirió él con una sonrisa sardónica.
Lou se puso aún más roja de lo que estaba, lamentando que su boca la hubiera
traicionado.
- Me preocuparía por cualquiera que hubiera bebido de más -le contestó.
- Perdone, no la violentaré más -murmuró Tom-. Y tampoco tiene que preocuparse
por mí. Nickie conduce, y no bebe, así que le pediré que me lleve.
Nickie... Nickie lo llevaría a casa y probablemente se quedaría a "cuidar" el él, se dijo Lou, sintiendo que la devoraban de nuevo los celos. "¡No!", se reprendió irritada, "eso no es asunto mío".
- Entonces me marcho -le dijo con aspereza.
- Conduzca con cuidado.
Lou abrió con torpeza su bolso, sacó las llaves, y a punto estuvo de dejarlas caer al
suelo. Se metió en el coche, encendió el motor y se alejó, viendo por el retrovisor como Nickie se acercaba hasta donde se encontraba Tom.
……………………………
SEIS
A Tom la cabeza le daba vueltas. Nunca habría soñado que besar los labios de
una mujer pudiera llegar a ser algo tan explosivo, ni tan adictivo. Había conocido a
muchas mujeres, pero Louise Blakely tenía algo que hacía que le flaquearan las rodillas.
No alcanzaba a imaginar qué podía haber despertado en él una pasión semejante
que le hiciera incluso ir tras ella. Sólo Dios sabía lo que podía haber ocurrido si ella no lo hubiese apartado.
Nickie seguía colgada de su brazo cuando volvieron a entrar a la sala de fiestas por
sus abrigos y el bolso de ella.
- Tienes toda la boca manchada de su carmín -lo acusó Nickie, sacándolo de sus
pensamientos.
Él la observó un instante en silencio. Nickie era una chica bonita y sin complicaciones, y, aún más importante, sabía que él no quería nada serio. Aquel pensamiento, en contraposición con la turbulenta relación con su ayudante, lo relajó.
- Límpiamela -le dijo con una sonrisa burlona, sacando un pañuelo del bolsillo.
Nickie lo tomó y, mientras lo hacía, le preguntó con coquetería:
- ¿No quieres probar el mío otro vez?
- Esta noche no - le respondió Tom, dándole unos toquecitos en la nariz con el
índice-. ¿Me llevarías a casa? Estos últimos días he tenido mucho trabajo y estoy
hecho polvo.
- Claro -asintió Nickie, tratando de no mostrarse muy decepcionada.
Al menos era ella la que lo llevaba a casa, y no la doctora Blakely, se dijo, tratando
de consolarse. No iba a renunciar a él sin luchar, no cuando conocerlo era lo mejor
que le había pasado en mucho tiempo. Una no encontraba a un cirujano soltero y
apuesto todos los días.
Ya en casa, y tumbada en su sofá, Lou seguía aturdida por lo que había ocurrido.
No podía comprender que un hombre que la odiaba como él parecía haberla odiado desde el principio, de pronto la besara con semejante pasión delante de todo el personal del hospital, y la siguiera fuera, besándola de nuevo con un ardor aún mauro. Si no hubiera sido por lo confundida que se sentía, podría decir que aquella había sido la noche más dulce de su vida. En cualquier caso, se dijo que tenía que intentar mantener los pies en el suelo, y recordarse que aquello no había sido más que un incidente aislado, propiciado únicamente por el ambiente festivo y el alcohol. Si Tom no hubiera bebido de más, jamás habría pasado.
Lou dejó escapar un gemido de frustración. ¡Dios!, estaba cada vez más enamorada
de él, y probablemente aquello sólo los distanciaría aún más, porque cuando Tom
estuviera sobrio otra vez y recordara lo que había pasado, se sentiría furioso consigo mismo por haber perdido la cabeza, y trataría de olvidar por completo el episodio y haría como si ella no existiera.
Para intentar no pensar en ello, el día siguiente, sábado, estuvo haciendo limpieza
de todos los cajones y armarios de la casa, pero hacia las seis de la tarde recibió una llamada del hospital que la sacó de sus casillas. El domingo ella iba a tener el día libre, pero el doctor Tom había llamado al hospital para decir que su ayudante tendría que sustituirlo porque iba a estar fuera de la ciudad hasta el lunes por la mañana.
¡Qué amable por su parte haberle consultado antes!, pensó Lou, hecha una furia. Al
menos podía habérselo dicho a ella directamente, en vez de hacerlo a través de otros. Y así, el domingo, Lou estuvo de guardia el día entero, y advirtió que muchas enfermeras y otros miembros del hospital la miraban cuando se cruzaban con ella, conteniendo sonrisillas y cuchicheando cuando se alejaban. Probablemente el beso que Tom le había dado bajo el muérdago aún estaba dando de qué hablar. Quizá incluso creyesen que había algo entre ellos.
- ¡Eh, Lou!, ¿cómo te va? -la saludó Gustav cuando se encontraron en el vestíbulo del pabellón de urgencias-. Me han dicho que me perdí un beso de película bajo el muérdago en la fiesta de Navidad -añadió malicioso.
Ella se sonrojó hasta la raíz del cabello.
- Mucha gente se besó bajo el muérdago -farfulló.
- Sí, pero parece que ningún beso fue tan espectacular como el que cierto médico
pelirrojo te dio a ti... - insistió Gustav-. Creo que ese médico incluso te siguió hasta el aparcamiento y casi te hizo el amor sobre el capó de tu coche -añadió riéndose entre dientes.
Lou frunció el ceño y lo miró boquiabierta.
- ¿Quién te ha...?
- Nickie -respondió él, confirmando lo que su amiga se temía-. Bueno, aunque a mí
me lo ha contado Brenda. Según parece, Nickie os vio en el aparcamiento, y está loca por Cooper, así que supongo que debió creer que él se olvidaría de ti si hacía correr rumores sobre vosotros, porque sabe o mucho que Cooper detesta las habladurías. Y, sabiendo cómo le gustan los chismes a la gente, ya puedes imaginar que un rumor así sobre dos doctores que se tiran los trastos a la cabeza se ha extendido como la pólvora.
- Oh, Dios, esto llegará a oídos de Tom en cuanto vuelva mañana -gimió Lou
angustiada-. ¿Qué puedo hacer?
- Nada, me temo -murmuró Gustav.
Pero Lou entornó los ojos.
- Ya lo veremos.
Se giró sobre los talones y fue a buscar a Nickie. La encontró en una de las habitaciones de la segunda planta, y se apoyó en el marco de la puerta, con cara de pocos amigos y los brazos cruzados, esperando pacientemente a que terminara con el enfermo al que estaba atendiendo.
Cuando hubo acabado y la vio allí, Nickie la miró con aprehensión. Lou le hizo un
gesto con la cabeza y ambas salieron al pasillo.
Lou apretó contra sí la carpeta que llevaba en la mano.
- Tengo entendido que has estado difundiendo rumores por ahí sobre el doctor Kaulitz y sobre mi -le dijo-. Te daré un consejo: detén esto mientras puedas.
Nickie se había puesto roja como un tomate.
- Yo no pretendía... -balbució-. Por favor, no se ponga así doctora Blakely, no creo
que nadie se lo haya tomado en serio...
Lou la observó sin dejarse conmover por su aturullamiento.
- No sé cómo se lo habrá tomada la gente, pero, como verás, yo no estoy riéndome
precisamente, y cuando el doctor Tom se entere, tampoco creo que se ría. Y puedes estar segura de que me encargaré de que se entere de dónde salieron los rumores.
- ¡No puede hacerme eso!, ¡sería despreciable! -gimoteó Nickie con lágrimas en los
ojos-. ¡Estoy loca por él!
- Lo dudo mucho -le respondió Lou  tajantemente. Si de verdad te importara algo, no lo harías pasar por algo así.
Nickie entrelazó las manos nerviosa.
- Lo siento -le dijo-, lo siento muchísimo, pero por favor no le diga nada -le rogó-.
Sólo estaba celosa porque a mí ni siquiera me dio un beso de buenas noches cuando lo dejé frente a su casa, mentiras que a usted la besó.... de "ese" modo, cuando se supone que la odia- confesó con la cabeza gacha.
- Había bebido de más -respondió Lou quedamente-. Y sólo un tonto creería que
pueda haber algo tras un beso bajo un ramillete de muérdago.
- Supongo que tiene razón -murmuró Nickie. En el fondo, ella misma ansiaba que
fuera así, pero estaba muy convencida-. De veras que lo siento, doctora. No se lo dirá, ¿verdad? -insistió preocupada-. Si se entera me odiará, ¿y yo lo amo tanto...!
Lou la miró un instante y finalmente, dejando escapar un suspiro, le dijo:
- Está bien, no le diré nada, ¡pero no más rumores!
Nickie dio saltitos de alegría en el sitio.
- ¡Oh, gracias, gracias, doctora! No más rumores -prometió con una amplia sonrisa
y levantando la mano derecha.
A la mañana siguiente, lunes, al entrar en su consulta, Lou se encontró con un furioso Tom sentado en el borde de su escritorio.
- ¿Qué se supone que he hecho ahora? -inquirió, soltando su bolso junto a él.
- ¿No lo sabe? -la picó él.
Lou se puso frente a él, resopló, y se cruzó de brazos.
- Si se refiere a cierto rumor que corre por el hospital...
La mirada de Tom no se suavizó ni un ápice.
- ¿Lo empezó usted?
- Oh, sí, por supuesto -dijo ella, entre irritada e incrédula-. ¡Me moría por contarle a
todo el personal que se arrojó sobre mí en el aparcamiento y casi me forzó!
En ese preciso instante se abrió la puerta, y apareció Brenda. Se quedó mirándolos
boquiabierta, pero al lanzarle ambos una mirada furibunda, se giró en redondo y se
marchó.
- ¿Le importaría mucho bajar la voz?- masculló Tom, volviendo la cabeza hacia
Louise.
-¡Lo haré encantada cuando deje de acusarme de cosas que no he hecho!
Se quedaron mirándose fijamente un buen rato, hasta que casi saltaron chispas.
- ¿Quién empezó el rumor? -le preguntó Tom una vez más.
- Eso está mejor - contestó ella-, no puede acusarse a nadie sin tener pruebas.
Pues bien, para su información, no lo empecé yo..., principalmente porque no tengo el más mínimo interés en convertirme en la comidilla del hospital.
- ¿Ni siquiera para obligarme a mí a hacer algo al respecto...? -le preguntó él enarcando una ceja-. ¿...cómo anunciar nuestro compromiso?
Lou contrajo el rostro y frunció el entrecejo.
-¡Por favor!, ¡acabo de desayunar!
La mandíbula de Tom se tensó.
- ¿Perdón?
- ¡Eso es lo que debería hacer, pedirme perdón! -le espetó ella-. ¿Casarme con usted, dice? ¡Antes me encadenaría a un árbol junto a una charca llena de cocodrilos!.
Él se quedó mirándola indignado, y estaba a punto de contestarle, cuando sonó el
interfono.
- ¿Sí? -respondió Lou con brusquedad, apretando un botón.
- Doctora... los pacientes... -balbució Brenda.
- Haga que pase el primero -respondió Lou-, el doctor Kaulitz ya se marchaba.
- No hemos acabado -le dijo él cuando ella hubo soltado el botón -. Hablaremos
después del trabajo.
-¿Después del trabajo? repitió ella.
- Sí, pero no se haga ilusiones, no se repetirá lo del viernes por la noche -le dijo él
con una sonrisa burlona-: hoy no estoy borracho.
Lou le lanzó una mirada asesina y apretó los labios, pero antes de que pudiera decir nada, él ya había salido de la consulta.
Lou no sabría nunca cómo pudo arreglárselas para seguir trabajando el resto del
día. Estaba furiosa con Tom por sus acusaciones, y también irritada porque Brenda
los había oído discutiendo. Todo el hospital acabaría creyendo que de verdad había algo entre ellos. ¡Y no había nada!
A las ocho, cuando el horario de consulta hubo terminado, Lou empezó a recoger
sus cosas. Brenda se había marchado hacía rato, y también casi todo el personal que trabajaba en el edificio del hospital que utilizaban como centro de salud. Justo acababa de quitarse la bata blanca cuando entró Tom, cerrando la puerta tras de sí. Parecía que no estaba dispuesto a permitir que intentara marcharse a hurtadillas.
- Le sienta bien el color de ese jersey que lleva -le dijo.
- No hace falta que me adule. Acabe de decirme lo que me quería decir y deje que
me vaya a casa.
- Sólo trataba de ser cortés -respondió él-. Pero en fin, como quiera, iré al grano:
¿quién extendió esos rumores sobre nosotros?
Lou bajó la vista vacilante.
- Prometí que no lo diría - murmuró.
- Fue Nickie, ¿verdad? -adivinó Tom, asintiendo ante la expresión de asombro
en el rostro de Lou-. Lo sabía.
- Es joven y está encaprichada con usted...- comenzó Lou.
- No es tan joven -replicó él.
Lou se encogió de hombros.
- Aun así es muy inmadura -repuso-. He hablado con ella, y me ha dado su palabra
de que pararía los rumores. Ahora sólo es cuestión de que se vayan disipando. Dentro de unos días la gente encontrará otra cosa de que hablar.
- No ha pasado nada así de "jugoso" en Jacobsville desde que Ted Regan se fuese
a Victoria tras Coreen Tarleton y ella volviera con él, luciendo un anillo de compromiso en el dedo -repuso Tom.
-¡Menuda comparación! -exclamó Lou, dejando escapar una risa irónica. Desde que
llegara a Jacobsville, había oído hablar muchas veces de esa famosa y bien avenida
pareja -. ¡Como si no supiera todo el mundo lo que somos el uno para el otro!
- ¿Y qué somos el uno para el otro, Lou? -inquirió él con cierta malicia.
Ella enrojeció levemente, molesta por cómo había cambiado el sentido de sus palabras para turbarla, y sorprendida de oír su nombre de sus labios. Tom esbozó una media sonrisa.
- Creo que es absurdo que sigamos hablándonos de usted después de todo lo que
ha pasado -le dijo, cruzándose de brazos-. Dime, ¿qué somos el uno para el otro,
Lou? -repitió.
- Enemigos -respondió ella.
- ¿Es eso lo que crees? -le preguntó Tom, y le sostuvo la mirada largo rato, en
un silencio que se fue haciendo cada vez más opresivo. Dejó caer los brazos a los
lados-. Ven aquí, Lou.
Lou sintió que los latidos de su corazón se disparaban. Los ojos del médico centelleaban en su rostro moreno, prometiéndole placeres que estaban más allá de su imaginación.
Las comisuras de los labios de Tom se curvaron hacia arriba en una sonrisa lobuna.
- Vamos, cobardica - la picó suavemente, tendiéndole una mano-, no voy a hacerte
daño.
Lou no podía creer que aquello estuviese pasando.
- ¿Ha estado bebiendo, doctor? -le preguntó encarnando las cejas y parpadeando.
- ¿Quieres dejar de llamarme "doctor"? -la increpó él contrayendo el rostro-. Podrías llamarme Cooper, o Tom. Y no, no he bebido ni una gota de alcohol. De hecho, estaba preguntándome si saltarían entre nosotros las mimas chispas que la otra noche, si te besara ahora que estoy sobrio.
Mientras hablaba, había empezado a avanzar hacia ella lentamente, con la elegancia de una pantera que se dirige con decisión pero sin prisa hacia su presa. El corazón de Lou pareció detenerse un instante, y de nuevo comenzó a latir con tal fuerza a que parecía que fuera a salírsele del pecho.
- Por favor, no... no deberíamos.... -balbució, levantando ambas manos.
Tom las tomó en las suyas, y la atrajo hacia sí, aprisionándola entre sus brazos.
- Tengo que hacerlo -la corrigió, bajando la vista hasta sus labios-. Necesito saber...
Y, sin terminar la frase, posó su boca sobre la de ella. En el instante en que Lou sintió aquel cálido contacto, la invadió una oleada de deseo que anuló su voluntad. Gimió suavemente y entreabrió los labios para darle acceso al interior de su boca, en un acto de rendición sin reservas. Más aún, se apretó contra él, ansiando sentir la calidez de su cuerpo, y notó que Tom se estaba excitando.
Él introdujo la lengua en su boca con un gruñido casi animal y la levantó por la cintura, de modo que se ajustara perfectamente a él, como si fueran dos piezas de un rompecabezas.
Louise, de puntillas, se removió, turbada por lo íntimo que resultaba aquello,
por las sensanciones que estaban produciéndose en su cuerpo virginal.
Esa protesta silenciosa recordó a Tom el modo en que lo había tratado de
apartar de sí en el aparcamiento la noche de la fiesta. Despegó sus labios de los de
ella, y buscó sus ojos.
- ¿No serás virgen...? -aventuró. El tono de su voz hizo que pareciera más una acusación que una afirmación.
Las mejillas de Lou se tiñeron de rubor, pero lo miró desafiante.
- Pues sí, ¿y qué? -le espetó.
Tom se quedó de piedra.
- Dios... -masculló Tom, dejándola de nuevo en el suelo y apartándose -. No
puedo creerlo... ¿Cómo es posible que todavía seas virgen? ¿Cuántos años tienes?,
¿treinta?
Lou se estaba sintiendo más molesta y humillada a cada momento.
- Veintiocho -lo corrigió-. ¿Qué pasa, acaso es un crimen ser virgen a mi edad?
Tom apretó los labios y se metió las manos en los bolsillos, intentando controlar
la palpitante erección que el ardiente beso le había producido, y que parecía negarse a remitir.
¡Y pensar que llevaba todo el fin de semana soñando con llevarse a Lou con él a su
casa después del trabajo, y hacerle el amor...! Había terminado por convencerse de
que la única manera posible de sacársela de la cabeza sería satisfacer el deseo que
sentía por ella desde hacía meses. Le había parecido tan simple... Sabía que ella también lo deseaba, y ya había rumores acerca de ellos, así que, ¿qué importaría dar más motivos para las habladurías? Después de todo, ella iba a marcharse en Año Nuevo.
Sin embargo, lo que nunca hubiera esperado era esa complicación. Cuando le había preguntado si era virgen, lo había hecho para picarla, pero ella no se había dado cuenta, y le había dicho la verdad. ¿Cómo iba a seducirla sabiendo que nunca había yacido con un hombre? Y, peor aún, ¿cómo iba a lograr deshacerse de ese deseo que lo consumía?
Lou estaba furiosa consigo misma por haber respondido a su beso, por haberle dejado tan claro que se sentía atraída por él.
- No pienses que me excitas -le advirtió, en un intento desesperado de negar lo innegable-. Cualquier hombre con experiencia podría haberme hecho reaccionar así, ¡cualquiera!
Tom alzó el rostro y leyó entre líneas en la expresión airada de ella y en su azoramiento.
- Está bien, Lou, no pasa nada -le dijo suavemente-. Los dos somos humanos, así
que no te atormentes por un beso.
Ella se sonrojó aún más y apretó los puños.
- Y no pienses ni por un momento que voy a cambiar de opinión: el uno de enero
me marcho, y no vas a hacerme cambiar de opinión -masculló.
- Lo sé.
- Y no voy a dejarme seducir por ti.
- Ni siquiera pienso intentarlo -repuso él muy solemne-: no tengo por costumbre seducir a vírgenes.
Lou se mordió el labio inferior.
- ¿Cómo es que aún eres virgen a tu edad? -le preguntó Tom con delicadeza-.
¿Por qué?
Ella lo miró como si quisiera fulminarlo, pero luego bajó la vista.
- Porque no quiero acabar como mi madre -confesó con voz ronca.
Él frunció el ceño contrariado.
- ¿Tu madre? No comprendo.
Lou dejó escapar un pesado suspiro y meneó la cabeza.
- Ni yo pienso explicártelo; es algo personal. Cuando termine este mes habré dejado de ser tu ayudante, y entonces ya nada de lo que me concierne será asunto tuyo.
Tom la observó preocupado. Parecía herida, vulnerable...
- Tal vez no te iría mal recibir asistencia psicológica -sugirió en tono quedo.
- No necesito asistencia psicológica -repuso ella obstinadamente.
- ¿De veras? -le espetó Tom-. Entonces, ¿por qué no me cuentas cómo te rompiste
la muñeca izquierda?
Ella se tensó visiblemente.
- Oh, un profano no se daría cuenta -le dijo el médico-, pero yo soy un cirujano -le
recordó-, y aunque la fractura está curada y las cicatrices son mínimas, no me ha pasado desapercibido algo así. ¿Cómo pasó?.
Lou se sintió como una niña asustada, cuyo secreto hubiera sido descubierto. No le
había hablado a nadie de aquello, y él sería la última persona a quien se confiaría.
- No soy tu paciente.
Tom la observó pensativo. A pesar de las acaloradas diatribas que habían tenido
hasta entonces, nunca habían llegado a discutir sobre cuestiones personales. En las
ocasiones en que a lo largo del año se habían encontrado en las calles de Jacobsville, fuera del hospital, se habían comportado con cortesía. Sin embargo, en ese momento estaba empezando a darse cuenta de qué había en realidad detrás de la coraza de hielo de Louise Blakely, y lo que había quedado al descubierto era bastante descorazonador: una mujer que había sufrido en el pasado, que había sufrido tanto que se había refugiado en sí misma, encerrándose en una especie de prisión antiséptica. Se preguntó si en algún momento no habría sentido el deseo de escapar.
- Entonces tal vez podrías hablar con Gustav de ello -le sugirió.
Lou meneó la cabeza y cerró su mano derecha sobre su muñeca izquierda en una
actitud protectora.
- Déjalo ya. Te he dicho que no es asunto tuyo.
Tom sacó las manos de los bolsillos, y con mucha suavidad, apartó la mano derecha de Lou y tomó la izquierda, llevándola a su pecho.
- No hay nada que no puedas contarme -le dijo con solemnidad-. No soy la clase de persona que disfruta difundiendo chismes y rumores. Cualquier cosa que me digas, quedará entre nosotros. Así que, si quieres hablar..., mañana, pasado, o cuando quieras, estoy dispuesto a escucharte.
Ella se mordió el labio inferior. Las amables palabras de Tom habían hecho aflorar
lágrimas a sus ojos, habían abierto una grieta en su coraza de hielo.
- Mi madre tenía un serio trauma emocional -comenzó lentamente-. Estaba ciegamente enamorada de mi padre..., hasta tal punto, que nada de lo que él hiciera podía estar mal, nada en absoluto... Aquella noche mi padre había empezado a beber, y yo traté de quitarle la botella, porque siempre que se emborrachaba le pegaba a mi madre, pero no pude. Entonces, me golpeó en la muñeca con ella, y el hueso se rompió - murmuró, contrayendo el rostro al recordarlo-. Cuando me llevaron a urgencias, dijo que había tropezado y que había atravesado con la mano el cristal de una puerta. Era un cirujano de prestigio, así que todo el mundo lo creyó... incluso mi madre. Cuando volvimos

a casa le dije que fue él quien lo había hecho, pero me acusó de estar mintiendo.


HOLA!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPS .. YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO ... HASTA PRONTO :))

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